Antes de convertirse en una figura clave de la agroexportación peruana, Olivio Huancaruna Perales empezó desde abajo. Su incursión en el comercio de café y la siembra de uva en el norte del país no fue fruto de un plan predeterminado, sino de la necesidad y el rigor del trabajo de campo.
Nacido en el caserío de Challuaracra y criado en Huambos, Cajamarca, aprendió desde muy niño que la vida era una frontera en constante movimiento. Antonio Huancaruna, su padre, fue un comerciante que abastecía los campamentos de la carretera Marginal de la Selva en el Alto Mayo y quien le legó algo más valioso que tierras: el respeto sagrado por la palabra y el trabajo.
“Mi abuelo materno, Antonio Perales, le dijo una vez a mi madre sobre mi padre: ‘Del hombre que trabaja nunca hay que desconfiar. Nunca’. Y mi padre no tenía tierra ni en las uñas. Pero era un trabajador insaciable”, recuerda con la lucidez.
Entre la contabilidad y el trabajo
Tras terminar la secundaria en el emblemático Colegio de San José de Chiclayo, pisó las aulas de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, a inicios de la década del 70, donde eligió una carrera que lo aproximase a la visión empresarial que ya había adquirido al trabajar al lado de su padre.
“Estudié contabilidad porque no había ninguna otra carrera que estuviera ligada al mundo empresarial. Era la única. No había Administración, no había Economía, no había Comercio Internacional, ni esas cosas. Nada”, recuerda.
Aquella etapa universitaria no estuvo marcada por la comodidad. Ya desde su etapa escolar había vivido en pensiones de Chiclayo. Fueron en total seis años, mientras su padre aún intentaba cobrar deudas de mercadería en Amazonas. Por entonces, Olivio Huancaruna había dedicido emprender una fase de vegetarianismo estricto y filosofía naturista que desconcertaba a la élite universitaria de la época.
“Tuve nueve meses de naturismo puro. Y la forma más completa de regresar al estado natural era estar en contacto con la tierra. Andaba con yanques (ojotas). En esa época me importaba un pepino todos los grandes apellidos y los hijos de militares; se burlaban de mí, pero no me afectaba. Salía temprano, había época de lluvia e iba con yanques a la universidad porque los zapatos se cuidaban. Me echaba un poco de agua encima y me iba a estudiar”, cuenta entre risas.
Tras graduarse como contador público y posteriormente como administrador de empresas, se dedicó de lleno al trabajo. Ya había empezado antes, siendo aún estudiante, cuando se movilizaba en una motocicleta de segunda mano entre las aulas y la tienda familiar ubicada en la primera cuadra de la avenida Nicolás de Piérola, el centro de acopio que daría origen a la historia comercial de la familia en Lambayeque.
La conquista del café
Hacia fines de la década de 1970, la firma familiar adoptó nombres que marcarían época: Comercial Huancaruna, Perales Huancaruna y, finalmente, Perusa.
“El nombre de Perusa se debe a dos razones elementales. Una, la fonética: queríamos conectar la compañía al origen, al Perú. La otra era una razón familiar, un homenaje a mi madre, que aportó valores fundamentales en la unidad”, señala.
Sin cuotas de exportación propias en sus inicios, la empresa comenzó a operar de manera indirecta, sirviendo como respaldo de abastecimiento para las cooperativas agrarias que no lograban cubrir sus compromisos internacionales.
“En el fondo, nos convertimos en las fincas hostaleras de las cooperativas. Cuando les faltaba café, venían a la chacra, que éramos nosotros”, explica.
Con la partida de su hermano mayor a Alemania, las conexiones internacionales se volvieron directas y sólidas. En una época sin las complejas salvaguardas contractuales de la actualidad, el comercio exterior del café se sostenía en un código de honor que hoy parece extinto.
“En el café nunca se firmó un contrato. Era tu palabra y la palabra del otro. Te daba la oportunidad de que lo que tú decías, el otro lo tomara con rigor de seriedad. El propio sistema del café zarandeaba (expulsaba) a cualquiera que entrara a decir disparates; lo sacaba. Antes las transacciones e inversiones eran solo de palabra”, comenta el empresario.
Aquel rigor comercial lo llevó a recorrer el planeta. Cuenta que para 1996, ya había agotado 16 pasaportes, visitando mercados recónditos como el de la China comunista, aún cerrada a occidente, o el Vietnam de posguerra.
La utopía de la uva en la costa norte
Consolidado el negocio cafetalero, la inquietud empresarial de Olivio Huancaruna lo llevó a mirar hacia la tierra lambayecana. En 1997, a través de la Agroindustrial San Juan, la empresa participó en la primera Oferta Pública de Adquisición – OPA, del sector azucarero peruano, compitiendo contra grandes grupos económicos y entidades bancarias.
“Pagamos el valor nominal completo, un 11 % más que cualquier otro. Los grupos limeños empezaron a vernos con envidia porque aparecía un actor nuevo en el sector”, resalta.
Sin embargo, el giro más audaz estaba por ocurrir. Fascinado por el modelo agroexportador chileno que había observado en sus viajes durante los años 80, decidió romper el paradigma agrícola de la costa norte, donde la uva era un cultivo reservado exclusivamente para el sur del país, de Paramonga hacia Ica.
“Fui el primero en sembrar uva desde Lima hasta Tumbes. En la costa del Pacífico, nadie más sembraba uva en el norte. Me lo inventé solito. Al hacerla, tuve la resistencia de todos: la primera, de mi propia familia; la segunda, de los dirigentes que manejaban a los trabajadores. Pero fuimos adelante”, reflexiona Huancaruna Perales.
El inicio fue empírico, impulsado por la curiosidad. Un superintendente de campo trajo las primeras estacas de uva desde el sur en la tolva de una camioneta. Sin conocimientos previos sobre el cultivo, Olivio Huancaruna ordenó a un peón seguir las instrucciones escritas al pie de la letra.
“Empezamos a sembrar uva sin saber nada. Cero. Solo tenía la experiencia de lo que había escuchado en Chile. Para la primera cosecha, entre los años 2000 y 2003, apliqué una costumbre personal: la primera cosecha no se vende, se regala toda. Ni una bolsa se vendió. Eso me permitió testear científicamente el rendimiento, la calidad y los costos”, explica.
Para validar la viabilidad del cultivo en los suelos de San Juan —beneficiados por la cercanía al reservorio de Tinajones y la ausencia de salinidad—, Olivio Huancaruna trajo desde Hungría a un veterano consultor de 80 años que había desarrollado la agricultura tropical en el noreste de Brasil.
“El hombre medía dos metros. Tenía un método nada científico, pero interpretaba la realidad natural. Miraba al sol para medir la intensidad de la luminosidad, sentía la velocidad del viento, tomaba la tierra en las manos, la soplaba y analizaba el agua. Al final nos dio el respaldo para seguir”, recuerda.
Aquel gesto de audacia transformó la geografía agrícola del norte peruano, demostrando que las tierras de Lambayeque eran capaces de competir en los mercados más exigentes del mundo, pero además que las tierras de San Juan, que antes solo eran cultivadas de caña, podían acoger cultivos de uva.
El valor del origen
Quien fuera dos veces presidente de la Cámara de Comercio y Producción de Lambayeque reflexiona hoy sobre el devenir de la región y el rol del empresario. Su mirada conserva la firmeza de aquel joven que caminaba descalzo por las aulas universitarias, inmune a las miradas ajenas y concentrado únicamente en el objetivo de construir.
Para Olivio Huancaruna Perales, el éxito no ha sido una cuestión de azar ni de fórmulas académicas sofisticadas, sino el resultado de haber escuchado a la naturaleza, de haber respetado los compromisos pactados con la mano y de mantener viva la mística del trabajo que aprendió de su padre.
“Estuve más de 40 años trabajando a su lado. Mis hermanos salieron al exterior a estudiar, yo, si volviera a tener 17 años, volvería a quedarme aquí porque tuve una gran ventaja: aprendí en la universidad y puse todo en práctica trabajando con mi padre. Eso no lo cambiaría por nada del mundo. Ninguna escuela del mundo me hubiera dado la oportunidad de trabajar con el oído y mi cerebro para los profesores y con mis ojos y mis manos para la acción de todo lo que aprendía o lo que escuchaba”, enfatiza.
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