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EL BUEN PASTOR QUE CRUZÓ LOS ANDES: LA LECCIÓN DE ENTREGA DE LEÓN XIV EN EL CORAZÓN DE FERREÑAFE

Escribe: Semanario Expresion
Edición N° 1448

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La figura de Robert Prevost Martínez, hoy papa León XIV, es inseparable de las rutas accidentadas, los senderos de herradura y la fe profunda de las comunidades andinas. A un año de su ascensión a la Silla de Pedro, la Madre María Priscila, superiora de la comunidad de las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima en Cañaris, rememora desde su vasta experiencia en la sierra de Ferreñafe una faceta que definió el ministerio del entonces administrador apostólico: su capacidad inagotable de escucha y su valentía misionera.

El año 2015 marcó un hito para la zona altoandina de Lambayeque. Incahuasi y Cañaris, distritos donde la geografía impone retos extremos —con altitudes que oscilan entre los 2000 y los 3800 metros sobre el nivel del mar—, esperaban la visita pastoral de su obispo. En aquel momento, la incertidumbre se apoderó de las religiosas ante el nombramiento de monseñor Robert. “Nosotras teníamos temor, pensamos que siendo alguien nuevo y proveniente de un entorno distinto, la difícil geografía o la altura le impedirían completar la gira”, recuerda la Madre Priscila.

Sin embargo, el escepticismo inicial se desvaneció con la llegada del pastor. La población, compuesta mayoritariamente por quechua hablantes, preparó una bienvenida que quedó grabada en la memoria colectiva: arcos de flores, banderas, música y la emoción de un pueblo que ve en el obispo a una figura de esperanza. En medio de la algarabía, un niño sorprendió al entonces administrador apostólico liberando una paloma blanca con un mensaje atado a su pata: “Bienvenido, monseñor. Uyurpampa te quiere mucho”.

La entrega incondicional al servicio

La religiosa destaca que lo que más impresionó a la comunidad no fue la pompa del recibimiento, sino la humanidad de quien llegaba. Mientras los lugareños estaban preparados con alcohol y remedios para el soroche, temiendo que el obispo no resistiera la altitud, Robert Prevost se bajó de su camioneta con absoluta serenidad, saludando a cada feligrés con una vitalidad que desmentía cualquier efecto de la altura.

“Lo más hermoso fue la jornada de confesiones”, relata la madre María Priscila. Ante la carencia de sacerdotes permanentes en estas zonas olvidadas, el hambre de Dios de la gente se volcó hacia el obispo. “Confesó durante tres horas seguidas sin decir nunca “basta”. La necesidad de la gente le hizo olvidar cualquier cansancio o malestar físico”. Ese testimonio de entrega fue, según la superiora, la lección más potente que dejó el actual papa durante aquellos días: la de un obispo que se pone a disposición del prójimo sin calcular esfuerzos.

Un misionero de alma andina

La jornada no terminó en el centro poblado. Para llegar a los lugares más recónditos de la cordillera, donde los caminos se transforman en senderos estrechos y los puentes son apenas tablas sobre arroyos, se requiere destreza y, sobre todo, decisión. Ante la posibilidad de que la camioneta no pudiera avanzar por el barro, los comuneros prepararon caballos engalanados. “Monseñor vio los caballos y, lejos de evitar el riesgo, decidió subirse. Hizo su entrada solemne al pueblo de Canchalalá a caballo, vistiendo el poncho típico y el sombrero de la zona”, rememora con admiración.

Para los comuneros, ver a su pastor integrado de tal manera en su cotidianidad fue un gesto de cercanía que los hizo sentir profundamente escuchados y acogidos. Aquellas jornadas de largas horas de confesión, celebraciones eucarísticas y confirmaciones fueron, para la madre María Priscila, el reflejo de un hombre con el “corazón de Cristo”.

“Su testimonio me sigue ayudando en mi misión diaria”, confiesa la superiora. Tras décadas de servicio en lugares como Paraguay, Apurímac y ahora Cañaris, la religiosa sostiene que el ejemplo de León XIV es una brújula para quienes trabajan en las periferias. La anécdota compartida no es solo el recuerdo de un viaje pastoral, sino el retrato de un pastor que entendió que la verdadera grandeza eclesial no reside en el poder, sino en la disposición de cruzar los ríos, soportar la altura y caminar, paso a paso, al lado de los olvidados.

A un año de su pontificado, el recuerdo de aquel obispo que llegó a Ferreñafe manejando su propia camioneta y terminó cruzando los Andes a caballo, sigue siendo, para la Iglesia de Lambayeque, la imagen más pura de su vocación.

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