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NO HAY DERECHO

Escrito Semanario Expresión
Edición N° 1149

Decían las abuelas que una vez puede ser error, pero dos, ya es terquedad. Yo diría, que equivocarse nuevamente sería, en este caso, masoquismo.

Este domingo 26 de enero los peruanos acudiremos a las urnas, convocados como electores en un proceso histórico, porque es la primera vez que votaremos para elegir a un Congreso tras la aplicación correcta de lo que dice la Constitución Política respecto a la disolución de este poder del Estado.

Algunos dirán que cuando votamos en noviembre de 1992 para elegir al Congreso Constituyente Democrático tuvimos nuestra primera experiencia, pero no es así. Aquellas elecciones fueron convocadas tras un acto inconstitucional: el autogolpe de abril de 1992 perpetrado por Fujimori y sus generalotes.

Volviendo al presente, acudimos a un proceso eleccionario que además de histórico es atípico. Esto porque a diferencia de votaciones pasadas, esta vez es tangible la falta de entusiasmo en la ciudadanía, consecuencia quizá de más de tres años de enfrentamiento entre Congreso y Ejecutivo, que terminaron por desgastar la débil confianza que existe entre los peruanos respecto a nuestras entidades de gobierno.

La falta de entusiasmo se traduce en lo que las estadísticas han puesto en evidencia hasta hace unos días: que un gran porcentaje de peruanos no ha decidido por quién votar o está dispuesto a viciar el voto. Para tener en cuenta, en las elecciones generales del 2016 un tercio de la población apta para participar de las votaciones, aproximadamente 11 millones de peruanos, decidió no elegir por ninguna organización.

Si tenemos en cuenta que aquella elección era – en términos normales – mucho más tentativa porque había candidatos presidenciales que encarnaban las propuestas de los partidos y en los que se podían centrar las simpatías del electorado, en parte es entendible el porqué de cara al proceso del domingo 26 los termómetros nos muestren un escenario tibio, sino gélido.

Lo más crítico es el nivel de desconocimiento con el que el electorado acudirá a los locales de votación el domingo. Desconocimiento no solo de las propuestas y agendas que las agrupaciones políticas presentan para el nuevo Congreso, sino también sobre quiénes son los candidatos, cuáles son sus antecedentes políticos, profesionales, económicos, empresariales y judiciales.

Todo ello pese a que las herramientas informativas están al alcance de todos y los medios de comunicación han tratado, en la medida de lo posible, de exponer a los aspirantes a la representación congresal para completar el período 2016-2021.

Al desconocimiento ‘per se’ sobre los candidatos se suma la confusión generalizada respecto a las funciones de un congresista. En estos tiempos todavía hay ciudadanos que creen en el discurso de que los congresistas generan empleo, pueden gestionar obras y asignar presupuestos o, ir incluso contra prerrogativas que están escritas en la Constitución como renunciar a la inmunidad parlamentaria.

De seguro más de un candidato desubicado ha lanzado propuestas de este tipo, propuestas que no son más que la expresión del nocivo populismo que busca cautivar a los electores y ‘convencerlos’ de darles su adhesión en las urnas.

Ciertamente, quedan horas aún para el sufragio, que es histórico, atípico y, como característica adicional, puedo señalar que trascendental, porque de lo que suceda en los próximos meses en el nuevo Congreso se definirán varios aspectos para la vida del país, con un impacto directo sobre el quehacer político, económico, empresarial, judicial y social.

Digo esto por las reformas que el Congreso disuelto hizo a medias o mal, las mismas que deben terminarse o mejorarse, según sea el caso, pero respondiendo a la legalidad, al ordenamiento constitucional y, sobre todo a las demandas ciudadanas de seguridad, mejora de la inversión pública y lucha frontal contra la corrupción.

Siendo así, este domingo no hay derecho al error. Votemos bien y pensando en el futuro que aspiramos para nuestro país.

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