El Observatorio Socio Económico Regional de la Facultad de Ciencias Económicas, Administrativas y Contables de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo – UNPRG, ha publicado el reporte: “Determinantes de la inclusión financiera y las brechas de acceso financiero en hogares de la región Lambayeque”, basado en los datos que arrojó la ENAHO 2024.
A inicios del 2026, el acceso al sistema financiero en Lambayeque confirma que el crecimiento económico no siempre se traduce en integración social. Mientras los centros urbanos exhiben cifras robustas de digitalización y bancarización, la periferia rural permanece atrapada en una exclusión persistente. Los datos de la ENAHO 2024 revelan una región partida en dos: por un lado, ciudadanos que operan con cuentas, créditos y billeteras digitales; por otro, miles de familias que continúan al margen del sistema formal. La inclusión financiera, lejos de consolidarse como política pública exitosa, evidencia límites estructurales que la infraestructura bancaria por sí sola no ha logrado superar.
La narrativa oficial suele reducir el problema a la falta de ingresos. Sin embargo, el análisis regional demuestra que el acceso al sistema financiero está condicionado también por variables como educación, capital humano y conectividad. Persistir en la idea de que basta con instalar más cajeros o ampliar oficinas resulta insuficiente. Como advierte Durand (2017), minimizar la brecha estructural y apostar únicamente por expansión física ignora los verdaderos obstáculos que enfrentan los sectores vulnerables. En Lambayeque, el banco no se abre solo con dinero; exige conocimiento, confianza y capacidades que una parte importante de la población aún no posee.
Fractura territorial
La geografía de la inclusión financiera en Lambayeque es contundente. La tasa de acceso en el ámbito urbano alcanza el 81.6%, mientras que en el sector rural cae abruptamente al 18.4%. La brecha de 63.2 puntos porcentuales convierte a la residencia rural en la principal barrera de exclusión regional. En términos prácticos, ocho de cada diez habitantes urbanos están bancarizados, mientras que en el campo más de cuatro de cada cinco ciudadanos viven fuera del sistema formal.
Esta fractura no solo limita la posibilidad de abrir una cuenta. Impide acceder a crédito formal, restringe la capacidad de ahorro y reduce la resiliencia ante crisis económicas o desastres naturales. En una región con fuerte actividad agrícola y comercio local, la exclusión financiera refuerza la dependencia de mecanismos informales de préstamo, muchas veces con tasas abusivas.
Pese a años de crecimiento económico regional, los avances en inclusión rural han sido escasos. El sistema bancario nacional reporta niveles récord de transacciones digitales, pero en las zonas alejadas del casco urbano lambayecano el estancamiento es evidente. La infraestructura no ha logrado traducirse en uso efectivo porque la barrera no es solo física: es cognitiva y estructural.
A nivel regional, el 42.3% de la población total permanece excluida del sistema financiero formal. Es decir, casi la mitad de los ciudadanos no cuenta con herramientas básicas de ahorro o crédito formal, un dato que cuestiona el discurso de modernización financiera.
La verdadera llave de acceso
El análisis estadístico confirma que el nivel educativo es el determinante más potente de inclusión financiera en Lambayeque. Mientras el 67.6% de quienes poseen educación superior acceden al sistema formal, esta cifra desciende al 41.0% entre quienes solo alcanzan niveles básicos. La brecha de 26.6 puntos porcentuales no es anecdótica: revela que la educación técnica o universitaria actúa como puerta de entrada a la ciudadanía económica.
El modelo de regresión logística aplicado a una muestra de 3,520 ciudadanos muestra un R cuadrado de Nagelkerke de 0.115, lo que significa que las variables analizadas explican el 11.5 % de la probabilidad de inclusión financiera. Dentro de ese conjunto, la educación superior incrementa 2.71 veces la probabilidad de acceso en comparación con niveles básicos. El ingreso mensual también influye: cada aumento en su logaritmo eleva la probabilidad de bancarización en 43 %. Además, el género evidencia una brecha que favorece el acceso de los varones.
La escena es ilustrativa: dos ciudadanos en un mercado de Chiclayo con el mismo ingreso mensual. Uno tiene estudios superiores; el otro no. El primero tiene 2.71 veces más posibilidades de manejar una cuenta de ahorros o crédito formal. El sistema no solo exige dinero; exige competencias para entender tasas, contratos y plataformas digitales.
El problema se origina desde la infancia. En Lambayeque, apenas el 31.2 % de los niños alcanza niveles satisfactorios en lectura. Un niño que no comprende lo que lee difícilmente podrá interpretar en el futuro un contrato financiero. Así se perpetúa el ciclo de exclusión: baja calidad educativa hoy, marginalidad financiera mañana.
Ingreso y desigualdad
El análisis por quintiles de ingreso confirma que la billetera continúa siendo filtro de entrada a la modernidad bancaria. Los mejores niveles de inclusión se concentran en los hogares con mayores recursos, mientras que los quintiles más bajos exhiben los peores resultados. La estrategia de bancarización no está logrando romper el ciclo de informalidad en los sectores de menores ingresos.
La brecha de acceso entre niveles socioeconómicos extremos alcanza 30.5 puntos porcentuales. Esta diferencia limita la capacidad de ahorro, reduce el acceso a microcréditos y perpetúa prácticas informales que frenan el desarrollo familiar. Aunque muchos hogares de bajos recursos participan activamente en la economía local, permanecen al margen de los beneficios del sistema formal.
La exclusión no es homogénea dentro de la región. Chiclayo lidera la inclusión financiera con 61.0 %, impulsada por su sector urbano (62.1 %). Ferreñafe enfrenta el escenario más crítico, con una tasa general de apenas 47.7 %, reflejando precariedad de servicios financieros. La provincia de Lambayeque muestra un comportamiento intermedio (52.5 %), pero destaca por una mayor equidad territorial, con una tasa rural de 50.6%, superior a la de otras provincias.
Estos datos revelan que la centralización beneficia a Chiclayo, mientras la periferia continúa rezagada. La exclusión no es uniforme, pero sí estructural.
Aprendizaje financiero
El debate sobre inclusión financiera no puede limitarse a infraestructura. Hasan et al. (2021) proponen dividir el aprendizaje financiero en tres etapas. La primera es la exclusión, donde el ciudadano percibe el sistema como complejo y riesgoso, dominado por el temor y la desinformación.
La segunda es la transición, en la que la educación financiera actúa como puente. El aprendizaje de conceptos como tasas de interés, depósitos y manejo de herramientas FinTech reduce el miedo y transforma la percepción del sistema.
La tercera etapa es la inclusión plena, cuando el ciudadano utiliza activamente cuentas, microcréditos o aplicaciones móviles para invertir, emprender y protegerse ante crisis. Este enfoque gradual permite reducir la asimetría de información que hoy mantiene alejados a miles de lambayecanos.
Implementar un modelo de educación financiera por etapas podría transformar el panorama regional. Sin embargo, requiere políticas coordinadas entre Estado, sistema educativo y entidades financieras. Sin alfabetización financiera, la digitalización es un espejismo.
Democratizar el sistema
El diagnóstico es claro: la inclusión financiera en Lambayeque no depende únicamente de expansión física ni de crecimiento macroeconómico. Depende de capital humano, educación de calidad y reducción de desigualdades estructurales. Mientras el promedio regional de inclusión alcanza 57.7 %, la brecha territorial y socioeconómica condena a más del 80 % de la población rural a la marginalidad bancaria.
Democratizar el sistema financiero implica reconocer que la exclusión no es resultado de decisiones individuales aisladas, sino de un entramado de factores que incluyen baja comprensión lectora, desigualdad de género y limitaciones en ingreso. La estrategia debe ir más allá de campañas de bancarización y apuntar a fortalecer capacidades desde la escuela.
Si Lambayeque no corrige estas brechas, la modernización financiera seguirá siendo un privilegio urbano. El riesgo es consolidar una región donde la digitalización avance en vitrinas y estadísticas nacionales, mientras la periferia rural continúe operando en efectivo, en informalidad y con escasas oportunidades de crecimiento.
La inclusión financiera no es un indicador decorativo: es una condición para el desarrollo sostenible. En 2026, el desafío es transformar el acceso al sistema financiero en un derecho efectivo y no en una promesa estadística. Sólo entonces la banca dejará de ser un territorio de contrastes y podrá convertirse en una herramienta real de progreso para todos los lambayecanos.
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Elaborado por: Fabrizzio Oblitas, Ernisk Mechato y Yordy Vásquez, alumnos de la Escuela Profesional de Economía – UNPRG.
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