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FREDDY CENTURIÓN GONZíLEZ: "SOMOS UN PAíS INGRATO"

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1021

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El abogado constitucionalista, docente universitario e historiador Freddy Centurión González, comparte con Expresión su análisis de la clase política nacional y propone una revisión de la historia más reciente de la República para comprender el deterioro de esta e identificar las tantas oportunidades que fueron propicias para el fortalecimiento de la institucionalidad y que, sin embargo, no fueron aprovechadas plenamente.

 

Centurión González sostiene que el Perú es un país ingrato, que no ha aprendido a valorar el esfuerzo y sacrificio de quienes ofrendaron incluso su vida para construir una sociedad justa y democrática, con apego al marco constitucional y capaz de hacerle frente a la corrupción y a otros males.

 

¿Considera que a partir del 5 de abril de 1992, después del autogolpe de Alberto Fujimori, se agudizó el problema de la clase política peruana que es no solo de liderazgo, sino también ético y moral entre los dirigentes y los partidos?

En rigor, 1992 es el año hito de fines del siglo XX, pero debemos entender cómo llegamos a 1992. Hablamos del autogolpe, pero para explicar que la mayor parte de la población apoyó y legitimó ese hecho, tenemos que partir del contexto previo y eso implica ir más allá de los cinco años del “aprocalipsis”, del primer gobierno de Alan García.

Cuando se produce el golpe de Velasco Alvarado, en 1968, había una generación de políticos y en los 12 años de la dictadura militar prácticamente se cerraron los espacios. No hubo el necesario recambio generacional en cada partido, de forma que cuando se producen las primeras elecciones democráticas del Perú, que incluyeron a los analfabetos, (1980), tenemos que los políticos eran los mismos de los años 60. Belaunde fue uno de ellos.

El único partido en el que hubo una renovación es el APRA, en el que Haya de la Torre tuvo la previsión de preparar a un grupo de jóvenes dirigentes, entre los cuales Alan García es el que más ha figurado. Entonces, teníamos ya una clase política desgastada y el retorno a la democracia no resolvió los grandes problemas heredados del gobierno militar.

 

¿Cómo cuáles por ejemplo?

En primer lugar la crisis económica, las reformas mal implementadas como la del agro y basta ver cómo están hasta ahora las azucareras para entenderlo, y el grave problema del terrorismo que le estalló en las manos a Belaunde.

 

¿Qué pasó entonces con los políticos peruanos?

Los que venían de la década del 60 tuvieron una nueva oportunidad en el 80, pero no supieron entender el panorama del Perú de ese momento. Era un país que todavía se aferraba a un modelo de mayor intervención del Estado en la economía, cuando en los países desarrollados la tendencia que se imponía era el neoliberalismo, que en realidad era un sistema liberal clásico.

Como nuestra clase política no podía resolver el problema, aparecieron como parte de la cultura informal los independientes. Hernando de Soto escribió en esa época “El otro sendero”, Matos Mar el famoso “Desborde cultural y crisis del Estado”, y ambos señalan que el Estado no llegaba a resolver la mayor parte del problema y frente a ello la ciudadanía buscó mecanismos, uno de ellos fue la informalidad.

Entonces, podríamos decir que un subproducto de la informalidad, en el caso político son los independientes, aquellos que no pertenecen a los partidos tradicionales y que aglutinan el apoyo ciudadano. Uno de los primeros fue Ricardo Belmont, que ganó la alcaldía de Lima, y otro fue Alberto Fujimori.

 

¿Con Fujimori empieza un nuevo fenómeno político?

Fujimori llegó al poder en 1990 y era una incógnita. En el debate presidencial había dicho: “Vargas (Llosa) es el shock. Yo soy el no shock”. ¿Qué fue lo primero que hizo? El shock. “Que Dios nos ayude”.

Fujimori fue el producto de diez años de gobiernos democráticos que habían fallado en su misión histórica de encauzar al país y garantizar la constitucionalidad. El pacto social consagrado en la Constitución de 1979 se convirtió en un pacto fallido. Fue una oportunidad perdida de garantizar la institucionalidad en el país.

 

¿Arrastramos entonces la herencia negativa del gobierno militar?

Y también de los años 80, que es la década perdida. En el 90, con la llegada de Fujimori hubo cambio económico, eso es innegable. Lo del desarrollo se lo dejo a los economistas.

Fujimori aprovechó bien su condición de independiente. La explotó y lo hizo para atacar o hacer lo que Carlos Iván Degregori llamaba “la política de la antipolítica”. Fujimori hacía política manifestando que era un político distinto, que no venía de las canteras tradicionales, que no era de los partidos tradicionales.

Fujimori cayó en el 2000, está preso desde el 2007 desde que lo capturaron en Chile, pero el fujimorismo político, y no me refiero a Fuerza Popular ni al partido de su hija Keiko, sino al mensaje subliminal que dice que si se crea un partido se es un político tradicional y por lo tanto no se tiene crédito de confianza. Ese mensaje ha calado.

 

Y se sigue repitiendo y como ejemplos están Verónika Mendoza, Julio Guzmán y con todos los que aparecen como el outsider en una elección.

Exacto, y con eso estamos fortaleciendo constantemente una política caudillista, que depende de un personaje de momento.

 

La recuperación de la democracia en el 2000, ¿fue también una oportunidad perdida?

Hubo la esperanza de que con Paniagua y Toledo se iniciara la necesaria limpieza de las instituciones y el fortalecimiento de estas.

Don Valentín (Paniagua) decía que era necesario “convertir a la constitución en la carta magna, norma de vida y convivencia común”, pero con Toledo esa fue una oportunidad desperdiciada. El gobierno de Toledo tuvo mérito en el aspecto económico, pero en lado moral, en el lado social, de lo que es el desarrollo jurídico y de la institucionalidad del país, su nota es francamente negativa.

Se esperaba que en la época de Toledo se realice una restauración democrática que propiciase que la ciudadanía tenga un papel mucho más decisivo para cambiar nuestra cultura política, que en el Perú e es caudillista, indiferente y en la que falta participación del ciudadana.

 

¿El indulto a Alberto Fujimori es un camino a la reconciliación?

Yo no lo indultaría, pero sí le daría arresto domiciliario. Dudo mucho que con Fujimori indultado la bancada fujimorista dejará de ser dura en el Congreso, porque esta no querrá mostrar debilidad.

Si el presidente Pedro Pablo Kuczynski opta por el indulto lo primero que generara será una crisis en su gabinete, porque de sus ministros están en contra y, en consecuencia, perdería por lo menos la tercera parte. Es un alto riesgo político. Si no lo indulta, los fujimoristas le seguirán dando con palo.

Kuczynski tuvo la oportunidad de ponerse firme ante el Congreso el año pasado, cuando se censuró al ministro Jaime Saavedra (Educación). La cuestión de confianza fue su oportunidad para mostrarse firme y la desperdició. Oportunidades como esa no llegan dos veces.

Pareciera que Kuczynski, con todos los méritos que tiene, no comprende que no es lo mismo ser un flautista, un economista y un gestor de empresa, que ser el presidente de la República. El presidente es la máxima figura de la vida política del país, el primer actor nacional, pero si él no lo entiende así entonces estamos ante una debilidad preocupante.

 

¿Cómo califica a los políticos que tenemos actualmente en el Perú?

He leído la historia del Perú y he visto que hemos tenido a grandes políticos. Comparados con los políticos que antes tuvimos, los de hoy dejan mucho que desear. Comparados con Ramón Castilla; con Vivanco, que fue miembro de la Real Academia; con un Leguía, al margen de sus excesos; con un Pardo y su Proyecto Nacional; con un Belaunde con una ilusión democrática; con un Haya de la Torre, pensador continental, ¿ahorita qué tenemos?

Nuestros expresidentes están embarrados hasta el cuello: Fujimori preso, Toledo prófugo, García seriamente cuestionado, Humala investigado y Kuczynski atado de pies y manos. A este le ha tocado el pan con pescado en el Congreso.

En conclusión, nuestra clase política, si me permiten la expresión literaria, me da más “náusea” que la sartreana.

 

Y con ese panorama, ¿a dónde va el país?

(Sonrisa) Una de dos, o hacemos una regeneración moral desde abajo o seremos un país fracasado una vez más, con una generación perdida, desilusionada o, peor aún, que se acabe en una conmoción tremenda como ya hemos visto antes, que puede ser destructora o constructora. Me basta con mencionar, por ejemplo, la de 1834 cuando se levantaron contra el militarismo; la de 1855, cuando se levantó la gente contra el escándalo de la consolidación de la deuda; la de 1872 contra los hermanos Gutiérrez que terminaron colgados en las torres de la Catedral de Lima; la de 1895, de Piérola contra Cáceres; 1932, el año de la barbarie, o los 80, cuando un grupo de fanáticos quiso tomar el poder saliendo de la vía democrática.

 

¿Por qué cree que le cuesta tanto a los peruanos entender todos estos procesos que han quedado truncos y que son tan necesarios para fortalecer la institucionalidad y la democracia, si no es la primera vez que los políticos están cuestionados, que la corrupción genera asco, que la economía crece en menor escala?

Francisco García Calderón hijo solía decir que el Perú se salvará en el polvo de una biblioteca; es decir, con educación. También hay quienes dicen que la educación no es la panacea universal y, obviamente, no lo es, pero sí es importantísima. Es necesario que nuestros jóvenes, por ejemplo, aprendan matemáticas y ciencias, pero es más crucial que aprendan historia y geografía, porque eso servirá para se sientan identificados con la tierra que los vio nacer, la tierra de sus antepasados.

Sin una adecuada comprensión de la historia caemos en un estado tremendamente decepcionante. ¿Qué ven nuestros jóvenes en la televisión? Programas reality donde una chica dice que quien se tiró del Morro de Arica fue Colón o donde otra dice que el autor de “Yawuar fiesta” fue Coelho. ¿Esos son los referentes de los jóvenes peruanos? Si esos son, pobre patria mía, tan lejos de Dios y tan llena de escoria.

Es lamentable que haya hombres y mujeres que soñaron por este país, que dieron la vida por el Perú y cuyos actos quedan ignorados, como pareciendo que su sacrificio fue en vano. Falta mucha consciencia y educación.

Somos un país ingrato, muy ingrato, y la ciudadanía tiene que conocer su historia para corregir precisamente eso, porque lo peor que puede ser un país es ser ingrato con la gente que ha dado todo por él.

 

Freddy Centurión González nació en Trujillo, estudió Derecho en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo y ha cursado una maestría en Derecho Constitucional y Gobernabilidad en la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo. Actualmente se desempeña como docente de la Facultad de Derecho – USAT y de la Universidad Tecnológica del Perú – UTP. 

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