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SALUD MENTAL FEMENINA: Giulliana Cañola habla sobre esta sobrecarga silenciosa

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1436

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  • Especialista señala que es importante reconocer las señales del desgaste emocional.

En el Perú, la salud mental continúa siendo una deuda pendiente, particularmente cuando se aborda desde la experiencia de las mujeres en edad productiva. Madres, profesionales, emprendedoras, trabajadoras dependientes, amas de casa y cuidadoras enfrentan, de manera simultánea, múltiples exigencias que rara vez se reconocen como un problema estructural. Lejos de ser episodios aislados de cansancio, muchas de estas mujeres atraviesan un agotamiento emocional profundo que se sostiene en el tiempo y que, en la mayoría de los casos, permanece invisible.

La psicóloga Giulliana Cañola Ramírez advierte que este desgaste emocional no solo es frecuente, sino que ha sido históricamente normalizado. Desde su experiencia clínica, sostiene que el mandato cultural que empuja a las mujeres a “poder con todo” ha generado un modelo de sobreexigencia permanente, donde el autocuidado es visto como un lujo y no como una necesidad básica de salud.

Roles múltiples y estrés

Cañola Ramírez explica que el estrés femenino no responde únicamente a la cantidad de actividades diarias, sino a la carga simbólica que acompaña cada rol que asumen las mujeres. La presión por cumplir expectativas sociales, familiares y profesionales termina por generar un desgaste que no siempre se expresa de forma evidente.

“No es algo nuevo el entender y el saber que las mujeres por cultura tenemos un estrés muy importante, porque cumplimos diferentes roles a lo largo de nuestra vida. Muchas, aparte de desarrollarnos en el rol de mujer, también son profesionales, empresarias, emprendedoras, a la vez amas de casa, cuidan de sus hijos, y toda esta sobrecarga de funciones hace que muchas veces podamos tener un agotamiento emocional importante”, indica.

La psicóloga señala que este agotamiento suele confundirse con cansancio físico. Sin embargo, mientras el cansancio corporal puede aliviarse con descanso, el agotamiento emocional persiste incluso después de dormir o tomarse un tiempo libre. Es una fatiga más profunda, asociada a un estrés sostenido en el tiempo y a la sensación de no poder detenerse.

Cuando el cansancio deja de ser físico

Uno de los principales problemas, según Giulliana Cañola Ramírez, es que muchas mujeres no logran identificar cuándo el cansancio ha dejado de ser físico y se ha convertido en un desgaste emocional. Las señales suelen aparecer de forma progresiva: dificultad para levantarse por las mañanas, sensación de seguir agotadas pese a haber descansado, pérdida de motivación y cambios en el estado de ánimo.

La especialista explica que también se manifiesta una desconexión emocional con actividades que antes generaban satisfacción. A ello se suma una mayor irritabilidad y una sensación persistente de vacío, incluso en contextos donde se es productiva y eficiente. Este punto es clave: el agotamiento emocional no siempre implica dejar de cumplir responsabilidades, sino hacerlo en “piloto automático”.

Desde su experiencia clínica, Cañola Ramírez sostiene que muchas mujeres continúan funcionando, trabajando y cuidando a otros, mientras internamente sienten que ya no pueden sostener el ritmo. Esta disociación entre lo que se muestra y lo que se vive internamente retrasa la búsqueda de ayuda y profundiza el problema.

Pedir ayuda

Uno de los elementos más presentes en el discurso de las mujeres que atraviesan agotamiento emocional es la culpa. Giulliana Cañola explica que esta emoción aparece cuando se intenta priorizar el bienestar propio o pedir apoyo, generando la sensación de estar fallando a los demás.

“Una de las emociones que más sale a relucir cuando estamos en este rol de mujer, de mamá, de profesional, de cuidadora, es la culpa. Pensamos que si pedimos ayuda somos egoístas, que estamos dejando responsabilidades, cuando en realidad es un pensamiento limitante que nos mantiene atrapadas”, anota.

La psicóloga señala que esta culpa está profundamente arraigada en una cultura que asocia el valor de la mujer con su capacidad de sacrificio. Bajo esta lógica, el descanso, el tiempo personal o la búsqueda de ayuda profesional se postergan indefinidamente. Muchas mujeres normalizan el malestar con frases como “es parte del rol” o “ya habrá tiempo más adelante”, sin advertir que ese “después” rara vez llega.

Las consecuencias

Cañola Ramírez advierte que no atender el agotamiento emocional a tiempo puede derivar en consecuencias graves para la salud mental. Entre ellas menciona trastornos del sueño, cambios en la alimentación, ansiedad persistente y, en casos más severos, depresión mayor.

“Cuando no atendemos el agotamiento emocional a tiempo, aparece una sensación de vacío, nos desconectamos totalmente de nuestro propósito de vida. Pueden surgir trastornos más fuertes como la depresión mayor, ideas suicidas, y el incremento de mujeres en edad productiva que atraviesan estas situaciones es cada vez mayor.”

La psicóloga subraya que estos procesos no ocurren de un día para otro, sino que se construyen lentamente a partir de la autoexigencia constante y del silencio emocional. Por ello insiste en la importancia de la prevención, un enfoque que aún no ha sido asumido de manera estructural en el país.

La cultura del “puedo con todo”

Un concepto clave que Giulliana Cañola introduce en el análisis es el de la “doble presencia”. Este fenómeno describe la dificultad de las mujeres para estar plenamente en un solo espacio, ya sea laboral o doméstico, sin que las responsabilidades del otro ámbito invadan su atención.

La psicóloga explica que esta doble presencia genera una sensación permanente de urgencia y ansiedad. En el trabajo, la mente está en casa; en casa, la mente sigue en el trabajo. Esta fragmentación constante impide la recuperación emocional y refuerza la idea de que nunca se está haciendo lo suficiente.

Cañola Ramírez añade que esta dinámica se ve intensificada por la cultura de la inmediatez. Comer rápido, caminar rápido, bañarse rápido son conductas que reflejan un sistema nervioso en estado de alerta permanente. Identificar estos patrones cotidianos es, según la especialista, un primer paso para comenzar a cambiar.

Microhábitos, prevención y autocuidado

Frente a este escenario, propone una estrategia basada en pequeños cambios sostenidos en el tiempo. No se trata de transformaciones radicales, sino de incorporar microhábitos que permitan reconectar con el propio bienestar.

Desde su enfoque clínico, recomienda establecer un “espacio sagrado” diario para una misma, un tiempo que no sea negociable ni postergable. Puede tratarse de una pausa consciente, una caminata más lenta, una ducha sin prisa o simplemente un momento de silencio.

La psicóloga enfatiza que estos cambios no requieren inversión económica, sino una decisión consciente de priorizar la salud mental. Además, sostiene que cuando una mujer comienza a cuidarse, el impacto positivo se extiende a sus vínculos familiares, laborales y sociales.

Giulliana Cañola Ramírez cierra su reflexión con un mensaje directo a las mujeres que se sienten cansadas, desbordadas o emocionalmente solas. Para la especialista, reconocer el malestar no es una señal de debilidad, sino un acto de responsabilidad personal.

“Quiero decirte que la persona más importante de tu vida siempre vas a ser tú. Encontrar el propósito por el que te levantas cada día, escucharte con amor, bajar el ritmo cuando sea necesario y pedir ayuda son actos de valentía. No todo tiene que resolverse sola”, refiere.

Finalmente, la psicóloga subraya la importancia de fortalecer la salud mental desde edades tempranas y de exigir políticas públicas que garanticen atención psicológica en colegios y comunidades.

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