El cielo romano amaneció despejado aquel miércoles 20 de mayo. Desde muy temprano, miles de peregrinos comenzaron a poblar la inmensa Plaza de San Pedro, llevando consigo banderas, rosarios, fotografías y plegarias. Entre aquella multitud que llegaba desde distintos rincones del mundo, una delegación lambayecana avanzaba emocionada, con el corazón latiendo más fuerte de lo habitual. No eran simples turistas. Eran hijos de una tierra que todavía recuerda con afecto al obispo Robert Prevost, hoy convertido en el papa León XIV.
Treinta lambayecanos —empresarios, sacerdotes, periodistas y representantes de instituciones civiles— habían llegado hasta el Vaticano llevando en las manos símbolos de su tierra y, en el alma, el orgullo de reencontrarse con quien pastoreó durante años la Diócesis de Chiclayo. La misión había sido coordinada con especial cercanía por monseñor Edgard Rimaycuna, hoy secretario personal del Santo Padre, junto al reverendo padre Alonso Serquén Montehermoso, párroco de la iglesia San José Obrero de La Victoria.
La emoción era evidente. Muchos de los integrantes de la delegación jamás imaginaron que aquel sacerdote sencillo que recorría calles polvorientas de Lambayeque, visitaba pueblos alejados y escuchaba con paciencia a los más humildes, terminaría convertido en el máximo representante de la Iglesia católica.
Mientras las campanas del Vaticano anunciaban el inicio de la Audiencia General, la Plaza de San Pedro se transformó en un inmenso santuario de voces y silencios compartidos. Entonces apareció León XIV. La ovación fue inmediata. Los aplausos parecían no terminar nunca.
Desde el estrado principal, el Santo Padre saludó a los peregrinos de lengua española y pronunció palabras que encontraron eco profundo entre los chiclayanos presentes:
“Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar interiormente por la liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua acción de gracias”.
La catequesis de aquel día abrió una nueva reflexión sobre el Concilio Vaticano II y la Constitución Sacrosanctum Concilium. León XIV habló de una Iglesia viva, sostenida no por estructuras humanas, sino por Cristo presente en la liturgia, en la comunidad y especialmente en la Eucaristía. Habló con serenidad, con profundidad y con ese estilo cercano que muchos en Lambayeque aprendieron a reconocer durante sus años de servicio pastoral.
“La fe cristiana no se reduce a conocer a Cristo con la mente, sino a encontrarse con Él en la vida de la Iglesia”, afirmó.
Entre los peregrinos lambayecanos, varios escuchaban conmovidos. Algunos cerraban los ojos; otros simplemente contemplaban al Papa con una mezcla de admiración y nostalgia. Era imposible no recordar al obispo que caminaba por Chiclayo saludando a la gente con humildad, hoy convertido en una figura universal.
Llegó entonces uno de los momentos más esperados. La delegación pudo acercarse al Santo Padre y entregarle obsequios representativos de Lambayeque: finas piezas artesanales elaboradas con algodón nativo y la agenda institucional del Colegio de Periodistas de Lambayeque. En mi calidad de periodista y directora del Semanario Expresión, tuve además la oportunidad de entregarle personalmente un ejemplar del histórico semanario Expresión que este año cumple treinta y tres años de circulación ininterrumpida y al que Papa León concedió reiteradas entrevistas en las que habló siempre de todo y en tono firme cuando de obras y proyectos se tató sobre Lambayeque,
El Papa recibió cada detalle con visible emoción. Sonrió varias veces al escuchar nombres y referencias de Chiclayo. Su mirada parecía regresar por instantes a aquella diócesis norteña que marcó profundamente su vida pastoral.
La delegación estuvo integrada por reconocidos representantes de Lambayeque como Olivio Huancaruna, Gonzalo Sánchez Calderón, Rafael del Campo y esposa, María Isabel Espinal Tapia e hijo, Yudith Muñoz Mendoza, Elena Núñez Puse, Zulma Campos, Becker Huamán e hijas, Martha Sifuentes, Marisol Rojas, las hermanas Nelly y Lena Chambergo Montejo, Sandre de Sánchez, los esposos Beto Wong y Brenda Barrantes, los hermanos Óscar y Julio Fernández García, entre otros empresarios y líderes regionales.
Sin embargo, más allá de los nombres y las fotografías protocolares, aquella visita tuvo el sentido íntimo de un reencuentro espiritual. Los lambayecanos no solo viajaron hasta Roma para ver al Papa; viajaron para abrazar simbólicamente a uno de los suyos.
Fuentes cercanas al Vaticano comentaron que León XIV tendría previsto iniciar en noviembre una gira pastoral por diversos países de América Latina, incluyendo Perú y Argentina. Y aunque todavía no existe anuncio oficial, crece la esperanza de que Lambayeque sea uno de los lugares elegidos para el esperado reencuentro con el pueblo chiclayano.
Al finalizar la audiencia, ocurrió una escena que quedó grabada en la memoria de todos. León XIV descendió para acercarse a niños invidentes, enfermos de cáncer, ancianos y jóvenes matrimonios. Escuchó, bendijo, tomó manos y regaló sonrisas espontáneas. No hubo prisa en sus gestos. Tampoco distancia.
Entonces muchos comprendieron que, pese al peso del pontificado y la majestuosidad del Vaticano, Robert Prevost seguía conservando intacta aquella humanidad sencilla que enamoró a Lambayeque.
Las fotografías podrán contar parte de la historia. Pero hubo emociones imposibles de retratar: el temblor de unas manos al estrechar las del Papa, las lágrimas discretas de algunos peregrinos, el silencio reverente de quienes sintieron que, por un instante, Chiclayo estuvo presente en el corazón mismo de Roma.
Aquella mañana en la Plaza de San Pedro no solo se produjo una audiencia papal. Fue también el abrazo simbólico entre un pueblo y el pastor que jamás dejó de llevarlo en el corazón.
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