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RELATO BASADO EN HECHOS OCURRIDOS EN 1921: LA FIEBRE AMARILLA LLEGA A CHICLAYO

Escribe: Miguel Díaz Torres (*)
Edición N° 1137

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CAPÍTULO I

Regreso a su tierra

 

Era el mes de febrero y apenas hacía unos días que Joaquín, después de algo más de quince años, había vuelto a su Chiclayo. Transcurría el año del centenario de nuestra independencia; Joaquín contaba ahora con medio siglo de vida y deseaba quedarse ya para siempre en su suelo natal. Estaba bastante impresionado por los cambios que había encontrado. Chiclayo ya no era el pueblito de comienzos de siglo.

 

Recordaba que un par de años antes de su partida, la peste bubónica había sido un grave problema para la ciudad. Ahora encontraba, por ejemplo, que ya existía una Corte Superior de Justicia acondicionada en un segundo piso construido en el Colegio San José. A ello se añadía la existencia de dos cines: El Pathé  y el Gaumont, de un nuevo Palacio Municipal en plena construcción y la grata sorpresa de encontrar otra estación de  ferrocarril, la de Pimentel.

Joaquín estaba caminando por el Parque Principal y observaba  un movido paso de automóviles; eran pocas las carretas que circulaban pues ahora veía pasar hasta camiones marca “Wichitta” con bancas a los costados para pasajeros. “¡Qué modernidad!”, se dijo para sus adentros. Cruzó la calle Elías Aguirre y entró a tomar un refresco en el Salón “Mikado” del señor Ohashi y mientras lo bebía recordó que en el recorrido de la ciudad a su regreso, había visto un coliseo de gallos en la calle “San Isidro”  y que en el Hospital de “Las Mercedes” de la calle San Sebastián aparecían grandes y hermosos pabellones, como el obsequiado recientemente por el señor Cuglievan, que ahora estaban siendo atendidos por monjitas de la orden francesa de “La Caridad”.

También se había enterado de que próximamente, en julio, iban a inaugurarse las oficinas administrativas de la Beneficencia Pública en la misma calle “San Sebastián”, mientras en la Plazuela Aguirre se ubicaba una nueva  plaza de toros que solo disponía de galería y tendido. Supo, asimismo que los extranjeros afincados en la ciudad colaboraban con su progreso; algunos  se habían organizado como era el caso de los japoneses en su Sociedad de Auxilios Mutuos y de los chinos que ya tenían un Asilo de Ancianos con gran esfuerzo de la colonia. Estaba entusiasmado de que hubiese un camino carretero a Lambayeque y para experimentar esa nueva sensación de ir en automóvil a otra ciudad, pensaba hacer un viaje en un auto alquilado.

Durante un recorrido de días antes había encontrado un camal que funcionaba desde 1910 y, en el lado sur, la fábrica de velas del señor Montenegro muy cerca de la nueva estación de ferrocarril. “¡Qué cambios!”, se repetía internamente. “Hasta hay un nuevo cementerio camino a Pimentel; ya se dejará de usar el de Patazca donde están enterrados los muertos de la peste bubónica desde aquel año de 1904”. Recordó aquel letrero en el fondo del cementerio de Patazca: “Peste 1904 a 1917”, colocado para que durante ese período no fuesen removidos los sepulcros de los fallecidos por la peste bubónica;  se  estremeció al pensarlo y se dijo: “Ojalá no los remuevan nunca” y, a continuación: “ahora incluso hay un automóvil de la Beneficencia como carroza fúnebre para el traslado de los difuntos al nuevo panteón”.

Ensimismado en sus pensamientos fue abruptamente sacado de ellos por una señora que con sombrero de paja, falda larga y un costalillo le dijo:

- Señor,  cómpreme mis naranjas de Canchaque,  ricas y jugosas.

- “No, gracias”, le respondió cortésmente y,  mientras la señora se alejaba, recordó haber visto muchas vendedoras de frutas y comida -como higadito sancochado con su ají y panquitas de life-  en el mercado y las estaciones de tren, lugares con tal cantidad de cáscaras de frutas y restos de comida regados por el suelo que los convertía en muladares. “Estos son los problemas que trae la modernidad”, se dijo  a sí mismo.

Pasados  unos minutos hicieron su ingreso al salón “Mikado” tres señores bastantes mayores, uno de ellos ya anciano, portando un estandarte de la bandera del Perú en cuyo interior bordado se podía leer: “Sociedad Sobrevivientes del 79- Chiclayo” “. El de más edad se dirigió a Joaquín:

-Señor, buenos días, con el respeto que se merece estamos solicitando la colaboración voluntaria de los ciudadanos para apoyar a uno de nuestros asociados que se encuentra muy enfermo.

Joaquín se apuró en darle unas monedas a la vez que le preguntó: “¿Usted luchó contra los chilenos? Yo era un niño en esos años”.

Con voz cansada, el anciano le respondió: “Mi nombre, caballero, es Manuel Seclén y no solo luché contra los chilenos sino que cuando era muchacho apoyé a don José Balta en su revolución -que los chiclayanos también hicieron suya-; fui quien le consiguió las armas blancas para que en el asalto final del 7 de enero los chiclayanos luchasen cuerpo a cuerpo con las tropas gobiernistas. En estos últimos años de mi vida estoy apoyando a mis compañeros de batallas ya que muchos están en la mendicidad.

-Gracias por sus palabras señor Seclén, lo felicito y quiero decirle que es injusto que después de haber dado todo por la patria se termine en el olvido. Le deseo suerte.

Joaquín vio alejarse a los viejos soldados y se dijo a sí mismo: “Ellos han sobrevivido y dado mucho por el país y por nuestro pueblo en tanto que yo solo he sobrevivido a una epidemia de peste bubónica y no he hecho aún nada por mi pueblo”.

En ese momento vio que ingresaba a tomar un refresco un personaje al que reconoció de inmediato. Joaquín se levantó y se acercó a saludarlo:

-“Doctor Ugaz, qué gusto me da volverlo a ver después de tantos años”, dijo mientras le extendía la  mano.

-Cómo está usted amigo. Discúlpeme por no recordar su nombre pero lo recuerdo perfectamente; usted era el amigo del doctor Arias y estuvo con él cuando se presentó la peste bubónica en la Villa de Eten. Lo que son las cosas amigo, qué coincidencia, nos volvemos a encontrar en situaciones parecidas.

-“¿Qué pasa, otra vez hay peste en Chiclayo?”, preguntó Joaquín con apuro y angustia.

-No se alarme amigo, la peste está en el Puerto de Paita y además hay una epidemia de fiebre amarilla en Piura que amenaza con llegar acá. Hay noticias de que se encuentra en Olmos y Motupe, por lo que ha venido un médico norteamericano a fin de tratar de que la epidemia no alcance a Chiclayo o se controle en lo posible; voy a una reunión a la municipalidad.

-“¿Lo puedo acompañar doctor?, hace un momento me preguntaba qué podía hacer por mi pueblo y creo esta es la oportunidad, además ya soy veterano en estas lides”, dijo Joaquín, soltando la carcajada junto con el doctor Juan del Carmen Ugaz Maradiegue.

-Bueno amigo… Joaquín… ya recordé ese es su nombre, recordarlo era cosa de tiempo, esta cabeza con los años me está comenzando a fallar. Vamos juntos, la reunión es pública.

(*) Coleccionista e investigador.

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