La historia de los pueblos no solo se escribe en los libros de historia, sino también en los surcos de sus tierras y en las cocinas de sus hogares. En Lambayeque, existe un ingrediente que define su identidad gastronómica y cultural: el loche. Sin embargo, el reconocimiento de su exclusividad y valor no fue un hecho fortuito, sino el resultado de un arduo y coordinado esfuerzo liderado por la ingeniera Rosa Meléndez Malesta. Durante las gestiones gubernamentales de Yehude Simon y Nery Saldarriaga, ella asumió el desafío como gerente de Desarrollo Económico del gobierno regional, comprometiéndose a proteger este patrimonio histórico frente a la indiferencia y el desconocimiento generalizado.
El punto culminante de esta intensa labor administrativa y científica llegó en diciembre del año 2010. Tras meses de gestiones y rigurosos sustentos técnicos, el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual – Indecopi, emitió la Resolución n.° 018799-2010/DSD-INDECOPI. Mediante este documento histórico, se otorgó oficialmente la denominación de origen al Loche de Lambayeque, que distingue del loche (Cucurbita moschata Duchesne). Este logro no solo significó un triunfo burocrático, sino la materialización de un esfuerzo colectivo por blindar legalmente un producto único en el mundo.
El camino hacia la identidad
El proceso para consolidar el expediente técnico exigido por las autoridades no fue sencillo ni inmediato; demandó más de un año de trabajo continuo y articulado. Desde la Gerencia de Desarrollo Económico, Meléndez Malesta asumió la responsabilidad de estructurar un equipo multidisciplinario capaz de coordinar las orientaciones necesarias para dar forma al proyecto. Sabían que el loche requería un respaldo institucional sólido que demostrara científicamente su singularidad, por lo que decidieron tender puentes y forjar alianzas estratégicas con destacadas entidades académicas y científicas del país.
“Para la investigación agronómica actual, el equipo recurrió al conocimiento de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo y de la Universidad Nacional Agraria La Molina. Estas instituciones analizaron minuciosamente la calidad de la semilla, las características del fruto y las particularidades de los cultivos existentes. No obstante, el expediente técnico necesitaba algo más que datos contemporáneos; requería un sustento histórico inobjetable. Fue en este punto donde el Museo Nacional de Sicán desempeñó un rol fundamental. Bajo la dirección del doctor Carlos Elera Arévalo, se recopilaron las evidencias arqueológicas y culturales que demostraban que este producto ya era consumido por las civilizaciones ancestrales de la zona, otorgándole al expediente el peso definitivo para su aprobación”, rememora Rosa Meléndez.
La ciencia del suelo y la exclusividad del cultivo
Uno de los aportes más valiosos de la investigación dirigida por la ingeniera Meléndez Malesta fue la delimitación exacta de las zonas geográficas que otorgan las propiedades únicas al producto. El estudio determinó con precisión que el suelo y el microclima de sectores específicos como Poma I, Poma II, Monsefú, Ferreñafe e Íllimo (en las cercanías de Mórrope) poseen particularidades químicas irremplazables. “Estas condiciones terrestres son las responsables directas de brindar al fruto su coloración característica y su aroma inconfundible, elementos imposibles de replicar fuera de los linderos lambayecanos”, remarca.
La exclusividad del territorio quedó demostrada con experimentos prácticos desarrollados por profesionales agrarios. En diversas ocasiones, agrónomos interesados en el éxito del proyecto intentaron trasladar las semillas originales hacia otras zonas vecinas, como el valle de Chepén, con la intención de reproducir el cultivo. El resultado fue contundente: las cosechas obtenidas fuera del suelo lambayecano perdieron su esencia originaria, dando como fruto un vegetal con el sabor y la textura de un zapallo común. Esto confirmó científicamente que la magia del producto no radica únicamente en su genética, sino en la íntima relación que mantiene con los nutrientes del suelo de Lambayeque.
La pared inconclusa
A pesar del júbilo inicial que provocó la entrega del certificado y el acrílico oficial de Indecopi, el camino posterior a la denominación de origen evidenció los problemas de las transiciones políticas en el Estado. La planificación original de la ingeniera contemplaba una segunda fase crucial: organizar, censar y capacitar a los agricultores locales, además de trazar alianzas con los gremios gastronómicos para estandarizar el uso de la etiqueta oficial “Loche de Lambayeque” en los menús y promover derivados innovadores como el polvo de loche deshidratado para la exportación. Sin embargo, la falta de continuidad política truncó estos avances institucionales.
"Como suele ocurrir con los cambios políticos, es común que la gestión entrante no preste atención ni priorice lo realizado por su antecesora, buscando siempre hacer algo que parezca más grande. Esto se convierte en una pared que nunca terminamos de construir: ponemos dos filas de ladrillos y, cuando llega un nuevo dueño, las derriba para volver a empezar desde cero, impidiendo que la obra avance. El proyecto merecía continuidad y atención. Nosotros ya habíamos iniciado un trabajo con los agricultores a través de la entonces Dirección Regional de Agricultura —actualmente gerencia— para identificar, organizar y capacitar a los productores. El objetivo era mejorar sus técnicas agrícolas mediante buenas prácticas, logrando así cosechas uniformes y de alta calidad”, menciona.
Hoy en día, el desafío sigue vigente en la agenda regional. Aunque el sector gastronómico y turístico ha mostrado una notable resiliencia al diversificar el uso del loche de Lambayeque en helados, postres, licores y repostería como el king kong, persiste la tarea cultural de corregir el lenguaje cotidiano y comercial. Para Rosa Meléndez Malesta, la denominación obtenida hace más de una década no debe ser vista simplemente como una bonita etiqueta archivada en el pasado. Es un derecho territorial ganado con esfuerzo que exige ser defendido por la comunidad, desterrando el término común de "zapallito" y llamándolo con orgullo por su nombre legal y legítimo: Loche de Lambayeque.
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