A Alfredo Bryce Echenique, quien partió este martes 10 a los 87 años, no solo lo despido como el lector devoto de su prosa vital, nostálgica y de su buen humor. Lo recuerdo, sobre todo, por el eco de su voz en persona; por esa capacidad de hilvanar anécdotas donde la risa y la melancolía se daban la mano; quizá igual o mejor que las de sus libros.
Recuerdo una historia en particular, contada entre bromas, que involucraba deliciosamente a su entrañable amigo Julio Ramón Ribeyro, y que tuve el privilegio de rescatar para el papel.
Aquella confidencia ocurrió en Chiclayo, durante una cena ofrecida por “Lundero”, el emblemático suplemento cultural del diario La Industria, de Chiclayo. La anfitriona era María Ofelia Cerro Moral -la recordada “Marigola”-, quien había convocado a aquellas dos luminarias de nuestra narrativa para actuar como jurados del Concurso de Cuento y Poesía Infantil y Juvenil. Por las páginas de ese suplemento desfilaron también figuras de la talla de Antonio Cisneros, Javier Sologuren, Washington Delgado y Guillermo Niño de Guzmán, entre otros.
Fundado el 30 de abril de 1978, “Lundero” fue más que un encarte dominical de cada fin de mes; fue el refugio del folclor, la historia y la lírica lambayecana. Marigola, con pulcritud, revisaba cada hoja antes de que el suplemento saliera a la luz. El decimista Nicomedes Santa Cruz explicó en su momento que “Lundero” derivaba del lundú, esa danza de raíces africanas que es cimiento de nuestra identidad. Para Nicomedes, bautizar así al suplemento era un acto de noble reconocimiento a la peruanidad.
En aquel entonces, la visita de Bryce y Ribeyro paralizó el estamento cultural y literario de Chiclayo. El Teatro Dos de Mayo lucía lleno: intelectuales, universitarios y escolares se dieron cita para conocer a los artífices de sus mundos imaginarios. En ese escenario, Alfredo no escatimó en elogios para la labor cultural local: “Admiro el esfuerzo de Marigola y de Lundero. Este es un suplemento de calidad superior. En un mundo donde todo debe producir dinero inmediato, la cultura parece no importar porque no ofrece rentabilidad inmediata. Lundero sí le otorga atención exclusiva a las letras. Eso es valiosísimo, y algún día, quienes no lo hacen, lamentarán su error”.
Lamentablemente, el suplemento dejó de circular tras 449 ediciones antes de la partida de Marigola, dejando un vacío en la difusión de temas culturales locales, nacionales e internacionales.
Hoy, la noticia de la muerte de Alfredo Bryce me devuelve a todos sus libros. Confieso que, aunque reconozco la magnitud de Un mundo para Julius, fueron sus Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire -el díptico conformado por La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz- los que terminaron por cautivarme. Esa voz en primera persona, capaz de viajar de Lima a París con una carga de nostalgia matizada por el humor más fino, es el legado que hoy atesoramos.
Pero volvamos a Chiclayo y a esa historia o anécdota, que Bryce nos confió sobre Ribeyro y un posible amor platónico recaído al parecer en Mary Ann Sarmiento Hall, quien fue coronada Miss Perú en 1953. Mary Ann Sarmiento no solo fue una de las mujeres más bellas y asediadas de la alta sociedad limeña de mediados del siglo XX, sino que se convirtió en una figura mítica gracias a las crónicas y anécdotas de escritores como Bryce Echenique y el propio Ribeyro, quienes personificaron en ella el ideal de la belleza inalcanzable de su juventud.
La anécdota que contó Bryce la escribí originalmente en diciembre de 1995 para el suplemento Dominical de La Industria, bajo el título “40 años después”. Hoy, en su homenaje, la recupero intacta, sin quitarle ni una coma, para que Alfredo y Julio Ramón sigan conversando en nuestra memoria:
40 años después
“Me lo contó en la Embajada del Perú en Francia un día de julio en que la representación peruana había invitado solo a peruanos que residíamos en París para celebrar nuestra fiesta nacional y conversarnos las anécdotas peruanas del Perú.
Julio Ramón y yo nos contábamos entre los cientos de invitados que, aunque gustábamos de la soledad o los tragos distantes del mundanal ruido, no nos pareció mal la idea de alternar con recién llegados de nuestro añorado país o paisanos residentes que de cuando en vez veíamos en las pocas citas a las que acudíamos a probar nuestro tradicional pisco sauer. Además, fuentes de la embajada aseguraban que ni parisinos de París ni extranjeros en París estarían allí: sólo peruanos de pura cepa, mismo pisco puro de Pisco.
Apenas ingresados y tras la presentación de estilo, de lo protocolar se pasó a la salud y al ¡salud! de los invitados, entre ellos Julio Ramón y yo que nos empujamos un buen ¡salud!, como en nuestros mejores tiempos, a la vez que le hacíamos ¡salud! a todo el mundo, como en sus mejores tiempos.
Allí fue donde Julio Ramón la vio, muchísimos años después. Estaba imponente, con estilo propio dado por años y vida recorrida de grandes acontecimientos. Estaba allí, justo a gusto de Julio Ramón, que esperaba oportunidad para entablarle conversación y contarle lo que a mí me contó en esos brevísimos instantes que se inmortalizaron desde el momento en que la vio y lo que duró en mis oídos su alucinada historia, en la que parecíame verlo transportado a años ha, totalmente alucinado, además.
- Lo estoy viendo y viviendo justo como si fuera hoy, Alfredo- me dijo; agregando: ¡Y pensar que esto sucedió hace 40 años!
Lo dijo con profunda convicción. Como si lo que me contaba le brotara no tras haber vivido esta historia hace 40 años, sino estarla viviendo hoy.
- Aunque parezca una versión trillada y novelesca -me confió- la amé desde el primer momento en que la vi, pero nunca se lo pude decir.
Ella -quien años después iba a ser Miss Perú- nunca lo supo hasta que él, muchos años después que ella llegara a ser Miss Perú -es decir, hoy-, intentara contarle su epopéyica anécdota. Entonces, hace 40 años, ella, niña rica y bonita, lucía su mejor traje y espectaba un desfile de Fiestas Patrias, donde la mayor atracción era precisamente la marcha de los batallones que presentaba el colegio donde estudiaba.
Julio Ramón, flaco, desgarbado y con las románticas ilusiones del adolescente, solo tenía ojos y oídos para la joven. Solo alguna que otra vez la había visto, bien por el barrio o bien salir del colegio, en mancha con su collera a la que, como ella, no le importaban volver la vista ni detenerse en lo que dejaban atrás.
Se llamaba Mary Ann. Y Mary Ann ingresó a su imaginación y a sus poemas desde entonces y hasta muchos años después que fuera Miss Perú (cuyo triunfo Julio Ramón compartió en silencio); muchos años después que se casara (cuyo matrimonio le dolió en silencio); muchos años después que se divorciara (cuya separación la sufrió en silencio). Mary Ann estaba en cada una de las cosas que hacía.
Todo esto lo llevó a observar el marco que rodeaba a su doncella y dentro de este cuadro al negro alto y fornido que detrás del frágil pero esbelto cuerpo de la adolescente, descaradamente la “punteaba”. Julio Ramón no soportó la terrible afrenta. Le corroía tamaña ofensa que intentó detener de hombre a hombre.
Se creyó con todo el derecho de defender a su dama. Por ello llamó la atención al zambo, que no veía ni alto ni fornido, sí atrevido y audaz y al que, cuadrándolo como los verdaderos machos criticó su actitud y pidió explicaciones. Al verlo, escuálido y sin traza de ser lo que Julio Ramón creía era y podía ser, el mulato se interrogó en silencio: -Y éste... ¿de dónde salió?
Mary Ann nunca se percató y en ningún momento supo lo que pasó a su alrededor. Solo se mantuvo expectante al desfile mientras que tras ella un moreno alto y maceteado se trenzaba en desigual lucha contra un muchacho endeble al que le salía el espíritu del espíritu de lucha que llevaba consigo y que recibía golpe tras golpe, que sólo recién le dolieron en emergencia de un hospital cercano, donde quedó maltrecho y con el traje y partes del cuerpo rotas; menos el corazón ni la idea de su romántico y platónico amor.
Muchos años habrían de pasar para que la agraciada joven llegara a ser la representante de la belleza de la mujer peruana; y otros tantos para que el desaliñado chico que la amó desde que la vio, fuera el más famoso escritor peruano de cuentos de los últimos tiempos.
- ¿Eso pasó hace 40 años? -le dije, por decir algo en medio del vacío del momento que había quedado paralizado en el tiempo y el espacio.
- Hace 40 años -balbuceó, aún en el aire, Julio Ramón. Y, tras una breve pausa, agregó:
-He esperado 40 años para contarte esta historia mi hermano, con todos sus detalles, sus puntos y sus comas; y para decírselo a ella; que conozca quién fue su héroe, de entonces y de ahora, a pesar que año a año, de los 40 que han pasado, me ha sido difícil olvidar y seguirla amando a la distancia; a pesar de haberse casado, divorciado y sido objeto de mil y una historias truculentas de su mundo de señora y de reina.
¡40 años no es nada para los sentimientos que llevo dentro..., Alfredo; muy dentro..., Alfredo! -musitó Julio Ramón, sorbiendo la penúltima copa de vino de muchísimas otras que vendrían después-.
- ¡...Y es ahora o nunca! -solemnizó, luego de una larguísima pausa.
Se enderezó, acicaló su cuello y corbata, alisó su cabello, llenó su copa, tomó aire, se acordó que yo lo había bautizado como el “Agustín Lara” de la literatura; pensó que solo a unos pasos de él estaba su “María Bonita” de toda la vida y se dirigió -majestuoso- hacia su dama de honor de siempre.
Yo me hice a un lado.
- Señorita Mary Ann, o señora Mary Ann -le susurró-, permítame que le diga Mary Ann -se atrevió. He sido, soy y seguiré siendo su eterno admirador. Mis ojos estuvieron en usted desde siempre y toda mi ilusión, mi esperanza, mis sueños, giraron a su alrededor desde el momento en que la conocí. Nunca me atreví a acercarme a usted ni mucho menos a contarle la anécdota que quiero contarle y que con toda la fuerza de mi ardiente corazón he venido guardando y guardando hasta hacer de ella una explosión interna de mis encontrados sentimientos.
La ex reina de belleza, abrumada y confundida por la intempestiva declaración de Julio Ramón -a quien reconoció-, no supo qué responder y sólo agradeció el gesto levantando su copa para hacer un brindis. Esto, como que animó más a nuestro insigne escritor:
- Mary Ann, hace 40 años que la miro y admiro. Hace 40 años que vivo suspirando por usted.
- ¡Un momento! ¡Un momento! -lo interrumpió Mary Ann. ¡¿Está usted loco o su angustia a causa del vino le hace decir tonterías!?... ¡¡¡Para que lo sepa usted, hace 40 años yo no había nacido...!!!”.
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Periodista
Decano del Colegio de Periodistas - Período 2026-2027
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