La medicina no es una simple profesión; es una forma de vida que se mama desde la infancia. Así lo entendió el médico cirujano Daniel Otayza Hurtado, uno de los especialistas más reconocidos de la región Lambayeque, cuyo camino estuvo marcado por la imponente figura de su padre, el doctor Jorge Otayza Yong. El patriarca, un respetado cirujano que ejerció en los años 60 y 70 en el sector azucarero de Cayaltí y luego en Chiclayo, transmitió a su hijo la pasión por el quirófano a través del ejemplo diario. De seis hermanos, Daniel fue el único que decidió seguir los pasos de su progenitor, un desafío que requirió no solo convicción, sino una tenacidad a toda prueba desde el inicio de sus estudios.
El acceso a la educación médica en los años 80 distaba mucho de las facilidades actuales. Tras culminar su secundaria en Talara, Otayza Hurtadó bregó durante un año entero postulando a diversas universidades. Inició sus estudios de premédicas en la Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica y, posteriormente, mediante un riguroso concurso de traslado, logró una plaza en la Universidad Nacional de Trujillo - UNT. Sin embargo, la crisis de la época le depararía una carrera de obstáculos: las constantes huelgas universitarias y la severa hiperinflación del gobierno de Alan García extendieron sus estudios de los siete años reglamentarios a una década entera de postergaciones académicas.
El forjado de un cirujano
Lejos de amilanarse por la paralización de las aulas, el joven estudiante convirtió las crisis en oportunidades mediante una intensa autogestión de su aprendizaje. Durante las huelgas que duraban hasta cuatro meses, Otayza se vestía con su mandil blanco e ingresaba al Hospital Regional Docente de Trujillo como alumno libre, mimetizándose entre el personal. Con apenas 22 años, asumía roles de camillero, mensajero de análisis clínicos y radiografías en una época donde no existían sistemas informáticos. Su disciplina y voluntad le ganaron rápidamente la confianza de los médicos residentes e internos, permitiéndole realizar rotaciones intensivas en cirugía, medicina interna y ginecoobstetricia mucho antes de lo establecido en el plan de estudios habitual.
Esta etapa de sacrificios extremos y guardias extenuantes forjó el carácter audaz del futuro cirujano, acumulando anécdotas que evidenciaban su fortaleza física y mental en el internado.
"Llega una gestante con ya a punto de dar a luz, además en el periodo de expulsión. Y el residente me dice: Lleva a esta paciente a sala de parto que queda en el cuarto piso. Inmediatamente llego al ascensor y lo veo que dice: Malogrado. Y yo era flaquito, flaquito, pero tuve que cargar a la paciente y llevarla hasta el cuarto piso por la escalera. Me mojé con sangre, con todas las excreciones del trabajo de parto. La puse en la sala y el residente me miraba, pensaba que no iba a hacerlo. Al final estuvimos en el parto, todo salió bien, y me acuerdo me dio una palmada: Eres tigrillo mozo, con esa chapa me quedé”, recuerda.
Esta experiencia no solo le valió el respeto de sus superiores en el Hospital Regional Docente de Trujillo, sino que cimentó la destreza necesaria para graduarse finalmente en 1994 e iniciar de inmediato su Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud – Serums, en Jaén.
Impulsor de especialidad
El retorno a Chiclayo se produjo en 1995, cuando ingresó a la especialidad de cirugía en el Hospital Nacional Almanzor Aguinaga Asenjo a través de la UNT. Este logro coincidió con el último año de vida de su padre, a quien Otayza visitaba en su lecho de enfermo a las 6:30 a. m., tras salir de extenuantes guardias ad honorem que realizaba cada dos días. Tras concluir la residencia, fue retenido inmediatamente para formar parte del staff del hospital por el jefe del servicio, el médico Félix Mundaca, iniciando una carrera brillante que lo llevó a ser jefe de servicio y gerente quirúrgico. Con más de 31 años de trayectoria médica, el mayor hito de Otayza Hurtado radica en haber sido el principal impulsor de la cirugía de hígado y páncreas en Lambayeque y el norte del país.
Inspirado por el trabajo del doctor Eloy Ruiz Figueroa en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas – INEN, y tras una pasantía de tres meses en Santiago de Chile —donde aprendió técnicas para intervenir el cáncer de vesícula que aún no se ejecutaban en el Perú—, Otayza extrapoló dichos conocimientos a Chiclayo. Con el apoyo de destacados colegas locales, el logró que el hospital chiclayano se convirtiera en un centro de referencia del norte del país, recibiendo pacientes complejos de Piura, Chimbote y Trujillo.
A sus 31 años de trayectoria, al doctor Otayza le preocupa profundamente el actual abandono institucional en la formación de los nuevos especialistas en las regiones. El cirujano advierte una severa debilidad en el sistema de salud pública, es que los médicos experimentados enseñan a los residentes por pura vocación y sin recibir ningún tipo de incentivo o reconocimiento formal del Estado.
"No hay médicos especialistas que les enseñen y sean pagados por una universidad. Lo que buenamente ellos aprenden es de lo que buenamente uno quiere o se da tiempo para enseñarles. Esa es la debilidad en cuanto a la formación. Yo tuve la suerte acá de que tenía grandes maestros que nos enseñaban, a pesar que no les pagaban un sol más por eso, a lo mucho les daban una constancia y nada más", reflexiona.
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