La pregunta de fin de año también se hace frente al puesto del mercado ¿Alcanzará el dinero para comprar lo mismo? El Banco Central de Reserva del Perú ofrece una señal de alerta, se proyecta que la inflación cierre al 2026 en 4,2 %, por encima del rango meta de 1 % a 3 %. La cifra expresa un escenario previsto, todavía sujeto a cambios, pero resume las presiones que el encarecimiento de combustibles, el transporte y los riesgos climáticos ejercen sobre los precios.
Las expectativas de los agentes económicos también se han elevado, aunque conviene distinguirlas de la proyección del banco central. Según la encuesta recogida en el reporte, realizada al 31 de agosto, el sistema financiero y los analistas económicos esperan una inflación de 4 % para el 2026. Las empresas no financieras calculan 3 %. Así, el rango de expectativas va de 3 % a 4 %; el pronóstico institucional alcanza el 4,2 %. Son mediciones diferentes, con un mismo mensaje, siendo el cierre previsto que resulta más exigente para la estabilidad de precios.
De esta manera se identifica el aumento de las tarifas del transporte local y de los combustibles registrado en marzo y abril, en un contexto de mayores precios internacionales del petróleo y tensiones geopolíticas en Medio Oriente. La primera causa está en la energía vinculada a las presiones de precios con el encarecimiento internacional del petróleo y el aumento de combustibles y tarifas de transporte local. A ello se sumó la interrupción temporal de Camisea en marzo, que redujo la disponibilidad de gas natural vehicular en Lima y desplazó demanda hacia combustibles alternativos.
Peligros
La segunda causa es climática, dado que la proyección incorpora efectos de El Niño Costero y El Niño Global, mientras el balance de riesgos advierte que una mayor intensidad o persistencia podría reducir la oferta de alimentos y elevar sus precios. El mecanismo resulta concreto, cuando disminuye la disponibilidad de productos o se dificulta su distribución, aparecen presiones de encarecimiento. Su magnitud dependerá del daño productivo y de las condiciones de abastecimiento; el reporte no presenta ese riesgo como un resultado inevitable.
La tercera fuente de presión proviene del exterior y proyecta que los precios promedio de las importaciones aumenten 8,5 % en 2026. Además, advierte riesgos de nuevos incrementos en combustibles, fertilizantes y fletes por tensiones geopolíticas y alteraciones del suministro internacional. Un aumento del tipo de cambio podría reforzar la inflación importada. Esta cifra de importaciones no equivale al incremento esperado del costo de vida: corresponde a otro conjunto de precios, cuya transmisión al consumidor depende de distintas condiciones.
En el norte, el riesgo tiene una expresión territorial especialmente marcada. De ahí que el 81 % de las empresas consultadas prevé menores ventas y 69 % anticipa una caída de la producción. Para la discusión pública, estos resultados ponen sobre la mesa la continuidad de las rutas de abastecimiento y la capacidad de respuesta frente a interrupciones. La prevención debería evaluarse también por su contribución a mantener operativos los mercados y las actividades productivas.
Proyecciones al 2027
Para el 2027, se proyecta una inflación de 2 %, mientras las expectativas de los encuestados se ubican entre 2,50 % y 2,60 %. Esa diferencia tampoco constituye una contradicción, dado que corresponde a previsiones elaboradas por actores distintos. Además, una inflación menor significa que los precios crecen más lentamente; no implica, por sí misma, recuperar los niveles anteriores. La mejora esperada debe interpretarse con esa precisión para evitar promesas equivocadas sobre el costo de vida.
El escenario central apunta a 4,2 %, pero su cumplimiento dependerá de cómo evolucionen esas presiones. Mantener el abastecimiento, vigilar las expectativas y comunicar las diferencias entre proyecciones y resultados será esencial para entender el cierre del año. Para los hogares, la pregunta seguirá siendo concreta, cuánto podrán comprar con sus ingresos.
El incremento de la inflación podría reducir la capacidad de compra de las familias cuyos ingresos no aumenten al mismo ritmo que los precios. En ese escenario, mantener la alimentación, el transporte y los servicios habituales exigiría destinar una mayor proporción del presupuesto familiar. La presión sería especialmente sensible para quienes disponen de pocos recursos después de cubrir sus necesidades básicas. Ante esa restricción, algunos hogares podrían sustituir productos, reducir compras postergables o utilizar parte de sus ahorros. Estas respuestas dependerían de la estabilidad de sus ingresos, la composición de su consumo y sus posibilidades de adaptación. El encarecimiento de alimentos y combustibles, entre los riesgos identificados constituye una fuente de preocupación para el presupuesto cotidiano. Sin embargo, la inflación promedio no significa que todos los productos suban igual ni que todas las familias experimenten el mismo impacto. Por ello, la consecuencia central sería una menor capacidad para sostener el consumo habitual cuando los ingresos pierdan valor frente a los precios.
(*) Magíster en Ciencias con mención en Proyectos de Inversión Pública, economista e investigador Renacyt. Especialista en Inversión Pública del Centro Nacional de Planeamiento Estratégico.
(**) Economista de Esan, egresada de la Maestría en Inteligencia Estratégica.