Durante muchos años, la palabra inclusión estuvo asociada principalmente a la incorporación de estudiantes con discapacidad a las escuelas regulares. Abrir las puertas de las instituciones educativas, garantizar una matrícula y compartir un mismo espacio fueron entendidos como importantes pasos hacia una sociedad más justa. Y, sin duda, lo fueron. Pero la educación peruana ha ido avanzando y, con ella, también nuestra manera de comprender la diversidad.
La historia de la educación especial en el Perú nos muestra este proceso. Durante décadas existieron modelos educativos diferenciados para atender a estudiantes con discapacidad. Posteriormente, los procesos de integración permitieron que muchos de ellos pudieran incorporarse progresivamente a las escuelas regulares.
Con la Ley General de Educación N.° 28044, promulgada en 2003, el país dio un paso importante al reconocer el enfoque inclusivo como parte del sistema educativo. El desafío dejó entonces de ser únicamente dónde educar a un estudiante para comenzar a preguntarnos cómo garantizar que todos puedan aprender, participar y desarrollarse en igualdad de oportunidades.
En este camino, el Decreto Supremo N.° 007-2021-MINEDU representa un avance significativo. Esta norma modifica el Reglamento de la Ley General de Educación y fortalece el enfoque de educación inclusiva, poniendo especial atención en la identificación y eliminación de las barreras educativas que pueden afectar el aprendizaje, la participación y la trayectoria educativa de los estudiantes.
Y aquí aparece una idea que considero fundamental: todos somos diversos.
La diversidad no empieza ni termina en la discapacidad. Está presente en cada aula, todos los días. Está en el niño que necesita más tiempo para comprender una indicación; en la niña que encuentra dificultades para comunicarse; en el estudiante que tiene dificultades para regular sus emociones; en quien enfrenta una situación familiar compleja; en quien presenta dificultades de atención, lenguaje o aprendizaje; pero también en aquel que posee habilidades, intereses, talentos y formas particulares de comprender el mundo.
Entonces, ¿qué significa realmente atender la diversidad?
Significa comprender que no todos necesitan lo mismo para aprender. Si un docente explica una actividad de una sola manera y un estudiante no logra comprenderla, quizá la pregunta no debería ser únicamente “¿qué le pasa al niño?”, sino también “¿qué podemos cambiar en nuestra manera de enseñar?”.
A veces, una imagen, una explicación diferente, más tiempo, un material concreto, una adaptación o simplemente una mirada más comprensiva pueden marcar una diferencia enorme.
Pensemos en una situación cotidiana. En un salón, mientras la mayoría de estudiantes termina una actividad, uno de ellos permanece en silencio frente a su hoja. Puede parecer que no quiere trabajar, que está distraído o que “no tiene interés”. Pero detrás de ese comportamiento puede existir una dificultad de aprendizaje, una barrera comunicativa, una situación emocional o simplemente una forma distinta de procesar la información. Cuando dejamos de mirar únicamente el resultado y comenzamos a comprender las barreras que enfrenta el estudiante, cambia también nuestra respuesta educativa.
Ese cambio de mirada es uno de los grandes desafíos de la educación actual.
La inclusión no puede reducirse a permitir que todos estén presentes en una escuela. Estar no siempre significa participar; participar no siempre significa aprender; y aprender requiere que existan condiciones que hagan posible ese proceso. Por ello, una escuela verdaderamente inclusiva no es aquella que simplemente recibe estudiantes diversos, sino aquella que se transforma para responder a esa diversidad.
Desde un Centro de Educación Básica Especial, esta realidad se observa con particular claridad. Cada estudiante nos recuerda que no existe una única manera de aprender, comunicarse, relacionarse o desarrollarse. También nos enseña que muchas veces las mayores barreras no están en la persona, sino en los entornos que todavía no hemos aprendido a adaptar.
Por eso, hablar de educación inclusiva durante una semana, una campaña o una fecha conmemorativa tiene sentido únicamente si esa reflexión permanece cuando las actividades terminan. La inclusión no debería ser solamente un discurso asociado a una fecha del calendario escolar. Debe convertirse en una forma cotidiana de entender la educación.
El reto que tenemos como docentes, familias, autoridades y sociedad es pasar de una mirada centrada en las diferencias a una mirada que reconozca la diversidad como una característica natural de toda comunidad humana. No se trata de enseñar a nuestros niños que todos somos iguales. Se trata de enseñarles que somos diferentes y que esas diferencias merecen respeto, oportunidades y reconocimiento.
Tal vez por eso debamos empezar a cambiar algunas de nuestras preguntas. En lugar de preguntarnos cómo hacer que un estudiante diferente se adapte a la escuela, preguntémonos qué puede hacer la escuela para que todos puedan aprender. En lugar de preguntarnos cómo “incluir” a quien consideramos diferente, preguntémonos qué estamos haciendo para construir una comunidad donde nadie tenga que sentirse ajeno.
Porque la diversidad no es un problema que la educación tenga que resolver. Es una realidad que la educación tiene el deber de reconocer, atender y valorar.
Y quizá el verdadero desafío de la inclusión sea dejar de pensar en “ellos” y empezar a hablar de “nosotros”. Porque no estamos construyendo una escuela para algunos y permitiendo que otros ingresen a ella. Estamos construyendo una escuela que pertenece a todos.
Todos somos diversos. Todos tenemos algo que aportar. Y una educación verdaderamente inclusiva comienza cuando entendemos que nadie debe ser incluido en un lugar al que, desde el principio ya pertenece.
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(*) Doctora, Directora CEBE “Santo Domingo” Cayaltí.
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