Hablar de cáncer en el Perú es hablar de una de las mayores batallas de la salud pública contemporánea. Durante décadas, esta enfermedad estuvo asociada al diagnóstico tardío, a la falta de acceso, al dolor silencioso de miles de familias que enfrentaban la enfermedad sin recursos ni acompañamiento suficiente. Hoy, sin embargo, el escenario empieza a cambiar, y es justo reconocerlo sin triunfalismos, pero con responsabilidad histórica.
El país ha comenzado a enfrentar el cáncer desde una mirada más integral y humana, entendiendo que la lucha no empieza en el hospital, sino en la prevención. Las campañas nacionales gratuitas de tamizaje para cáncer de cuello uterino, mama, colon y próstata representan un paso decisivo hacia la detección temprana, esa frontera invisible donde se define muchas veces la vida o la muerte. La implementación de hospitales rodantes, que llevan diagnóstico y orientación a las zonas más vulnerables, rompe una vieja inequidad territorial que condenaba a la periferia al olvido sanitario.
Pero detectar no basta si no se puede tratar. En ese sentido, el financiamiento público del tratamiento oncológico a través del Plan Esperanza marca un antes y un después. Quimioterapia, radioterapia y cirugías dejaron de ser privilegios para convertirse en derechos. Solo en EsSalud, por el trabajo profesional y dedicado de los profesionales de la salud se pudieron salvar del cáncer más de 13 mil pacientes en el año 2024, resultados que demuestran que cuando el Estado decide intervenir con decisión, los resultados llegan.
La modernización tecnológica es otro frente clave. La incorporación de equipos de última generación y robots para cirugías oncológicas no es solo un avance técnico, sino una señal clara de que el país apuesta por una medicina más precisa, menos invasiva y con mejores pronósticos. A ello se suma el impulso a la investigación y a nuevas alternativas terapéuticas, como las inmunoterapias, que abren una ventana de esperanza frente a tipos de cáncer antes considerados intratables.
Asimismo, iniciativas como el Semáforo Oncológico reflejan un cambio de enfoque: el paciente como centro del sistema. Mejorar la gestión, la accesibilidad y el seguimiento no es un detalle administrativo, es una condición indispensable para una atención digna y oportuna.
El objetivo es claro y ambicioso: reducir la incidencia y la mortalidad por cáncer, asegurando cobertura oncológica para toda la población, sin importar el tipo de seguro o condición económica. Sin embargo, esta tarea no es exclusiva del Estado. Requiere ciudadanía informada, prevención responsable, diagnóstico oportuno y una sociedad que deje de ver al cáncer como un tema ajeno o tabú.
Por ello cada 4 de febrero, el Día Mundial contra el Cáncer nos obliga a detenernos. No para contar números —aunque sean alarmantes—, sino para mirar de frente una realidad que atraviesa familias, comunidades y sistemas de salud en todo el mundo. El lema de este 2026, “Unidos por lo único”, nos recuerda una verdad esencial: detrás de cada diagnóstico hay una persona irrepetible, una historia que no cabe en una estadística.
Pero no basta con celebrar los avances médicos si no asumimos una responsabilidad colectiva. La Organización Mundial de la Salud es clara: cuatro de cada diez casos de cáncer podrían prevenirse. El tabaco, las infecciones prevenibles y el consumo de alcohol siguen siendo factores de riesgo determinantes. En ese contexto, la prevención deja de ser un discurso abstracto para convertirse en una urgencia ética y política. Vacunar, educar, regular y sensibilizar salva vidas, aunque no siempre genere titulares.
El verdadero reto de este tiempo no es solo curar mejor, sino prevenir más y atender con humanidad. Investigar por qué el cáncer está afectando cada vez a personas más jóvenes, cerrar las brechas en el acceso a la detección temprana y garantizar tratamientos oportunos no pueden ser privilegios, sino derechos. La medicina avanza, sí, pero debe avanzar al ritmo de las personas, no solo de los laboratorios.
La campaña 2025-2027 propone cambiar percepciones, y ese es quizás el desafío más profundo: dejar de ver al cáncer como un número frío y asumirlo como una causa común que nos interpela a todos. Unidos por lo único significa entender que cada vida importa, que cada historia merece ser escuchada y que la lucha contra el cáncer no se gana solo en hospitales, sino también en decisiones cotidianas, políticas públicas responsables y una sociedad más consciente y solidaria.
El cáncer no espera. Pero tampoco espera la esperanza cuando las políticas públicas, la ciencia y la voluntad colectiva deciden avanzar juntas. En esa convergencia se juega hoy la vida de miles de peruanos.
Porque cuando el cáncer toca a uno, nos toca a todos. Y solo unidos, desde lo humano y lo científico, podremos enfrentarlo con dignidad y esperanza.
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Editora fundadora / Directora.