up

EL CULTO A LOS DIFUNTOS: LAS 13 ALMAS BENDITAS

Escribe: Pedro Alva Mariñas*
Edición N° 1474

  comentarios   

Es increíble que este lugar, sagrado para muchos, haya cumplido ya los 100 años de existencia y, tal parece, que continuará por un periodo similar, Se trata de un santuario para los muertos, ajeno a los vaivenes e incertidumbres del mundo real, de mundo material, del mundo de los vivos y de los avivatos.

Sorprende a los visitantes que, en un lugar cercano al centro de la alicaída ciudad de Chiclayo (calle Iturregui) a pocos metros de la urbanización Patazca y algo más de una cuadra del que fuera Hotel de Turistas, se mantiene un lugar especial de culto a los difuntos en la que se exhiben 13 cráneos de personas fallecidas hace mucho y que aparecieran sorpresivamente junto a una cruz de madera colocada como una señal provisional. Ese hecho, tenido por milagroso, ocurrió luego de las intensas lluvias de los años 1925 (Fenómeno El Niño) que trajeron mucha destrucción y que terminó por causar daños al cementerio ubicado justo en esa zona.

Un santuario informal. En una reciente visita se puede notar que los ambientes han sido remozados, que los cráneos humanos están  resguardados en una estructura de aluminio y pueden ser tocados por las personas que así lo consideran, se pueden ver varias placas de reconocimiento por los favores recibidos, ramos de flores frescas y cantidad de velas encendidas por los visitantes que piden o agradecen un favor, una intermediación, un “milagro” personal o familiar. Se pueden ver también algunas fotografías de personas ya fallecidas y hasta dos imágenes religiosas, entre ellas, la Virgen de Guadalupe. Un letrero invitaba a participar de la paraliturgia a celebrarse en el propio local, a las 5 pm.

Se trata de un santuario dedicado a honrar a los difuntos representados por los 13 cráneos calificados como “ánimas benditas” para evitar su vinculación con el mundo de la brujería. A estas “calaveritas” se les ofrenda con la luz de velas, con limosnas, ramos de flores, con oraciones y rezos y también con placas recordatorias. Este lugar no es reconocido por la iglesia católica que sigue considerando este tipo de costumbres como religiosidad popular, en el mejor de los casos.

El culto a los muertos. No hay duda de que la humanidad tiene un respeto a sus difuntos y que este hecho capital ha merecido todo tipo de rituales y en el caso de las élites gobernantes esos rituales han sido llevados a sus máximas expresiones como la construcción de grandes mausoleos, enterramiento con bienes, joyas, duelos masivos, y el entierro con acompañantes como los casos del Señor de Sipán, el Señor de Sicán, el Señor de Úcupe.

Este culto a las “13 ánimas benditas” nos pone frente a una cosmovisión arcaica de la humanidad, en el sentido de pensar que el “difunto” no ha muerto del todo, que todavía puede estar cerca, escuchar un pedido, preocuparse por su gente y, por ello, se le puede hablar, pedir y hasta compartir comidas, bebidas y música que le gustaban en vida. Estas escenas se pueden ver en muchos cementerios de nuestro país y en el caso de Lambayeque y Piura hemos visto familias completas compartir una mesa, bien servida, con el difunto y en el cementerio.

El culto a los ancestros. Algo todavía queda esparcido entre los peruanos de hoy del andino “culto a los ancestros” y que los arqueólogos, historiadores y antropólogos nos detallan en sus variados estudios. El culto a los muertos ilustres, prestigiosos, convertidos en mallquis, apus, o divinidades vivientes, eran el fundamento de la autoridad política y de la identidad de una comunidad determinada. Por ello el ancestro debería ser alimentado, homenajeado y recordado. A cambio se esperaban buenas cosechas y pesca, protección y estabilidad en el marco de una relación de reciprocidad. El ancestro de un determinado grupo humano importante, para ser considerado como tal, debería mantenerse en el recuerdo de por lo menos dos generaciones.

El miedo a los muertos. Una sensación entre respeto y miedo a los muertos existe en gran parte de la población peruana de las tres regiones, con variantes e intensidades diversas. Se cree que el candidato a morir da “señales” de su muerte a familiares y amigos, que esta partida definitiva es captada por los perros que dejan escuchar un ladrido agudo y largo especialmente en los atardeceres, igual aviso lo dan los búhos o lechuzas. Que es buena práctica ir al entierro de un ser querido y mostrarse magnánimo con él, hablando de las cosas buenas que hizo y en algunos casos la familia cercana debe dar muestras claras de un profundo dolor por la partida del padre o del abuelo.

Las ceremonias finales. No hay duda de que es un mandato que las personas deben continuar su vida y reencontrarse con la realidad, con el mundo – mundo y se prepara para ello mediante dos ceremonias que las consideramos finales: la lava de la ropa usada en vida por el muertito y que es una señal de despedida que se hace a los pocos días del entierro. En este caso el agua lo purifica todo, limpia también las huellas y es como una primera despedida. La otra ceremonia es el denominado “bota luto” que se celebra al año o dos años de ocurrida la muerte y que constituye una ruptura del luto y una apertura o bienvenida a la vida, al futuro.  Es una ceremonia que termina en una celebración, incluido el baile del viudo o viuda, como fin del luto por el fallecido.

*Instituto de Desarrollo Regional – INDER

Leer más


CUATRO DÉCADAS EN DEFENSA DE LA LEGALIDAD: CARMEN MIRANDA VIDAURRE CULMINÓ UNA HISTÓRICA Y EJEMPLAR TRAYECTORIA EN EL MI

Escribe: Semanario Expresion
Edición N° 1474

  comentarios   

  • Fue cuatro veces presidenta de la Junta de Fiscales Superiores de Lambayeque.

El ejercicio del derecho y la administración de justicia en el Perú exigen una devoción constante, un rigor ético inquebrantable y una profunda vocación de servicio. Pocas trayectorias reflejan con tanta nitidez estos valores como la de la doctora Carmen Graciela Miranda Vidaurre, quien se desempeñó como presidenta de la Junta de Fiscales Superiores del Distrito Fiscal de Lambayeque. Este 31 de octubre, tras más de 41 años ininterrumpidos al servicio de la legalidad, la magistrada concluyó sus funciones en la institución. Su retiro marca el fin de una era en el sistema judicial de la región.

A lo largo de más de cuatro décadas, la doctora Miranda Vidaurre no solo presenció la evolución organizacional y procesal del Ministerio Público en Lambayeque, sino que desempeñó un rol protagónico en su consolidación institucional. Su paso por la fiscalía ha dejado una huella indeleble, caracterizada por un impecable rigor técnico, una firme postura en la lucha contra la impunidad y un liderazgo empático pero inflexible ante la transgresión de los principios rectores de la justicia.

Vocación forjada desde las aulas

Integró la novena promoción de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, habiendo tenido entre sus maestros a reconocidos abogados y jurisconsultos como Carlos Doig Padovani, Óscar Mejía Quiroz, Constante Calonge Zavaleta, Carlos Vela Marquillo, Luis Pérez Malpica, Benjamín Padilla Bazán y Jorge Angulo Ibérico.

"Había magistrados entre nuestros docentes, pero ninguna mujer. Era una característica de la época universitaria", recuerda con perspectiva la magistrada, quien se incorporó al Ilustre Colegio de Abogados de Lambayeque – ICAL, en septiembre de 1982, bajo la gestión del decano doctor Carlos Sánchez García, cuando apenas existían unas treinta abogadas colegiadas en todo el departamento.

Junto a otras destacadas profesionales del derecho en la región, como las doctoras Margarita Gil Bustamante, Gladys Echaíz Ramos y Manuela Zeña Nanfuñay, integró la primera Asociación de Abogadas de Lambayeque, un espacio desde el cual impulsaron valiosas actividades académicas y de integración gremial.

Primeros años de servicio

Su trayectoria en el aparato estatal dio inicio formal en enero de 1985 al ingresar a laborar en el Ministerio Público en Lima. Entre marzo de 1986 y 1991, se desempeñó como fiscal adjunta penal, etapa en la que forjó su temple y pulió su maestría en la investigación. En la capital, trabajó bajo la dirección de la doctora Gladys Echaíz, de quien destaca haber aprendido "la pulcritud en el trabajo", y posteriormente al lado de la doctora Margarita Gil, "cuya trato amable y respetuoso siempre recordaremos quienes la conocimos".

Hacia 1991 retornó a Lambayeque, siendo posteriormente designada como fiscal provincial de Familia en Chiclayo. Aquellos años estuvieron marcados por la adversidad y el peligro debido al contexto de violencia subversiva que azotaba al país.

"Era una época difícil, pues apoyábamos a las fiscalías especializadas en terrorismo, llegando a colaborar incluso con el Grupo Especial de Inteligencia GEIN. Para ser fiscal de Familia uno de los requisitos era ser casada y madre de familia", relata sobre los rigores de una época donde la seguridad personal se ponía a prueba a diario.

Ya en 1993, consagrada plenamente al fuero de familia, destacó por su sensibilidad y defensa de los derechos de los sectores más vulnerables, consolidando una pauta de trabajo orientada a la protección de la infancia, la adolescencia y la mujer.

Liderazgo institucional

Su constante preparación le permitió ascender a los niveles superiores de la carrera fiscal en el año 2004. Su intachable integridad hizo que la institución le confiara la jefatura de la Oficina Desconcentrada de Control Interno ODCI de Lambayeque, velando por la correcta conducta funcional bajo estrictos estándares de transparencia.

La confianza de sus pares quedó refrendada al ser elegida en cuatro oportunidades como presidenta de la Junta de Fiscales Superiores. Desde este máximo cargo de gestión, lideró hitos fundamentales para la justicia norteña, entre los que destaca de manera sobresaliente la implementación del Nuevo Código Procesal Penal en Lambayeque, concretada en abril de 2009.

"Fue una tarea ardua, porque todo tenía que cambiar, desde la conformación de los despachos para que se puedan convertir en fiscalías corporativas, pasando a estar conformados por seis fiscales provinciales y 12 adjuntos cada una. Fue complejo también porque se debía proponer a la Fiscalía de la Nación los nombres de quienes iban a asumir las fiscalías provinciales o las fiscalías adjuntas provisionales", recuerda sobre aquel punto de inflexión modernizador.

Asimismo, impulsó una sólida articulación interinstitucional con la Policía Nacional, el Poder Judicial y los gobiernos locales frente a la criminalidad y la corrupción.

Con el cese de sus funciones, el Distrito Fiscal de Lambayeque despide a una de sus autoridades más emblemáticas. El legado de entrega, mística profesional y amor por la legalidad de la doctora Carmen Miranda Vidaurre permanecerá grabado en la memoria institucional del Ministerio Público y en la historia jurídica del país.

Leer más