Durante décadas, Lambayeque ha vivido atrapado entre discursos de desarrollo y una realidad marcada por el atraso en infraestructura, el caos urbano y la ausencia de planificación estratégica. Por ello, el inicio de la autopista Chiclayo–Pomalca no debe entenderse únicamente como una nueva obra vial, sino como una señal política, económica y social de hacia dónde quiere avanzar la región en los próximos años.
La ejecución de esta infraestructura bajo la modalidad de Obras por Impuestos representa un hecho histórico para Lambayeque. No solo porque se trata de la primera obra de esta naturaleza impulsada por el Gobierno Regional, sino porque rompe con una vieja lógica estatal basada en la resignación: aquella que justificaba la inacción bajo el argumento permanente de la falta de presupuesto.
Hoy se abre una nueva posibilidad. El Estado y el sector privado pueden trabajar juntos para cerrar brechas históricas sin que ello implique hipotecar el futuro de los ciudadanos mediante peajes o cargas económicas adicionales. Esa es la verdadera trascendencia de este proyecto.
La futura autopista Chiclayo–Pomalca tiene además un valor estratégico que va mucho más allá de sus 5.5 kilómetros de extensión. Conecta una zona de enorme movimiento comercial, agrícola e industrial; mejora la transitabilidad; reduce tiempos; ordena el crecimiento urbano y prepara el territorio para una nueva dinámica logística. En otras palabras, no es solo cemento y asfalto: es una pieza fundamental dentro de una visión regional de competitividad.
Lambayeque necesita convertirse en un eje logístico del norte peruano. Tiene ubicación privilegiada, potencial agroexportador, actividad industrial, un aeropuerto internacional en proceso de modernización y la expectativa de un terminal portuario que podría transformar el comercio regional. Pero ninguna de esas oportunidades será viable si las carreteras continúan colapsadas, si el transporte urbano sigue siendo desordenado o si las ciudades crecen sin planificación.
Por eso esta obra adquiere relevancia. Porque empieza a conectar proyectos mayores. La articulación entre vías rápidas, aeropuerto, puerto y corredores industriales podría cambiar la historia económica de Lambayeque si existe continuidad, transparencia y capacidad de gestión.
También resulta importante reconocer un elemento pocas veces valorado en el país: la capacidad de concertación. La liberación de terrenos, la coordinación entre municipios, gobierno regional y empresa privada, así como la voluntad de sumar esfuerzos, demuestran que cuando existe un objetivo común sí es posible avanzar. El Perú necesita precisamente eso: menos confrontación política y más acuerdos para construir desarrollo.
Sin embargo, sería irresponsable caer en triunfalismos. Los lambayecanos han visto demasiadas primeras piedras y demasiadas obras inconclusas. El verdadero éxito de esta autopista dependerá de que los plazos se cumplan, de que la calidad de la ejecución sea la adecuada y de que exista fiscalización permanente para evitar retrasos, sobrecostos o corrupción.
La ciudadanía debe mantenerse vigilante. Cada sol invertido en infraestructura pública pertenece a los peruanos y debe traducirse en obras útiles, sostenibles y bien ejecutadas. La confianza no se gana con ceremonias, sino con resultados concretos.
Además, esta obra plantea un desafío mayor: pensar el desarrollo de Lambayeque de manera integral. No basta construir carreteras si no se resuelven simultáneamente problemas como la inseguridad ciudadana, el desorden del transporte, la informalidad o la contaminación urbana. El progreso debe ser equilibrado y humano.
Aun así, el inicio de la autopista Chiclayo–Pomalca deja una lección esperanzadora. Cuando existe decisión política, visión de futuro y articulación institucional, las regiones pueden empezar a romper décadas de postergación.
Lambayeque necesita más obras que unan territorios, impulsen inversiones y generen oportunidades. Pero, sobre todo, necesita recuperar la confianza en que el desarrollo sí puede dejar de ser un discurso para convertirse finalmente en realidad.
con ese comandante corrupto peor es un corrupto desde que estuvo en sechura hijo de. puta