Semanario Expresión up

UNA NOCHE EN LA CUADRA SEIS DE JOSÉ BALTA

Escribe: Vega Calderón, Marcelo (*)
Edición N° 1138

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Ya es la media noche, las campanas de la iglesia anuncian su presencia y un gran estruendo inunda la calle deshabitada. ¿Quién sospecharía que hace unas horas este tramo había sido tomado por un mar de gente, y se había convertido en escenario de un desordenado intercambio comercial?

Unas horas antes, el gran reloj de la iglesia del centro de la ciudad marca las diez de la noche. Las aves se refugian en los árboles de flores anaranjadas de la cuadra seis de la avenida José Balta. Calle que será el escenario de aquel espectáculo interactivo entre vendedores y transeúntes.

Un joven llega cargando una mochila que se ve repleta, ha perdido su aspecto original y se ve apretada. El joven extiende en el suelo un plástico azul, abre con dificultad su mochila y saca poco a poco su mercadería. Zapatillas de múltiples diseños y colores son colocadas cuidadosamente en lo que tendría a ser su puesto.

Este hombre delgado y de piel trigueña es Javier, quien se dedica a este negocio desde hace seis meses para solventar sus estudios universitarios. Siempre llega antes que todos para escoger el mejor lugar.

A unos metros, al igual que él, se instala Carmen. Una señora de contextura gruesa, piel cobriza y con acento de la selva. Ella vende ropa deportiva: buzos y leggins de todas las tallas, con detalles en colores fosforescente. Es una persona con facilidad de palabra. Esto la ayuda a conectarse con los clientes. 

Poco a poco van llegando otros comerciantes, quienes se saludan alegremente, y colocan sus puestos de venta en los espacios vacíos de la vereda. Al cabo de media hora, la calle queda llena de vendedores. Ellos ofrecen sus productos a la gente que transita y mira curiosamente sus puestos. 

Al costado de unos cajeros automáticos está Armando. Un señor mayor de estatura baja y de cabello cano. Exhibe cadenas, anillos y relojes de oro en una mesa cuadrada, cubierta por un mantel blanco. Sus accesorios llaman la atención de los transeúntes, quienes se acercan interesados en ver de cerca los detalles de estos objetos.

Un poco alejado de este grupo de vendedores de ropa y accesorios, están Milton y Ana. Una pareja de viajeros ecuatorianos, quienes portan una gran mochila. Ellos tienen un pequeño mantel blanco, puesto al costado de las ventanas grandes de un restaurante. Ofrecen pequeñas figuras de metal reciclado, con formas de guitarras, bicicletas y corazones. 

Esta pareja viaja por cada ciudad del Perú. Previamente estuvieron en Tumbes y Piura. Ahora están de paso por Chiclayo y su próximo destino será Trujillo. Quieren conocer todo el Perú y luego ir a los países vecinos. Milton es alto, delgado y tiene tatuajes en ambos brazos. En cambio, Ana es pequeña y rechoncha, además, solo tiene un piercing en la nariz.

A partir de las diez y media de la noche, una marea de gente toma esta calle, como si de un río se tratase. Los transeúntes despiertan su interés y se pavonea de puesto a puesto analizando que se animan a comprar. Estos productos son novedosos. Además, en cuestión de precios, le hacen la competencia a grandes tiendas.

Las zapatillas son lo que más llama la atención. Jóvenes y adultos se aproximan a ver de cerca y elegir el mejor calzado. Las revisan de arriba a abajo con un poco de incredulidad porque piensan que tan buen producto no puede tener tan bajo precio.

Javier, encargado exclusivamente de estos productos, diariamente vende tres pares de zapatillas. Y también ofrece por medio de internet la mercadería que no tiene presente en su puesto. A las personas que nota interesadas, pero que no encuentran el diseño ideal, les entrega una tarjeta de presentación con su página de Facebook, donde podrán ver todo su catálogo virtual de zapatillas.

Carmen, con prendas en mano, ofrece su mercadería. Hace énfasis en todas las tallas: “para flaquitas y gorditas”. Llama a algunas mujeres que pasan por el lugar, mostrándoles leggins en diferentes diseños. A las mujeres, las llama señoritas; y a los hombres, los llama caballeros. Sabe cómo llegar a su público. Tiene gracia al hablar y vender, y eso la hace sobresalir del resto de vendedoras. Es pícara y a la vez respetuosa. Es una señora que denota experiencia en el negocio.

Por otro lado, Armando está sentado en una silla detrás de su mesa de productos. Él no llama, ni hace el mínimo esfuerzo para hacer notar su presencia. Está bien abrigado con dos casacas gruesas. Los clientes se acercan igual, los brazaletes de oro y plata son los que más vende.

Casi al llegar la media noche, la cantidad de transeúntes disminuye considerablemente. Los comerciantes saben que es momento de guardar sus cosas e irse. Todos van metiendo su mercadería en sus bolsos. Recogen y doblan sus mantas y se alistan para marcharse. Todos se despiden, algunos se dan un abrazo y esperan verse al día siguiente.

Poco a poco la calle queda vacía. Las voces y demás ruidos del escenario anterior se transforman en un profundo silencio. Este silencio expresa paz y tranquilidad. La campana de la iglesia del centro de la ciudad da un fuerte resonar, informando que el día ha terminado.     

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Estudiante del V Ciclo de la Escuela de Comunicación - USAT

 

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