Una de las grandes batallas impregnadas en la memoria de muchos historiadores es sin duda “Los Cuernos de Hattin”, (Israel, 1187). Salah ad-Din o llamado Saladino, sultán de Egipto y Siria, se enfrenta a los cruzados liderados por Guido I de Jerusalén, venciéndolos y demostrando que en sus manos trae consigo una de las armas más letales de la época, la “Espada de Damasco”, famosa por su fortaleza y flexibilidad; y capaz de derrotar a los ejércitos más poderosos. Sin embargo, pese a su valor e ímpetu guerrero, Saladino tiene la fama de ser un líder generoso y así lo demuestra en la captura de Guido I, que tras ser derrotado le señala: “Un rey no mata a otro rey”, exponiendo su caballerosidad medieval.
Esta historia fascinante esconde de modo perspicaz una tecnología de avanzada para su época como son las desapercibidas nanopartículas naturales, representadas en nanotubos de carbono que permitían propiedades de alto valor bélico en esta herramienta mortífera. Siglos más tarde dicha tecnología es utilizada también en muchos dispositivos mecánicos y eléctricos, pasando de ser una serendipia en el pasado a favorecer a nuevas investigaciones sobre procesos moleculares que permiten avances muy valiosos en los países dedicados a la investigación rigurosa y que los convierte en sujetos estratégicos altamente dominantes y competitivos en la exportación de productos innovadores en la actualidad.
Pero, ¿podrían algunos países emergentes comenzar a crear con rapidez nuevas formas tecnológicas que permitan acercarse a los países más ricos, para luego en algún punto del tiempo descarrilarse o deslizarse más de la frontera tecnológica? Esta pregunta se realiza Aghion et al. (2021) y que podemos vincularla rápidamente a nuestro actual contexto político – económico que se viene en el Perú.
La principal fórmula que señalan es contar con políticas de innovación. En países poco desarrollados, como es el Perú, son realmente escasas dado que las empresas se caracterizan principalmente por encontrarse en un sector extractivo o primario exportador muy alejadas de la frontera tecnológica. Aproximarse a esta es la principal fuente de crecimiento de un país dado que realizan un salto sustancial en su nivel tecnológico y cuyas repercusiones salpicarían a distintos sectores primarios y secundarios.
Para reflejarlo, se debe entender primero que la innovación en la frontera del conocimiento se basa en la economía del saber. La Agencia Estatal de Investigación de España describe como áreas científicas a las ciencias básicas; ciencias de la vida y de la salud; ingeniería y tecnologías; y ciencias sociales y humanidades, los cuales se encuentran muy asociados a programas que generan grandes beneficios que se trasluce en el crecimiento y desarrollo económico de un país, como por ejemplo generar una investigación que conlleve en los próximos años a un Premio Nobel tal vez o en economía, u otra rama.
El escenario en el Perú
Así en el Perú, según el Sistema de Información Universitaria de la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (SUNEDU) entre los años 2020 y 2025, la matrícula de estudiantes a un programa de posgrado considerando únicamente estas áreas disminuye a un ritmo anual de 1.5%; sin embargo, los programas de doctorado en estas mismas áreas aumentan en 1.8% por año y cuyos trabajos doctorales inciden en la competitividad del país, vinculando tanto la enseñanza en las universidades y su réplica innovadora que transformaría a las empresas.
Pero ello, ¿cómo nos favorece? Relacionémoslo con una sociedad más educada y transformadora, lo que generaría más empleo y riqueza en la sociedad. Por ejemplo, en un reciente estudio de Alcázar et al. (2018), muestra que una mejora en la situación laboral de los jóvenes en el Perú conlleva a una menor pobreza. Sin embargo, esta relación está atada a factores como la alta inseguridad ciudadana que frena a los jóvenes a recorrer grandes distancias a los centros de estudio o de trabajo tras la precariedad de su entorno donde vive. Además, en la investigación de Castellares y Guillén (2025) encuentran que existe una relación inversa entre el crecimiento económico y la tasa de trabajadores del hogar no remunerados y los tristemente llamados ninis, apelativo utilizado para denominar a jóvenes que ni trabajan ni estudian.
Entonces, si se observa que las grandes innovaciones, así provengan de serendipias pasadas pero que con sus descubrimientos se puede generar mayor potencia innovadora. Que para crecer económicamente debemos innovar; y que para innovar necesitamos una población educada, la pregunta cae de madura: ¿focalizamos nuestros esfuerzos en construir un sistema de innovación en el Perú? Al observar el ranking de universidades de la Quacquarelli Symonds (QS) del 2026 solo hay 3 universidades peruanas en el top 1,000 mundial. Según el Censo 2026 del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), el 22.6% de población es joven, 4% menos que del 2017.
Sin jóvenes, y más aún, sin preparación; y sin innovación, no hay crecimiento económico.