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YO NO SOY ARQUITECTO

Escribe: Luis Rolando Alarcón Llontop (*)
Edición N° 1415

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Crónica que gira en torno a azaroso error de inescrutable entidad gubernamental

Treinta y picos años después de truncar por decisión propia una -supongo- prometedora carrera de Arquitectura en una universidad local entonces casi de estreno, me he venido a enterar por estos días que, siempre, sí soy arquitecto. Treinta y picos años después de tenerla en el olvido profesional, un reporte de la Superintendencia Nacional de Educación Universitaria – Sunedu, me ha enmendado la plana y me atribuye un grado de bachiller en la materia, que, por supuesto desconozco… pero que ya graduado por equivocación -no mía, que quede claro- tampoco me molesta del todo.

En todo caso, estoy dispuesto a cargar la mochila que, tres décadas y más después, me devuelve las sentencias del karma. Haber dejado a la Arquitectura a medio andar se paga, entiendo. Es el karma -digo- porque un día tras un idilio de tres años con sus idas, con sus vueltas, rompí con ella sin más. Y me refugié en los brazos del periodismo con el que, valgan verdades, coqueteaba desde adolescente, fascinándome paradójicamente por la “arquitectura” de las páginas de diarios y revistas, primero, y por la literatura libre y comprometida de sus contenidos, después.

Pero es verdad también que nunca abandoné del todo a la Arquitectura. Nunca la ejercí como tal en su mundo real del diseño de edificaciones, el micro trazo de los espacios interiores de viviendas, comercios, oficinas o instalaciones varias, o el acomodo macro de urbanizaciones, unidades vecinales, zonas urbanas. Pero seguí su espíritu de orden, función y belleza en las piezas de prensa en las que trabajé primero, y en los materiales didácticos que me tocó producir como docente universitario, luego.

Es que treinta años y fracción después, mi admiración por la Arquitectura y los arquitectos sigue incólume. Admiro a la Arquitectura por ordenada, creativa, pero a la vez rigurosa. Admiro a la Arquitectura porque habita en las fronteras de la Ingeniería de construcciones y el Diseño de interiores y exteriores. De aquella tomando su disciplina, su exactitud, sus matemáticas; de éste, sus cuotas de innovación, sus márgenes de trasgresión, su libertad. La admiro porque pone orden en el caos, o eso quiere. Y lo hace sin renunciar a lo sencillamente bello.

Siempre algo más

A los arquitectos los admiro, porque entre otras cosas siempre son algo más. La historia está llena de ejemplos. El Renacimiento en especial: Miguel Ángel, Da Vinci, Rafael Sanzio, Georgio Vasari. Todos además pintores, escultores, acaso inventor uno, ilustrador el otro. Le Corbusier, siglos más adelante, sería conocido también como pintor y diseñador de mobiliario. La biografía pública de Frank Lloyd Wright le reconoce, a su turno, como “un prolífico arquitecto, fue un influyente escritor, editor y profesor de diseño”.

A los arquitectos, es como si la arquitectura no les bastase. No creo haya sujetos más inconformes que los arquitectos. Mal recuerdo una película italiana o francesa que vi en algún festival. Al personaje central, un duro investigador de misterios policiales, le hacía dupla una arquitecta de nombre Mina o Mimí (no sé, insisto si era italiana o francesa), una mujer fascinante de pretendido descontento con todo lo que se le ofrecía: el menú de un restaurante, la disposición de los muebles en su apartamento, la orientación de las ventanas de la habitación de cierto hotel... En su obsesión por la perfección, la mujer era retratada con divertida crueldad debido a su manía de pretender siempre algo distinto a lo que había.

Volviendo a la crónica que gira en torno al azaroso error de la inescrutable entidad gubernamental ya mencionada, no sé reclamarles o esperar paciente que el equívoco se subsane solo, una vez los funcionarios reparen por sí mismos en él.

No sé cuánto durará el error. Ni me ufano ni me afano, irrogándome -aprovechado- un derecho profesional que no me es propio. Pero por ahora me entrego a la fantasía de ser parte de ese club selecto y caprichoso que supone el gremio de arquitectos del país y del mundo. Me dejo envolver en tus brazos otra vez, Arquitectura. Como clama el bolero: “soy tuyo porque lo dicta un papel". Soy tuyo mientras nos dure el error.

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(*) Colaborador y articulista.

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