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¡QUE VIVA LA FIESTA BRAVA!

Escribe: Semanario Expresión el 2019-10-10

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Escribe: Ricardo Pérez.

Llegó  octubre y claro, también el Turrón de Doña Pepa, la procesión y sobre todo la ‘Fiesta Brava’. Ya estarán anunciando los magníficos carteles para esta esperada temporada, a los más grandes exponentes de este bello arte venidos de Colombia, México y de la misma ‘Madre Patria’, los cuales se disputarán  el codiciado ‘Escapulario del Señor de los Milagros’. Y ni hablar de las estrellas de la tarde: los toros, magníficos ejemplares de pura casta de las ganaderías más afamadas.

Claro, el toro no  sabe que fue criado para tener este final. No sabe que el día previo a la corrida, le limarán los cuernos hasta casi llegar a las terminaciones nerviosas,  lo que le producirá un intenso dolor al menor contacto con la capa del torero que valientemente "arriesgará "su vida enfrentándosele. También será sometido a un “apaleamiento”, para que al día siguiente esté totalmente adolorido por los golpes recibidos, de esto no se  dará  cuenta  “el respetable”,  porque no se notarán  los moretones producidos.

Y llegó el día de la corrida, los palcos llenos, los asistentes vestidos para la ocasión, algunos simplones bebiendo vino en ‘botas’ de cuero que alguien le mandó de España, algunas simplonas, vestidas de ‘majas’, en fin, toda una  muestra de los personajes más pintorescos.

Pero volvamos a la corrida, ya anuncian al “primero de la tarde”, al acorde de un Pasodoble.

En el corral le ponen un distintivo con los colores que identifican  a la ganadería de donde proviene, pero como el toro no usa saco, y, por lo tanto, no tiene solapa donde colocarle el distintivo, se lo clavarán  a la altura del  cuello, con una punta de aproximadamente 5 centímetros, la cual tiene un gancho a manera de anzuelo, para evitar que se suelte.

¡Y sale el astado! pesa 560 kilos, ingresa al ruedo totalmente aterrorizado y tratando de buscar una salida,  ante la multitud que aplaude. Después de algunos pases de  muleta, aparece en su brioso corcel, el ‘picador’, con una lanza que tiene en la punta la famosa puya de 14 centímetros de largo, totalmente afilada, y con la cual el valeroso jinete, cada vez que el toro arremeta contra el caballo (es su naturaleza), destrozará los músculos del cuello, al introducirla una y otra vez. Esto tiene por objetivo evitar  que, durante el desarrollo de la corrida, el toro pueda levantar la cabeza y poner en riesgo la integridad física del  valiente torero.

Luego aparecen los “banderilleros”, extraordinarios hombres, cuya valentía asombra. Aparecen inermes, totalmente desprotegidos los pobres, solo acompañados de un par de banderillas hermosas de colores, las cuales clavarán en la espalda del toro cerca de las heridas que dejaron los puyazos, ayudadas por una punta en forma de arpón, de casi 10 centímetros, con la cual se sujetarán entre el musculo y la piel, produciéndole un intenso dolor al moverse. A cada movimiento del toro, las banderillas se agitan haciendo que los arpones horaden y desgarren cada vez más la carne, aumentando la hemorragia y completando la sádica labor del picador. Pero no es para tanto, apenas son tres pares de banderillas que le clavarán.

Ya con el toro así, herido, adolorido, desangrándose, aparece  el esperado ‘Matador’, quien esta vestido de azul y oro. Saluda al respetable y este lo ovaciona. Después de lucirse con algunas ‘verónicas’ y otros pases más, el diestro demostrará su “valor” dando más pases de muleta, agotándolo por el esfuerzo y la pérdida de sangre. El toro embestirá al trapo que le agitan delante, creyendo que es el causante de sus males. El diestro  citará al toro a su terreno con la muleta abierta de cara a la res. Pide el estoque, que es un arma de 88 centímetros desde la punta hasta la empuñadura y que es curvo. Si el toro aún tiene fuerzas, acudirá hacia el diestro, de lo contrario, se quedará parado a esperar a este. Ante el aplauso general  clavará el estoque, el cual es introducido en el tórax del animal. Acto seguido, saldrán todos los ayudantes con sus capotes y provocarán al agonizante toro para que con esos movimientos, la espada termine de destrozar los órganos internos, pulmones, corazón  y todo lo que encuentre a su paso.

El respetable está de pie, como buen admirador del arte, ovaciona, el toro cae ahogado en su propia sangre y seguro feliz que por fin esté terminando este espectáculo lleno de sufrimiento.

El público pide orejas, entonces, el valeroso diestro solicita el estoque de descabello, el cual introducirá entre el hueso occipital y la primera vertebra, seccionando la medula espinal, pues tiene que asegurarse que esté totalmente inmovilizado antes de acercarse  a cortar las orejas (el torero es muy valiente, pero no tonto), lo cual es sentido y visto en su totalidad por el toro, que acuérdense, ha sido insensibilizado del cuello hacia atrás.

Una vez que han sido entregadas las orejas al matador, este saldrá en hombros, mostrando el trofeo obtenido, y la Fiesta Brava, la tarde de sol y arena, llegará a su fin. Y claro, todo en honor de la Milagrosa Virgen de la Macarena y del Señor de los Milagros.

 

 

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