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ISRAEL, IRÁN Y ESTADOS UNIDOS: El pulso del conflicto en Medio Oriente

Escribe: Roger Santa Cruz Carranza (*)
Edición N° 1440

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Si hoy se observa el mapa de Medio Oriente, la sensación es la de un tablero en movimiento permanente. Misiles y drones cruzan algunos de los cielos más vigilados del planeta, las flotas se reposicionan en el Golfo y las cancillerías miden cada palabra antes de pronunciarla. Pero lo que ocurre no es un estallido repentino. La tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán es el resultado de décadas de rivalidad acumulada. Entender el momento actual requiere mirar atrás y seguir la lógica geopolítica que ha llevado a estos actores a este punto, incluso cuando el costo de una escalada es evidente.

El enfrentamiento tiene hoy dos polos visibles. Por un lado, la convergencia estratégica entre Washington y Tel Aviv; por el otro, la República Islámica de Irán. Sin embargo, el conflicto es más amplio que esa línea frontal. Durante años, Teherán ha tejido una red de aliados que en la región se conoce como el “Eje de la Resistencia”. En ella se encuentran Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak y Siria, y el movimiento hutí en Yemen.

Esta arquitectura le permite a Irán proyectar influencia más allá de sus fronteras sin entrar directamente en una guerra convencional. También convierte a Medio Oriente en un espacio altamente volátil, donde un episodio local puede escalar con rapidez.

Una rivalidad con raíces profundas

Las raíces de esta desconfianza se remontan a 1953. Ese año, un golpe apoyado por Estados Unidos y el Reino Unido derrocó al primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh, quien había impulsado la nacionalización del petróleo. El poder del sah Mohammad Reza Pahlaví se consolidó con respaldo occidental, pero el episodio dejó una herida duradera en la memoria política iraní.

El escenario cambió de manera radical en 1979. La revolución islámica encabezada por el ayatolá Ruhollah Jomeiní derrocó al Sah e instaló un régimen que denunciaba la influencia occidental en el país. La toma de la embajada estadounidense en Teherán y la crisis de los rehenes sellaron la ruptura definitiva entre ambos países.

Durante las décadas siguientes, la confrontación se movió muchas veces en la sombra. Estados Unidos respaldó a Irak durante la guerra contra Irán en los años ochenta. Más tarde, el programa nuclear iraní se convirtió en el principal foco de disputa con Occidente.

En 2015, el acuerdo nuclear firmado entre Irán y varias potencias abrió un breve periodo de distensión. Pero la pausa terminó en 2018, cuando Washington decidió retirarse del pacto y reimponer sanciones económicas. La desconfianza volvió a crecer.

Otro punto de inflexión llegó en 2020 con el asesinato del general iraní Qasem Soleimani, uno de los estrategas militares más influyentes del país. Desde entonces, la rivalidad dejó de moverse únicamente en el terreno indirecto y pasó a una fase de fricción cada vez más visible.

La estrategia de los aliados armados

La red de aliados regionales es clave para entender la estrategia iraní. En términos militares convencionales, Irán no puede igualar la superioridad tecnológica de Estados Unidos e Israel. Frente a esa brecha, ha optado por construir lo que analistas llaman “profundidad estratégica”: una red de actores armados distribuidos en distintos puntos de la región.

Estos grupos cumplen varias funciones. Funcionan como elemento de disuasión frente a Israel en múltiples frentes, elevan el costo de un ataque directo contra Irán y mantienen a Estados Unidos ocupado en escenarios de baja intensidad.

Para Israel, en cambio, esta red representa una amenaza constante en su periferia. Para Washington, supone un desafío permanente al equilibrio regional y a la seguridad de rutas estratégicas.

El problema es que este sistema, diseñado en parte para evitar una guerra total, también multiplica los riesgos de error de cálculo. Cuando varios actores armados operan de forma simultánea, una escalada puede comenzar en un frente menor y expandirse con rapidez.

El impacto de la guerra de Gaza

La dinámica cambió de forma decisiva tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la posterior guerra en Gaza. A partir de entonces, la región entró en una espiral de represalias cada vez más directas.

Durante 2024 se intensificaron los ataques selectivos, las operaciones encubiertas y los intercambios de misiles. La tensión pasó de la confrontación indirecta a episodios de choque más abiertos.

Al mismo tiempo, Irán enfrentaba un deterioro económico importante hacia finales de 2025. La inflación, la depreciación de la moneda y las protestas sociales golpearon al país. Sin embargo, lejos de moderar su política exterior, el régimen interpretó ese contexto como una señal de vulnerabilidad estratégica y endureció su postura.

Los intentos de negociación indirecta tampoco prosperaron. Las posiciones de las partes resultaron incompatibles y la confianza era prácticamente inexistente. El resultado ha sido un escenario donde la presión militar y la disputa diplomática avanzan en paralelo.

Una crisis con alcance global

En la fase actual, los intercambios militares se han vuelto más directos. Irán ha respondido con misiles y drones contra objetivos israelíes y contra instalaciones vinculadas a Estados Unidos en el Golfo. Washington, por su parte, ha reforzado su presencia aérea y naval para proteger a sus aliados y mantener su capacidad operativa en la región.

Pero la crisis también se refleja en el terreno diplomático. China ha criticado las operaciones occidentales y ha pedido su cese en foros multilaterales. Rusia ha adoptado una postura similar.

Las razones no son solo políticas. Pekín depende en gran medida del petróleo iraní, mientras Moscú observa en esta crisis una oportunidad para debilitar la influencia estadounidense en la región. De esta forma, el conflicto empieza a entrelazarse con la competencia entre grandes potencias.

Un equilibrio bajo presión

En el corto plazo, tres factores pueden influir en el rumbo de la crisis.

El primero es el desgaste militar. Estados Unidos e Israel mantienen una ventaja tecnológica, pero sostener operaciones prolongadas implica costos políticos y logísticos. Irán, en cambio, apuesta por saturar las defensas con drones y misiles relativamente baratos.

El segundo factor es el energético. Irán conserva una carta estratégica importante: su capacidad de afectar el tránsito por el estrecho de Ormuz y, a través de sus aliados hutíes, por el mar Rojo. Por estas rutas circula una parte significativa del petróleo mundial. Una interrupción prolongada tendría efectos inmediatos en los precios del crudo y en la inflación global.

El tercer elemento es la estabilidad interna iraní. Aunque la sociedad muestra signos de fatiga económica, la oposición sigue fragmentada. El verdadero centro de poder continúa siendo la Guardia Revolucionaria. Mientras esa estructura se mantenga cohesionada, el sistema político probablemente resistirá.

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(*) Politólogo | santacruzcarranza@gmail.com

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