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A 199 AÑOS DE LA PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DE LAMBAYEQUE: LA TRADICIÓN CONMEMORATIVA DEL 27 DE DICIEMBRE

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1145

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Se conmemorará el 199° aniversario del grito libertario en Lambayeque. Lamentablemente, debido a causas varias, que no es nuestra intención tratar en el breve espacio disponible, pareciera que no se ha preparado un programa lúcido de eventos para el próximo Bicentenario. En tal sentido, quisiéramos contribuir con un texto señalando la suerte de tradición conmemorativa, en palabras de Juan Luis Orrego, en relación a las fiestas de los 50 y los 100 años de la proclama lambayecana.

 

LAS FIESTAS DEL CINCUENTENARIO (1870)

Las celebraciones patrias de 1870 y 1871 fueron celebradas bajo el gobierno del coronel José Balta (1868-1872), régimen obsesionado con la idea de las obras públicas, “feliz ensueño de los pueblos”. A nivel intelectual, la historiografía republicana brindaba gran importancia a la labor sanmartiniana y bolivariana en la lucha emancipadora, idea cuestionada por varias voces en el sentido de olvidar la acción patriótica criolla e indígena antes de 1820.

Para el territorio de las provincias de Lambayeque y Chiclayo, las fiestas debieron ser un solaz en medio de una serie de calamidades que afectaron la zona: la guerra civil de 1867-1868 decidida en las calles de Chiclayo en enero de 1868, y la epidemia de fiebre amarilla que se llevó más de mil víctimas solo en 1868. Tales calamidades sin duda han contribuido a que sean pocas las fuentes que tenemos sobre las celebraciones por el cincuentenario de la independencia en Lambayeque. Sin embargo, en base a los datos disponibles y al contexto latinoamericano en cuanto a las celebraciones cívicas, se puede suponer la existencia de una serie de iniciativas festivas a cargo de los municipios, las escuelas, el clero, las cofradías y las asociaciones civiles. El gobierno central no monopolizaba la actividad festiva, como se ha visto desde fines del siglo XIX hasta la actualidad.

Parece que la municipalidad de Lambayeque ocupó un papel importante en la organización de las conmemoraciones: desde abril de 1869, se reunieron “copia de las actas y demás documentos que acreditan que esta capital fue la primera que proclamó la independencia de la nación”.

Además, teniendo en cuenta el inexorable paso del tiempo, y para evitar que los detalles de los hechos del 27 de diciembre de 1820 se perdieran, se pidió a dos actores de los hechos de 1820, José Ignacio Iturregui y José Leguía, el informar “acerca de todo lo ocurrido en esa memorable y gloriosa época”. Sin embargo, repetimos, carecemos de mayores datos sobre las conmemoraciones de 1871, pero teniendo en cuenta el dato de que hasta la guerra con Chile, las fiestas navideñas en Lambayeque incluían la colocación de “toldos” de juegos y venta de viandas en la plaza, no nos sorprendería que facilitase un mayor festejo en diciembre de 1870, festejos que serían sucedidos tres meses después, en marzo de 1871, por los lamentos ante las lluvias (y la consecuente inundación) que sellaron la decadencia de la ciudad de Lambayeque.

 

LAS FIESTAS DEL CENTENARIO (1920)

El Centenario de la Independencia se desarrolló bajo el signo de la “Patria Nueva” del controvertido Augusto B. Leguía (1919-1930). La idea del régimen era la modernización del país, y las fiestas de 1921 eran una oportunidad excepcional para colocar al país en vitrina mundial a fin de mostrar la superación de los daños causados por la guerra de 1879. Por otro lado, las fiestas ofrecían la posibilidad de articular un discurso histórico que exhibiera héroes peruanos en la lucha por la libertad, sin cuestionar la importancia protagónica de San Martín y Bolívar.

Siendo Leguía lambayecano, no fue inusual las obras en beneficio de su departamento natal: la creación de la Corte Superior de Justicia, la adquisición de la colección Brüning o los planes del proyecto Olmos son buena muestra de ese afán. Y las fiestas del Centenario eran una inmejorable ocasión para mejorar el ornato público de Lambayeque.

Dado el espacio de que disponemos, no nos explayaremos en el relato detallado de las celebraciones del Centenario en Lambayeque, recogidas minuciosamente en los periódicos locales “El País” y “El Bien Agrícola”, y en las monografías de Bachmann y Miranda. Sin embargo, apuntaremos que contaron con la masiva afluencia del público. Ni el presidente Leguía ni su ministro de Gobierno, el historiador Germán Leguía y Martínez, pudieron acudir personalmente a la ceremonia; en su lugar, acudieron los ministros de Guerra, general Castro, y de Marina, contralmirante Ontaneda, quienes asistieron al Té Deum en la iglesia de San Pedro de Lambayeque, presenciaron el desfile de carros alegóricos, cerrando la tarde con el desfile militar.

Lamentablemente, las plazas “Independencia” y “27 de diciembre”, remozadas por el gobierno con ocasión de la festividad, aún estaban inconclusas para diciembre de 1920, por lo que serían inauguradas recién el 28 de julio de 1921.

Más fastuosas que las fiestas de 1921, fueron las de 1924. Y fue en tal fecha, que se inauguró el Panteón de los Próceres en la antigua Iglesia de San Carlos en Lima. Y a lo largo de los años, personajes como Sánchez Carrión, Unanue, Rodríguez de Mendoza, Nieto, Guisse, Necochea, Rázuri, Mendiburu y Castilla, han sido trasladados al Panteón. Tres lambayecanos ocupan sendos nichos en el Panteón: Pascual Saco Oliveros (1927), Juan Manuel Iturregui (1964) y José María Lastres (1968). Y sin embargo, al notar lo desapercibido que pasa ese santuario, Carlota Casalino se preguntaba: “¿El Panteón de los Próceres de la Nación logró o no logró cumplir de manera exitosa sus objetivos iniciales relacionados al culto de los ancestros bajo la forma de héroes padres fundadores de la patria? ¿Por qué en la actualidad varios de los personajes que yacen en dicho lugar no solo no han logrado servir de elementos de cohesión de la nación, sino que inclusive son de nula o muy poca recordación por las actuales generaciones?, ¿por qué incluso algunos han pasado al olvido?”.

 

LAS FIESTAS DEL SESQUICENTENARIO (1970)

A manera de conclusión, dado que no entraremos en el tema de criticar o alabar los preparativos para la conmemoración del Bicentenario, apuntaré algo sobre el Sesquicentenario de la Independencia. Dicho evento se vivió en un ambiente de transformaciones políticas, económicas y sociales bajo el llamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975). Dicho régimen, como es bien sabido, enarbolaba un discurso sosteniendo haber alcanzado “la segunda independencia del Perú”, esta vez favorable a toda la población y no solo a los criollos; de allí, el uso de la figura de Túpac Amaru II como ícono gobiernista.

Desde 1969, el gobierno preparaba la celebración con la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú, encargada de preparar y dirigir la ejecución del programa de conmemoraciones.

A diferencia del Centenario, el Sesquicentenario no fue pródigo en monumentos y obras públicas. Sin embargo, su mayor contribución fue académica: la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú emprendió la publicación de documentos inéditos y reediciones de estudios históricos, la célebre ‘Colección Documental de la Independencia del Perú’, que cuenta con más de cien volúmenes. Y dentro de dicha colección, se publicó la monumental ‘Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado’, obra póstuma del complejo Germán Leguía y Martínez, inédita por medio siglo.

El aporte académico de la Comisión no es sorprendente si tenemos en cuenta la polémica surgida en esos años, tras la publicación de ‘La independencia en el Perú’ (1972), editado por Heraclio Bonilla y Karen Spalding. Dichos autores negaron tanto la existencia del nacionalismo criollo en el siglo XIX como la participación popular en la independencia, afirmando que la independencia se debió a la intervención de ejércitos extranjeros; tal fue el mito de la “independencia concedida”, idea que caló hondo entre los círculos académicos. José Luis Renique relató que durante una visita al maestro Jorge Basadre, el historiador tacneño explicaba las batallas de San Juan y Miraflores, cuando soltó una frase contundente: “¡Así se defendió esa nación que Heraclio Bonilla dice que no existe!”.

Y es que, al fin y al cabo, las conmemoraciones patrias son una ineludible ocasión para reflexionar y debatir sobre la construcción de nuestro país, para comprender lo compleja de nuestra sociedad, para conectar el presente con el pasado. Veremos cómo serán las discusiones intelectuales y confiemos en que ofrezcan mayores luces a la comprensión y a la solución del problema que ya lleva dos siglos como asignatura pendiente: pasar de la poesía a la prosa, dejar de ser un país de cortesanos para ser una verdadera República de ciudadanos. Tiempo al tiempo. 

 

(*) Abogado e historiador.

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