Semanario Expresión up

‘CONSUMMATUM EST’

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1133

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Al momento de escribir estas líneas, los peruanos seguimos aturdidos con el frenético ritmo de las noticias sobre nuestra situación política. En una maratónica jornada, el presidente Vizcarra disolvió el Congreso por una negación “fáctica” de confianza en relación con la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional, y tomó juramento a un nuevo presidente del Consejo, mientras que el Congreso disuelto respondió suspendiendo a Vizcarra y tomando a su vez juramento a la segunda vicepresidenta Aráoz. Al final de la noche del lunes, las Fuerzas Armadas y Policiales se han cuadrado en respaldo al presidente Vizcarra. Ya en la tarde del martes, el Jurado Nacional de Elecciones inició el proceso de elecciones únicamente congresales. Y al terminar estas líneas, martes en la noche, la señora Aráoz, denunciada por usurpación de funciones, presentó su dimisión como segunda vicepresidenta.

 

Ante estos hechos, los defensores del Congreso disuelto han comparado (¡ironías de la historia!) los hechos del lunes nada menos que con el (en cierta forma) mítico 5 de abril de 1992. La afirmación es exagerada, por decirlo menos: Vizcarra no actuó en las sombras de la noche, no sacó los tanques a la calle, no intervino los medios de comunicación, ni arrestó opositores. Lo máximo que ha hecho fue impedir el paso de los excongresistas es. Pero al igual que en 1992, hubo celebraciones entre la población, y si hace 27 años se reprimió a los pocos opositores al golpe, en esta ocasión lo máximo ha sido impedir su paso al Palacio Legislativo. Lamentablemente, han ocurrido ciertas agresiones a excongresistas, destacando la ocurrida al almirante Tubino; las burlas y chacotas, por momentos soeces, hacia el ataque al anciano son preocupantes. El cono del ataque a Tubino es un símbolo (y una advertencia) de la crispación política a la que hemos llegado.

 

EL ARTÍCULO 134

Virtualmente estamos ante un hecho consumado. Se ha interpretado el artículo 134 de la Constitución estirándolo al máximo. Hasta se podría decir que es un golpe con la Constitución en la mano. Por primera vez en las casi tres décadas de vigencia de la Constitución, se ha disuelto el Congreso. Los peruanos no hemos podido resolver nuestros problemas a través del diálogo y del acuerdo en aras del bien común. ¿Quienes son los culpables? Todos. No se puede negar que el Congreso disuelto se ha ganado a pulso el rechazo de la ciudadanía. La prepotencia y el afán revanchista de la mayoría fujimorista, incapaces de admitir su derrota electoral, han sido evidentes en los últimos tres años; sus decisiones en respaldo de personajes cuestionables (a pesar de las evidencias y contra toda lógica política) agravaron su desprestigio. Su ceguera suicida siguió hasta llegar al extremo, inédito en dos siglos de historia republicana, de pretender impedir la entrada del presidente del Consejo cuando acudía a exponer la cuestión de confianza. Menos aún se puede negar que el presidente Martín Vizcarra, llegado al poder como consecuencia de los azares de la historia (y la torpeza insólita de su predecesor), debió hilar fino como consecuencia de su propia debilidad; en lugar de ello, logró obtener una mayor legitimidad ciudadana al “pechar” al Congreso, convirtiéndolo en el culpable de la inercia de su mediocre gestión.

 

El panorama en los próximos meses se presenta nebuloso. El presidente del Congreso recurrirá al Tribunal Constitucional para dirimir en la contienda entre poderes. Conforme a la Constitución, al disolver el Congreso, la Comisión Permanente sigue en funciones, y allí, muchos de los más duros críticos del gobierno se encuentran atrincherados. Vizcarra afrontará el desafío de gobernar sin contar con un Congreso al que cuestionar para ganar respaldo. Y no faltarán voces termocéfalas exigiendo una Asamblea Constituyente y una nueva Constitución, creyendo que así mágicamente solucionan los grandes problemas nacionales, borrando de un plumazo dos décadas de endeble institucionalidad.

 

RESPONSABILIDAD DEL ELECTOR

El pueblo debe hacer un mea culpa, y tener conciencia de que cada cinco años, elige congresistas de los que luego se queja cuando en realidad son sus representantes auténticos: si hay granujas, pícaros, delincuentes y aventureros en los pasillos por los que otrora desfilaron grandes nombres de nuestra historia, es porque fueron votados en sus respectivos departamentos. Quizá nadie los conocía, pero se votó por ellos por el efecto de arrastre que tienen los candidatos presidenciales. Ya está hecho, ya se ha demostrado una vez más nuestra endeble institucionalidad. Se vienen nuevas elecciones congresales (ya que el presidente Vizcarra no seguirá su mensaje de julio de “que se vayan todos”), y solo resta invocar, por enésima vez, al pueblo que se informe antes de ejercer el derecho al voto, que piense que hubo gente que dio lo más sagrado, la vida, por este país, y lo menos que podemos hacer en su memoria y por el porvenir de las futuras generaciones, es elegir con responsabilidad, para luego no seguir indignándonos ante los apodos delictivos de nuestros mal llamados “padres de la Patria”.

 

En 1933, el maestro Raúl Porras escribía en un ensayo sobre el tribuno Sánchez Carrión. “No hemos establecido la república que él soñó. Ella seguirá siendo imposible y utópica en tanto que nuestros defectos (cuánta razón tenía el diplomático iqueño) sigan siendo, hoy como ayer, el servilismo, la falta de virtud, la dignidad, el odio a la inteligencia y la ilustración y, sobre todo, la falta clamorosa de caridad civil”. A dos años del Bicentenario, ¡cuánto nos falta avanzar aún en la forja de un país firmemente encauzado por la senda de la institucionalidad democrática!

 

(*) Abogado y docente universitario.

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