Es increíble que este lugar, sagrado para muchos, haya cumplido ya los 100 años de existencia y, tal parece, que continuará por un periodo similar, Se trata de un santuario para los muertos, ajeno a los vaivenes e incertidumbres del mundo real, de mundo material, del mundo de los vivos y de los avivatos.
Sorprende a los visitantes que, en un lugar cercano al centro de la alicaída ciudad de Chiclayo (calle Iturregui) a pocos metros de la urbanización Patazca y algo más de una cuadra del que fuera Hotel de Turistas, se mantiene un lugar especial de culto a los difuntos en la que se exhiben 13 cráneos de personas fallecidas hace mucho y que aparecieran sorpresivamente junto a una cruz de madera colocada como una señal provisional. Ese hecho, tenido por milagroso, ocurrió luego de las intensas lluvias de los años 1925 (Fenómeno El Niño) que trajeron mucha destrucción y que terminó por causar daños al cementerio ubicado justo en esa zona.
Un santuario informal. En una reciente visita se puede notar que los ambientes han sido remozados, que los cráneos humanos están resguardados en una estructura de aluminio y pueden ser tocados por las personas que así lo consideran, se pueden ver varias placas de reconocimiento por los favores recibidos, ramos de flores frescas y cantidad de velas encendidas por los visitantes que piden o agradecen un favor, una intermediación, un “milagro” personal o familiar. Se pueden ver también algunas fotografías de personas ya fallecidas y hasta dos imágenes religiosas, entre ellas, la Virgen de Guadalupe. Un letrero invitaba a participar de la paraliturgia a celebrarse en el propio local, a las 5 pm.
Se trata de un santuario dedicado a honrar a los difuntos representados por los 13 cráneos calificados como “ánimas benditas” para evitar su vinculación con el mundo de la brujería. A estas “calaveritas” se les ofrenda con la luz de velas, con limosnas, ramos de flores, con oraciones y rezos y también con placas recordatorias. Este lugar no es reconocido por la iglesia católica que sigue considerando este tipo de costumbres como religiosidad popular, en el mejor de los casos.
El culto a los muertos. No hay duda de que la humanidad tiene un respeto a sus difuntos y que este hecho capital ha merecido todo tipo de rituales y en el caso de las élites gobernantes esos rituales han sido llevados a sus máximas expresiones como la construcción de grandes mausoleos, enterramiento con bienes, joyas, duelos masivos, y el entierro con acompañantes como los casos del Señor de Sipán, el Señor de Sicán, el Señor de Úcupe.
Este culto a las “13 ánimas benditas” nos pone frente a una cosmovisión arcaica de la humanidad, en el sentido de pensar que el “difunto” no ha muerto del todo, que todavía puede estar cerca, escuchar un pedido, preocuparse por su gente y, por ello, se le puede hablar, pedir y hasta compartir comidas, bebidas y música que le gustaban en vida. Estas escenas se pueden ver en muchos cementerios de nuestro país y en el caso de Lambayeque y Piura hemos visto familias completas compartir una mesa, bien servida, con el difunto y en el cementerio.
El culto a los ancestros. Algo todavía queda esparcido entre los peruanos de hoy del andino “culto a los ancestros” y que los arqueólogos, historiadores y antropólogos nos detallan en sus variados estudios. El culto a los muertos ilustres, prestigiosos, convertidos en mallquis, apus, o divinidades vivientes, eran el fundamento de la autoridad política y de la identidad de una comunidad determinada. Por ello el ancestro debería ser alimentado, homenajeado y recordado. A cambio se esperaban buenas cosechas y pesca, protección y estabilidad en el marco de una relación de reciprocidad. El ancestro de un determinado grupo humano importante, para ser considerado como tal, debería mantenerse en el recuerdo de por lo menos dos generaciones.
El miedo a los muertos. Una sensación entre respeto y miedo a los muertos existe en gran parte de la población peruana de las tres regiones, con variantes e intensidades diversas. Se cree que el candidato a morir da “señales” de su muerte a familiares y amigos, que esta partida definitiva es captada por los perros que dejan escuchar un ladrido agudo y largo especialmente en los atardeceres, igual aviso lo dan los búhos o lechuzas. Que es buena práctica ir al entierro de un ser querido y mostrarse magnánimo con él, hablando de las cosas buenas que hizo y en algunos casos la familia cercana debe dar muestras claras de un profundo dolor por la partida del padre o del abuelo.
Las ceremonias finales. No hay duda de que es un mandato que las personas deben continuar su vida y reencontrarse con la realidad, con el mundo – mundo y se prepara para ello mediante dos ceremonias que las consideramos finales: la lava de la ropa usada en vida por el muertito y que es una señal de despedida que se hace a los pocos días del entierro. En este caso el agua lo purifica todo, limpia también las huellas y es como una primera despedida. La otra ceremonia es el denominado “bota luto” que se celebra al año o dos años de ocurrida la muerte y que constituye una ruptura del luto y una apertura o bienvenida a la vida, al futuro. Es una ceremonia que termina en una celebración, incluido el baile del viudo o viuda, como fin del luto por el fallecido.
*Instituto de Desarrollo Regional – INDER
Deja tu Comentario