Hace exactamente un año, el mundo católico y la historia universal fueron testigos de un acontecimiento sin precedentes. El jueves 8 de mayo de 2025, desde el histórico balcón de la Basílica de San Pedro, se anunciaba al sucesor de Francisco. Para sorpresa y regocijo inmenso de toda una nación, el elegido fue el cardenal Robert Prevost Martínez, obispo emérito de Chiclayo, quien adoptó el nombre de León XIV. Hoy, al cumplirse el primer aniversario de este pontificado, recordamos con emoción cómo aquel pastor, que caminó durante ocho años junto a su pueblo lambayecano, se convirtió en el primer líder de la Iglesia Católica con profundos vínculos y nacionalidad peruana, marcando un hito que perdurará por siglos.
La elección de León XIV es, posiblemente, la noticia más feliz y trascendental que ha recibido el pueblo peruano en la historia contemporánea. No se trata únicamente del ascenso de un dignatario eclesiástico a la Silla de Pedro; es el reconocimiento universal de una figura que, habiendo adoptado al Perú como su patria, personifica la sinodalidad, la humildad y el compromiso social que el mundo necesita. Es la primera vez —y, en el devenir de la historia, posiblemente la última— que alguien identificado, naturalizado y con un amor entrañable por el suelo peruano llega a tan alto cargo, convirtiéndose no solo en el guía espiritual de los católicos, sino en una referencia moral para la humanidad entera.
La tierra que lo vio servir
Aunque el júbilo es global, es en Lambayeque donde el sentimiento alcanza niveles de celebración inolvidable. Para el pueblo lambayecano, Robert Prevost no es un extraño que llegó a la cúspide; es el obispo que conoció sus calles, que sudó bajo su sol y que lloró con ellos en las adversidades. Fue ese "pastor con olor a rebaño" que, durante ocho años, no solo alimentó a sus fieles con la palabra del Evangelio, sino que se transformó en un baluarte de resiliencia y cuidado durante momentos críticos que marcaron la memoria colectiva regional: la devastación del Niño Costero en 2017, la incertidumbre y el dolor de la pandemia de la Covid-19, y la furia del Ciclón Yaku en el 2023.
La memoria de aquel 8 de mayo de 2025 sigue viva. La emoción se puso a flor de piel cuando, ante más de 40 mil personas congregadas en la Plaza de San Pedro, el nuevo papa apareció, sereno pero visiblemente conmovido. El júbilo estalló no solo por el nombramiento, sino por el gesto de profunda cercanía que tuvo al dirigirse al mundo entero, en un español cargado de cariño, dedicando sus primeras palabras al Perú y, específicamente, a Chiclayo.
“Si me permiten también una palabra, un saludo, a todos aquellos y en modo particular a mi querida Diócesis de Chiclayo, en el Perú, donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto, para seguir siendo iglesia fiel de Jesucristo”, expresó en aquel discurso inaugural. Aquellas lágrimas, compartidas por millones en todo el Perú, sellaron un pacto de amor eterno entre el papa y su rebaño.
Raíces y formación
Robert Francis Prevost Martínez nació el 14 de septiembre de 1955 en Chicago, Estados Unidos. Su perfil es el de un hombre cosmopolita, con una herencia cultural vasta y rica; por línea materna, posee raíces afrocaribeñas, españolas, francesas e italianas, una amalgama que explica su capacidad de entender y abrazar la diversidad. Desde temprana edad, su vida estuvo marcada por la vocación. Sirvió como monaguillo y recibió el sacramento del orden sacerdotal en 1982. A pesar de haber construido una carrera sólida en su país natal, donde sirvió como párroco y prior, su corazón siempre albergó una inquietud misionera que lo llevaría, años después, al otro extremo del continente.
"Nací en Estados Unidos, pero mis abuelos eran todos inmigrantes, franceses, españoles (...) Me crié en una familia muy católica, mis dos padres estaban muy comprometidos con la parroquia", confesaba Prevost en una entrevista con la Radio Televisión Italiana mucho antes de vislumbrar el destino que le aguardaba.
Su formación académica es rigurosa: estudió en el Seminario Menor de los Padres Agustinos y posteriormente se licenció en Matemáticas en la Universidad de Villanova, Pennsylvania. A los 22 años, su ingreso al noviciado de la Orden de San Agustín de Saint Louis marcó el inicio de un camino teológico profundo. Tras doctorarse en Derecho Canónico en Roma en 1987, asumió cargos de gran responsabilidad como director de vocaciones y de misiones en Illinois. Sin embargo, su destino estaba marcado por el servicio misionero, lo que lo llevó a Trujillo, en La Libertad, donde lideró proyectos formativos para jóvenes agustinos en diversos vicariatos del Perú.
La consolidación de un pastor en Chiclayo
A finales de 2014, el papa Francisco lo nombró obispo de la Diócesis de Chiclayo. Para entonces, Prevost ya había ocupado el cargo de Prior General de la Orden de San Agustín, el puesto más alto a nivel mundial de esta orden. Fue durante este periodo que, en cumplimiento del Concordato entre el Vaticano y el Estado Peruano, Robert Prevost se nacionalizó peruano. Este no fue un acto protocolar; fue una decisión profunda. Tramitó su Documento Nacional de Identidad (DNI) en Chiclayo, se integró a la vida civil y ejerció su derecho al voto en las elecciones presidenciales de 2016, demostrando que su compromiso con el país era total.
Su labor pastoral fue una "iglesia en salida", tal como proponía Francisco. No hubo distrito, por alejado que estuviera en Lambayeque o en la provincia cajamarquina de Santa Cruz, que no recibiera la visita de su obispo. Se convirtió en un devoto ferviente de las tradiciones locales: el Divino Niño del Milagro de Eten, el Nazareno Cautivo de Monsefú (cuya festividad coincide con su cumpleaños), el Señor de los Milagros y la Cruz de Chalpón. Su influencia fue tal que fue una pieza clave para que el madero de Motupe fuera venerado durante la histórica misa del papa Francisco en Huanchaco en 2018.
Legado de amor y acción
El ejercicio episcopal de Prevost en Chiclayo estuvo marcado por una visión clara: la iglesia sinodal. Esta visión se materializó de forma tangible en momentos de crisis. Cuando el Niño Costero azotó el norte, fue el obispo quien, a través de Cáritas Chiclayo, lideró la respuesta humanitaria. Durante la pandemia del Covid-19, su liderazgo superó las barreras de la fe al articular al sector empresarial para implementar plantas de oxígeno, no solo en Chiclayo, sino también en Mochumí, salvando cientos de vidas.
Su voz fue frontal y valiente ante las lacras sociales. Se pronunció con firmeza contra la corrupción y la ineficacia política, defendió el medioambiente como la "casa común" y mantuvo una postura implacable contra los abusos dentro de la Iglesia. Fue un protector incansable de los más vulnerables: migrantes, niños con discapacidad, ancianos y jóvenes en situación de calle encontraron en él no solo un guía, sino un refugio. Además, desde la vicepresidencia de la Conferencia Episcopal Peruana, fue una figura clave en la defensa de los derechos humanos, exigiendo verdad y justicia en casos emblemáticos como el indulto al exdictador Alberto Fujimori y denunciando los abusos cometidos en el Sodalicio, brindando su apoyo incondicional a las víctimas.
En abril de 2023, tras ser nombrado cardenal, partió hacia el Vaticano para asumir el cargo de Prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina. Sin embargo, incluso desde Roma, su corazón nunca abandonó Lambayeque. En su despedida, instó a las autoridades a trabajar por el reconocimiento de Eten como Ciudad Eucarística y abogó incansablemente por la construcción del Terminal Portuario de Lambayeque, convencido de que el desarrollo económico es también parte de la justicia social.
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