De vender chupetines a vender casas. Miryam Botey Acuña nació en Chiclayo hace 40 años, fruto del matrimonio entre Gladys Acuña Zamora y Narciso Botey Salvador, aunque son pocos los que saben que en realidad ese es su nombre, pues la conocen como Lula, apelativo ganado debido a que a su hermana Maricarmen, dos años mayor, tenía una muñeca de ‘La pequeña Lulú’ y la llamaba así, pues era muy pequeña aún para pronunciar su nombre real.
“En el colegio cuando llamaban por lista y mencionaban Miryam no solía hacer caso porque no estaba familiarizada con ese nombre. Amo Lula, Lula es mi marca, mi sello personal”, explica.
INFANCIA
Señala que desde pequeña tuvo claro que quería ser una empresaria independiente dedicada a las ventas. Apenas cursaba los primeros grados de la primaria y ya se había hecho conocida por vender chupetines y papeles para cartas en el colegio religioso donde estudiaba.
“Las monjas me llamaban la atención, pero yo estaba más desesperada por cobrar lo de mis ventas a la hora del recreo”, cuenta Lula Botey, quien conforme fue creciendo empezó a vender otras cosas como productos de belleza. “Mi mamá era la que estaba inscrita, porque yo no podía por la edad. Sin embargo, me encargaba de venderlos”, recuerda.
No obstante, este ímpetu por los negocios fue algo que heredó de su familia. La empresaria recuerda que junto a su hermana jugaban a las muñecas en el restaurante que sus papás tenían en el Pasaje Woyke, pero tras caer su papá enfermo empezó a asumir responsabilidades en la empresa familiar.
“Mientras mi mamá cuidaba a mi papá, nosotras teníamos que ayudarle en el negocio. Mi hermana era muy vergonzosa, no le gustaba mucho atender a los clientes, entonces prefería irse a la cocina, en cambio a mí sí me gustaba. Estaba en caja haciendo las sumas y restas, las boletas, atendía a la gente y cuando era verano me encargaba de repartir los refrigerios al personal de los bancos aledaños”, evoca.
Apunta que los negocios que su familia tuvo en general fueron: una renovadora (propiedad de sus abuelos), una distribuidora de productos de algodón Pima para bebés, trabajos extras en costura que hacía su mamá (todo lo relacionado a vestidos de primera comunión y confirmación) y el restaurante ‘Una hora contigo’, que luego pasaría a ser ‘Restaurante pizzería Ciso’, en honor a su papá.
GOLPES
La empresaria señala que en 1989, cuando ella tenía 10 años, falleció su padre a la edad de 39 y en 1990 sucedió lo mismo con su hermana menor, Rossana Paola. Aquellos episodios marcaron su vida e hicieron que sus ya adquiridas responsabilidades se hiciesen mayores.
“Hubo una época en la que Chiclayo estuvo muy sucio por una huelga de los trabajadores municipales, lo cual hizo que un virus ataque a tres niños, dentro de los cuales estaba mi hermana, quien tenía nueve meses y estaba en pleno proceso de gatear, pero debido a esa enfermedad quedó prácticamente paralítica. Mediante la rehabilitación pudo recuperar un poco la psicomotricidad, pero quedó como una niña de cristal, teníamos que cuidarla de todos los ambientes. Falleció a los tres años y medio”, recuerda.
A partir de allí la figura de su tía, Miriam Acuña Zamora, tomó un papel más preponderante en su vida, al punto de considerarla como una segunda mamá. Hace cuatro meses que falleció y Lula Botey recuerda así un episodio de su vida: “Cuando estaba en el colegio quería ser actriz y junto a mi tía estábamos viendo escuelas de actuación en México, pero mi mamá consideraba que aún era muy chiquita para irme y no me dejó. Era natural que sea sobreprotectora, pues había perdido a su esposo y a una hija”, rememora.
INMOBILIARIA
Botey Acuña relata que, a la par de estudiar Administración, trabajaba vendiendo acciones de las empresas Luz del Sur y Telefónica. Tras salir de las aulas, empezó su trayectoria laboral cerrando afiliaciones en una administradora de fondos de pensiones, para luego pasar a una conocida entidad bancaria de la cual guarda gratos recuerdos, pues sus compañeros y el jefe de operaciones eran las mismas personas a las cuales ella les llevaba el refrigerio cuando era niña.
“Me decían que no podían creer como esa niña chiquita que llegaba a dejarles los refrigerios ahora trabajaba con ellos. Luego pasé al rubro financiero y terminé en el sector telecomunicaciones, hasta que viajé a España por dos años donde llevé unos cursos complementarios de Administración Financiera y Marketing”, apunta.
La empresaria relata que tras aquellas experiencias recaló en el mundo inmobiliario, aunque su llegada fue “como jugando”, pues se debió a que una amiga le comentó que quería comprar un departamento y al cabo de unos días otra amiga le dijo que estaba vendiendo uno.
“Hice la intermediación para la venta del departamento y me gustó. Así empezó todo hace cinco años. Luego conformamos junto a mi novio, quien hoy es mi esposo, la empresa que lleva mi nombre y se dedica a brindar servicios inmobiliarios. Somos un complemento, él es mucho de procesos y yo me encargo del lado comercial. A la fecha ya contamos con un equipo que trabaja a nuestro alrededor”, explica.
Con la experiencia de vida a cuestas, Botey Acuña aconseja a los jóvenes que cuiden siempre su nombre y la palabra empeñada, pues considera que esta vale “más que mil papeles firmados”, pues es un capital invaluable.
“Les diría a los jóvenes que la mejor universidad es la vida, las experiencias que uno adquiere día a día. Les exhorto a que hablen siempre con la verdad y le pongan pasión a lo que hagan, porque al menos en las ventas el límite es el cielo. Uno puede alcanzar lo que quiera en la vida. Luchen manteniendo siempre una actitud positiva”, resalta.
Deja tu Comentario