up

MIGUEL DÍAZ TORRES: “EL PATRIMONIO DOCUMENTAL DE CHICLAYO TERMINÓ CONVERTIDO EN CALAMINAS DE CARTÓN”

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1130

  comentarios   

Miguel Díaz Torres no sabe con exactitud cuántos libros, revistas, planos, boletines, volantes… todo tipo de impresos sobre y de Lambayeque guarda. Lo que sí sabe es que actualmente es el principal coleccionista de documentos con un valor histórico incalculable, cuya revisión permite reconstruir la historia local. Otro hecho que sabe con certeza es que mucho del material que en algún momento guardó el municipio de Chiclayo fue retirado del Palacio Municipal en camiones y convertido en cobertores para techos.

 

Díaz Torres concluyó la secundaria en el Colegio Nacional de San José en 1977 y recuerda que era muy poco lo que en ese en entonces se les enseñaba a los estudiantes sobre la historia de Lambayeque, más eran los contenidos de historia del Perú. Para su suerte, el diario La Industria, bajo la dirección de Miguel Benigno Febres Fernandini, empezó a publicar una serie de contenidos y documentos sobre la historia departamental. Guardando los recortes del periódico, se inició como coleccionista.

 

“Empecé a guardarlos con el propósito de leerlos después. En 1980 empezaron mis clases en la Universidad Nacional de Trujillo hasta que encontré un librito sobre bibliografía lambayecana, lo que me entusiasmó al ver la cantidad de escritos que había sobre Lambayeque. Se despertó en mí el interés por querer buscar todo lo que ese libro tenía. Comencé a buscar libros en la calle Alfonso Ugarte, aquí en Chiclayo, y en la Avenida Grau y Amazonas, en Lima. Así me dediqué a buscar todo lo que habla sobre Lambayeque, sean libros, revistas, periódicos, fotografías y planos”, relata.

 

LA COLECCIÓN

Administrador de profesión, Miguel Díaz convirtió su habitación en el depósito de todo lo recabado. En la tarea, con el tiempo, se integró su familia, que conocedora de su afición se dispuso a guardar las publicaciones que se hacían mientras él vivía en Trujillo, para que posteriormente las clasificara.

 

“Mi papá me guardaba La Industria. Cada vez que regresaba de Trujillo me entregaba el paquete para que busque las noticias”, refiere.

 

Así nació su primigenia hemeroteca particular, que posteriormente llegó al nivel de biblioteca y fototeca. La habitación en la casa de sus padres tiene – como dice él – “cerros de publicaciones”, que cada cierto tiempo revisa para catalogar y ordenar. De hecho, guarda recibos, boletos de los desaparecidos cines de Chiclayo, bolsas de tiendas comerciales que ya no existen, publicidades… de todo.


LAS JOYAS

A los contenidos sobre Lambayeque, Díaz Torres suma una colección de revistas y periódicos de Lima. Entre sus joyas, se encuentra un ejemplar original de ‘El arte de la lengua yunga’, de Fernando de Carrera, publicado en 1644.

 

“Ese libro lo conseguí en Amazonas, en Lima. Creo que pagué algo de 25 soles. Como siempre acudo en búsqueda de nuevo material, algunos vendedores ya me conocían y me guardaban cosas especiales. Aquella vez un señor de apellido Villegas me mostró el libro y cuando lanzó el precio no dudé en comprarlo. También tengo dos originales de ‘A golpe de arpa’ de León Barandiarán y Rómulo Paredes”, cuenta.

 

En la década del 80, Díaz Torres se adentró a la recopilación de fotografías. Recuerda que en una oportunidad se montó una exposición en la calle Elías Aguirre y el fotógrafo, de apellido Vallejos, le dio facilidades para comprar algunas gráficas originales. Cada imagen la compró a un sol. Su ojo clínico le permitió seleccionar las de mayor contenido histórico.

 

También recibió algunas fotografías como regalo de parte del periodista José Arana Cuadra. Eso sí, confiesa que no le han ofrecido la compra de su colección, como tampoco apoyo para ubicarla en algún espacio que sea de acceso público.

 

Si algo caracteriza a Miguel Díaz es su apertura. Accede a cualquier solicitud para ayudar a la revisión histórica en base a lo que guarda y es uno de los principales aportantes con imágenes inéditas en el grupo ‘Antiguas Fotos de Chiclayo’, que existe hace varios años en Facebook.

 

“Esto empezó como un pasatiempo, no tenía ninguna aspiración cultural o histórica. Sin darme cuenta. Lo más difícil de conseguir son revistas y periódicos, porque es lo que más se bota”, comenta.

 

LAS TRAGEDIAS

El trabajo enriquecedor, pero no remunerado, que realiza Miguel Díaz ha permitido aclarar muchos aspectos históricos que con el tiempo se fueron distorsionando en Lambayeque, teniendo como sustento las publicaciones realizadas en cada época.

 

“Lo que he procurado en cierto modo es matar el egoísmo que ha existido sobre el patrimonio documental. Algunas personas tenían fotografías inéditas y se las guardaban para ellas, y quienes los sucedían quizá no entendían el valor histórico y terminaban por desecharlas. Así se ha perdido mucho material. Si se numerara lo que se ha perdido en las instituciones de Chiclayo no acabaríamos. En los años 70, en la parte alta del municipio, había una gran cantidad de libros, folletos, memorias y registros. Un alcalde dijo que se necesitaba espacio y de pronto los trabajadores empezaron a sacar los paquetes y a lanzarlos a un volquete. ¿A dónde los llevaban? A Lluvisol. Lluvisol era una fábrica, camino a Lambayeque, en la que se hacían calaminas de papel prensado y mezclado con grasa. Gran parte del patrimonio documental de Chiclayo terminó convertido en calaminas de cartón. Mi tío, que en ese momento trabajaba en la municipalidad, metió la mano al volquete y sacó un poco de papeles. Años después me los regaló. ¿Qué había? La memoria del alcalde Chacaltana de 1904, la del alcalde Francisco Cabrera de 1917, fotografías de una exposición realizada por Herrera Portilla y otros documentos más”, relata.

 

Similar tragedia sucedió con la hemeroteca del desaparecido Club Unión y Patriotismo, que se ubicaba en el edificio donde actualmente funciona la Biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad Pedro Ruiz Gallo, en la calle San José. Dicha colección guardaba las ediciones de los periódicos ‘El Tiempo’ y ‘El País’.

 

“Hasta la década del 80 todo eso estaba arrumado. Yo iba y les decía: ‘Regálenme uno’ y me respondían: ¡No, estos son de la biblioteca! ¿Los botaron? No. Vino la lluvia del 83, entró el agua y todo se mojó. Cuánto podríamos revisar de la historia de Chiclayo, de los años 20, 30 y 40, pero todo se perdió”, reflexiona.

Leer más