Estaba en tránsito de Lisboa a Madrid, en un rinconcito del mundo, cuando tuve acceso a internet e, intempestivamente, me enteré de que ya existía una olla política. De inmediato, recordé la olla de Ollanta y un poquito más atrás también el vasito de leche de Alfonso Barrantes Lingán. Resulta que, en la farándula mediocre de la política peruana, donde cada quien hace lo que piensa y habla lo que quiere, pues la olla política es una motejada miserable y poco educada que no respeta la condición humana de las madres dedicadas a preparar la sangrecita para combatir la anemia.
La velocidad grosera del candidato, en medio de sus chanchadas, y en zona vip de su propio tren, no respeta. En sus paranoias, piensa que todos son caviares menos él, que solo come hueveras para invitados con cierta diplomacia. Tanto como él, por ahí divaga otro señor que distingue que el ciudadano que viven fuera del congreso debe comer alfalfa y no sangrecita como necesidad frente a la anemia. Ayer y mucho tiempo atrás fue el vaso de leche de Barrantes, hoy es la sangrecita como el cañazo para Lezcano cuando fue candidato presidencial.
El cañazo de Lezcano fue una respuesta inmediata y harta de política cuyo embuste acentuaba el poder de la costumbre antes el fragor del conocimiento académico o por lo menos recomendado oficialmente. Responderle a la necesidad desde el rincón de la política es no dejar el poder bajo cualquier despropósito incluso el que insulta la condición humana. Para el pobre está en cañazo, para que el que tiene unos soles estuvo la ivermectina, para otros fueron clínicas que agudizaron la discriminación. La sangrecita maloliente pudo y se debió captar por el altísimo desarrollo del olfato de cualquier cerdo. No se entiende que un cerdo celeste no sea capaz de detectar que la sangrecita huela mal como el trencito que se las trae por un solo riel. El olfato porcino debió ser más prudente y no calificar a la ollita política, porque tendría el mismo valor de la ignorancia atrevida de otro señor que de multiplicación sabe mucho como de camas Susy en plena campaña política.
Consumo y política
La sangrecita del cerdo celeste se acoge a la costumbre que se subsume a los patrones miserables para definir relaciones entre pobreza y sangrecita, pues dinero no hay más que para comprar sangrecita de mal olor, pero sí hay dinero para otros asuntos siniestros como romper contratos internacionales y pagar millonarios honorarios a furtivos y expertos en asuntos abogadiles. Incorporar la sangrecita significa estar a tono con los diez soles de la señora Dina, por la misma razón; es decir, se come hasta postrecito con diez soles que dinero debe alcanzar para los Rolex de antaño. El consumo de sangrecita pareciera que es suficiente cuando en realidad existen vegetales verdes y legumbres para mitigar la anemia, algunos frutos secos también son opcionales, pero hasta la «sangrecita de pollo» podría ser útil siempre y cuando no tenga mal olor para una potencia mundial. Ofrecerles sangrecita desdibuja el aprendizaje sobre política, porque el consumo no solo aliviaría la anemia, sino que se entiende que, para ellos, es lo único, cuando se sabe que no es suficiente en un país donde las políticas de salud preventiva no existen.
Negociar con la hambruna de mucha gente dependiente siempre será una fórmula esquizofrénica de cualquier candidato con los mejores asesores, porque saben que por cada dosis de sangrecita es un voto seguro. Alienarse de cualquier límite para satisfacer las necesidades que buscan mitigar la anemia es muy simple porque profundiza la desigualdad y agudiza la discriminación, tanto así que, para los ciudadanos de Chosica, es suficiente un tren chatarra antes que acudir a la tecnología que cualquier ciudadano se lo merece. Finalmente, no se necesita aprender o experimentar sobre las necesidades para atropellar la dignidad porque buscar los votos en cualquier cerro es un canje temporal que a nadie le interesa y que a muchos les interesa. Todo elllo porque el poder del subordinado resiste y condiciona su voto para pervivir por debajo sin respirar bienaventuranzas cuando su candidato niegue el olorcillo de sangre en mal estado, pese a que un cerdo sabe distinguir aromas.
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(*) Docente e investigador Renacyt. Palmas Magisteriales 2016.
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