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OCHOCALO: Un Centro Cultural para la ciudad

Escribe: Carlos Mendoza Canto (*)
Edición N° 1213

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Hemos abierto nuestro espacio como un acto de resistencia, de perseverar en aquello que sabemos es necesario en la vida social, para las expresiones, para las relaciones, para el afecto y para la dinamización de la vida en comunidad, frente a disposiciones que limitan el derecho del acceso al ejercicio artístico cultural de los niños, jóvenes y adultos y porque consideramos que es una tarea urgente y necesaria para la vida social y para la propia condición humana. Si ya antes de la aparición del Covid era un imperativo, hoy más que nunca es una necesidad a atender.

Pensamos también que el contexto Covid no debe hacernos pensar que con disposiciones de inmovilidad social se resuelven las problemáticas de salubridad. Al contrario, estas se agudizan en otras líneas que también son perniciosas para la salud mental de la ciudadanía, dando acceso por permanente, al miedo, la ansiedad, la angustia, la depresión.

Nosotros creemos que se debe enfrentar al Covid con acciones analizadas y estudiadas desde varios sectores que hagan corresponsables de su puesta en práctica a la ciudadanía, para lo cual es necesario y fundamental una ciudadanía activa, reflexiva y pensante de sus destinos. Si las acciones son solo disposiciones verticales estas no lograrán su cometido, convirtiéndose solo en una justificación para responsabilizar al otro de que no funcionen.

Para todos es bastante sabido respecto de la fragilidad económica del sector cultura, el cual hoy está muy golpeado, pero no por ello ha dejado de ser un sector activo, dinámico, creativo y sobre todo vivo. Por lo que abrir Ochocalo, para nosotros, ha sido abrirle la posibilidad a la vida, a las expresiones artísticas y comunitarias, ha sido un encuentro satisfactorio con otros que pensaban y sentían como nosotros, dejándonos a sus hijos en absoluta confianza, validándonos y acompañándonos en nuestras decisiones, así es como Ochocalo ha iniciado sus actividades, en la confianza de los padres, en el disfrute y aprendizaje de sus hijos, generando  economías que benefician a nuestros profesores artistas y otorgando sostenibilidad a nuestro proyecto. Naturalmente, nuestra oferta ha considerado, a pie juntillas, todos los protocolos de bioseguridad exigidos.

Actividades para la ciudadanía

Han pasado muchos años desde que Ochocalo abriera sus puertas al público, 10 años para ser exactos, sin embargo, sus fundamentos y sentido de su aparición en el 2012 son los mismos que en esta nueva apertura como Centro Cultural, es decir ser “un espacio de dinamización y efervescencia  artístico - cultural para la ciudad”; naturalmente, el contexto ha cambiado y nos ha exigido diversificarnos y atender a más sectores y con más ofertas; capacitación artística para niños, jóvenes y adultos a través de talleres diurnos y vespertinos, abiertos desde enero del 2021; espectáculos de música, danzas y teatro, nocturnos por abrirse en octubre del presente año; exposición – venta de obras de artes plásticas, en su galería inaugurada el viernes 23 de julio con la muestra: ‘Chiclayo, tinta, color y forma’, del artista plástico Alexander Cruz Salazar; venta de artesanía en su tienda, programada para el primer trimestre del 2022; servicio de cafetería, abierto desde enero del presente año, además de mantener la línea de restaurante espectáculo para días específicos.

Queremos convocar a más usuarios a ser parte del circuito cultural local, acrecentarlo junto con los museos, espacios y emprendimientos culturales de nuestra ciudad.

Queremos extremar nuestro modelo de gestión cultural - sostenible desde el punto de vista económico, siendo un lugar permanente para la oferta cultural que articule espectáculos, exhibiciones, experiencias formativas – capacitación artística (talleres), residencias de creación y fortalecer nuestra línea gastronómica cultural. Somos consientes que no se podrá dar todo de un tirón, y menos en el contexto actual. Sin embargo, el haber iniciado ya es un acto de resistencia.

Nuestros talleres iniciados en enero han calado en el interés de los padres para el conocimiento y disfrute de sus hijos, a quienes en estos seis meses transcurridos hemos podido otorgarles, recreación, socialización, expresión y aprendizaje.

Tareas pendientes

En esta etapa de testeo e inducción, continuaremos con las capacitaciones artísticas (talleres) más la organización permanente de eventos mensuales para público reducido, teatro y conciertos musicales. El 2022, en la esperanza de que hayan vacunado a todo el país y se retiren las restricciones, deberíamos poder completar la oferta cultural permanente.

El trabajo será sin duda arduo, dado que debemos crear nuestro público cultural, sensibilizarlo, hacerlo consciente de su necesidad y derecho de acceso al arte, por lo que pienso debemos articular objetivos con otros actores de la gestión de cultura local y nacional.

El proyecto del Centro Cultural.

Ochocalo fue siempre fue una iniciativa independiente, surgida desde la idea común de 3 entrañables amigos de poner en valor la cultura, para el cual se hicieron socios en el 2011, David Bravo (Arquitecto), Liznarda Cruzado (Administradora y magister en gerencia social) yo, como gestor cultural y artista de la escena. Con Ochocalo Restaurant y Espectáculo marcamos un momento distinto en lo que se refiere a emprendimientos gastronómicos en Lambayeque, vinculándolo a contenidos y a narrativas culturales de la región, muy apreciados y valorados por las familias que nos eligieron, el cual consideramos que fue muy exitoso, convirtiéndose en poco tiempo en modelo de iniciativas que surgieron por ese tiempo.

Hoy, en esta nueva oportunidad, es un proyecto familiar y un compromiso con la ciudad y el país, los presupuestos, apuestas y los riesgos continúan siendo personales, no tenemos detrás un gobierno local o nacional, como tampoco cooperantes internacionales, aunque sin duda los buscaremos en algún momento, porque sí creemos en fórmulas de gestión público - privadas. Hoy, Ochocalo Centro Cultural es una apuesta personal junto a mi esposa. Hemos demostrado con nuestras acciones de varios años cuánto nos importa promover el arte y la cultura. Ochocalo, hoy en día, es para nosotros un compromiso con la sociedad y con nosotros mismos.  Y, con esta acción, queremos invitar a otros a un cambio en la calidad de vida de nuestra ciudadanía, a la transformación de nuestra sociedad a través del arte y la cultura.

(*) Gestor Cultural.

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REFLEXIONES A PROPÓSITO DE UNA RELIQUIA HISTÓRICA: El escudo de latón con el N° 6

Escribe: Freddy Centurión González (*)
Edición N° 1213

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Recientemente un amigo anticuario me vendió esta bella pieza de latón. Luego de una meticulosa limpieza, el metal volvió al brillo que ostentaba en el siglo XIX. Surgió entonces la curiosidad: ¿Cuál era la historia de este trozo de latón? ¿En qué parte del uniforme militar se lucía en sus años de servicio?

Los inicios de la República peruana fueron sumamente accidentados, con el país convertido en un enorme campamento en medio de lo que el mariscal Domingo Nieto calificó de “guerra maldita”. En 1845, ascendió a la Presidencia el mariscal Ramón Castilla, vencedor final de una serie de guerras entre caudillos, contando con dos ventajas. En primer lugar, el país (y los mismos caudillos sobrevivientes de la Independencia) estaba cansado de la inestabilidad constante. En segundo lugar, los ingresos de la comercialización del guano empezaban a afluir a las arcas públicas; el mismo Castilla lo reconoció en una carta en 1846: “El guano es toda mi esperanza”.

Un batallón de historia accidentada.

Una de las necesidades del país en relativa pacificación, era la reorganización de las fuerzas militares. Por decreto del 28 de diciembre de 1846, firmado por el presidente mariscal Ramón Castilla y su ministro de Guerra (y futuro presidente) José Rufino Echenique, se dispuso que “los cuerpos del ejército Peruano adquirieron los renombres gloriosos de las principales batallas de la independencia, y deben además conservar como timbre propio la memoria perdurable de todas las victorias donde se ostentó triunfante el pabellón nacional”. Así, el antiguo batallón Cuzco pasó a ser Yungay N° 6, en recuerdo de la batalla que selló el fin de la Confederación Perú-Boliviana en 1839.

Debemos apuntar, sin embargo, que ya había existido un batallón Yungay en el ejército que al mando del mariscal Gamarra invadió Bolivia en 1841 y que fuera derrotado en el campo de Ingavi el 18 de noviembre de dicho año, batalla en la que el referido batallón ocupó posiciones en el flanco derecho peruano.

Una de las medidas claves del régimen castillista fue la implementación de la primera ley de presupuesto nacional. Para asegurar su puntual observancia, era necesario organizar la fuerza del ejército permanente, lo que se hizo conforme al decreto del 13 de mayo de 1848. Previamente se había aprobado un reglamento del ejército por decreto del 3 de julio de 1847, pero había quedado en suspenso, por lo que el decreto de mayo de 1848 hizo modificaciones. Así, el decreto de 1847 establecía que cada batallón de infantería tendría 310 soldados distribuidos en ocho compañías; el decreto de 1848 estableció que cada batallón de infantería contaría con 240 plazas distribuidas en seis compañías, manteniendo en cuadro las restantes.

Conforme con ambos decretos, el Yungay N° 6 formaba parte del ejército permanente. Parece ser, sin embargo, que desde esa época tenía fama de ser un cuerpo levantisco, como lo indican los hechos del 21 de febrero de 1849, en que el presidente Castilla personalmente hizo abortar un plan subversivo de los batallones Ayacucho y Yungay, para luego proceder a la detención de los generales San Román y Torrico, entre otros.

Para 1850, el batallón estaba al mando del teniente coronel José Balta, futuro presidente de la República. El Yungay N° 6 estuvo entre las fuerzas que el presidente general Echenique dirigió contra la rebelión encabezada por el mariscal Castilla. En enero de 1855, se avecinaba la batalla definitiva, por lo que Echenique colocó sus fuerzas en una línea entre la huaca Juliana y Surquillo; el Yungay N° 6 estuvo en el centro de la línea. La madrugada del 5 de enero, un intento frustrado de sorprender a los castillistas, derivó en una feroz batalla, en la que Echenique fue completamente derrotado. Castilla ingresó a Lima y convocó a una Convención Nacional, que fue dominada por los liberales.

Si bien el Yungay N° 6 fue disuelto luego del triunfo castillista, sería restaurado por el nuevo régimen por el decreto de 18 de febrero de 1855, que dispuso que los dos cuerpos organizados por los conscriptos recibidos en su marcha por “los batallones Tacna, Aymaraes, Paruro, primero de Libres, Siete de Enero y Moquegua” se denominarían Punyán N° 5 y Yungay N° 6.

La situación política del gobierno de Castilla fue sumamente agitada, marcada por las polémicas medidas de la Convención Nacional, que provocaron no pocos conflictos con el presidente, como el referido al ascenso del general Fermín del Castillo impuesto por la asamblea. El general Del Castillo era hombre de un notable prestigio militar; no se olvidaba su coraje en la batalla de Agua Santa en 1842, cuando siendo coronel al mando de un batallón, dirigió una carga a la bayoneta contra una división (de hecho, varios oficiales considerarían que debió comandar el ejército peruano en 1879). Resentido con Castilla, Del Castillo organizó una conspiración contra el gobierno.

En agosto de 1856, el batallón Yungay N° 6, al mando del teniente coronel Pablo V. Solís, estaba acuartelado en el cuartel de Guadalupe, ubicado en la calle Cotabambas, cerca de lo que actualmente es el Palacio de Justicia. El 15 de agosto, el batallón se amotinó y apresó a sus oficiales, en apoyo al general Del Castillo, marchando a la Plaza Mayor, donde atacó Palacio de Gobierno, siendo reforzado por varias piezas de artillería. El mariscal Castilla en persona, lideró a los batallones leales, exponiéndose al tiroteo, al punto que una bala perdida mató al caballo que montaba. El motín concluyó en la tarde con la retirada de los rebeldes a la plaza de la Inquisición, iniciándose una incontenible deserción, saldándose la jornada con treinta muertos. La furia de Castilla fue contundente y por decreto del 21 de agosto de 1856, el batallón Yungay N° 6 fue borrado del escalafón del ejército, “cuyo nombre y número no llevará en lo sucesivo ningún cuerpo, quedando por consiguiente en blanco”. Con el paso del tiempo, volvió a utilizarse el N° 6 en los batallones de infantería, pero no con el nombre “Yungay”.

El uniforme peruano de mediados del siglo XIX.

Si bien la Real Academia Española no recoge la palabra “uniformología”, el término ha sido acogido entre los estudiosos de la historia militar, para el conocimiento de los uniformes militares a través del tiempo. En tal sentido, el estudio de los uniformes peruanos ofrece interesantes detalles en relación con las influencias que recibió nuestro ejército a lo largo de su historia. En el presente caso, nos ofrece una respuesta a la inquietud de ubicar cronológicamente nuestra placa de latón.

El primer Reglamento de Uniformes del Perú independiente fue aprobado por decreto del 1° de marzo de 1830. Dicho Reglamento creaba uniformes distintos entre los diversos batallones de infantería, manteniendo algunos artículos comunes. Uno de ellos era el morrión “con cordones amarillos, chapa de metal del mismo color con el nombre del cuerpo, pompón y escarapela nacional, y soles en los remates”. Este Reglamento fue modificado por el decreto del 3 de febrero de 1835 que unificaba los uniformes de la infantería, estableciendo el uso de un “Morrion de suela en forma cilíndrica: el escudo de armas de la República en una chapa de laton: carrillera y filete de la visera de metal amarillo: dos franjas arriba del morrión y una abajo de color grana y de una pulgada de ancho, que serán de oro en los oficiales, sin cordon alguno: plumero de los colores nacionales, de una sesma de alto y de plumas cortas”. Aunque el decreto de 14 de marzo de 1839, del régimen restaurador de Gamarra continuó esa tendencia, dejaba el morrión “al diseño que apruebe el General en Gefe”.

Es el decreto de 1835, el que coincide plenamente con la pieza materia de estos apuntes. Podemos entonces fechar esta placa entre la creación del batallón Yungay N° 6 por el decreto de diciembre de 1846, y la promulgación del Reglamento de Vestuario para todas las clases del Ejército y Armada por decreto de 28 de agosto de 1852, que  estableció una distinta forma de los morriones con una chapa que “contenga entrelazadas en forma ovalada una palma y un laurel con el número del cuerpo colocado al centro; sobre esta de paño la escarapela nacional y un pompon encarnado: tendrán tambien carrilleras de hule sostenidas por dentro”.

(*) Abogado e historiador.

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EL HIMNO NACIONAL DEL PERÚ: ¿Cuánto refleja el verdadero sentido de la libertad?

Escribe: Semanario Expresi├│n
Edición N° 1213

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Julio César Rivera Dávalos fue auditor de la Contraloría General de la República y ha dedicado varios años de su vida al estudio de la filosofía, centrándose en los himnos y su significado. Resultado de este proficuo análisis, ha publicado obras como “El mito de un símbolo patrio”, “El poder de un símbolo patrio. Clave de la identidad e integridad”, e “Himnos en la actualidad. ¿Para qué?”, esta última con notable impacto, en la que propone un esquema para reflexionar sobre los mensajes de los himnos nacionales y cómo estos calan en el quehacer de sus ciudadanos.

Rivera Dávalos explica que un himno patrio es un símbolo complejo porque está compuesto de signos naturales (los hechos históricos), signos artificiales (voluntad celebratoria) y signos consuetudinarios (creados por la fuerza de la costumbre).

Esta complejidad interna del símbolo hímnico induce a considerar un elevado y delicado equilibrio entre lo emocional y lo conceptual. En consecuencia, precisa que es innegable que un símbolo hímnico genere hábitos y costumbres, los mismos que pueden llegar a obnubilar la percepción del elemento conceptual como justamente ocurre en el Himno Nacional del Perú, donde se practica o tolera un tradicionalismo erróneamente concebido incompatible con una tradición constructiva, potencializándose el signo consuetudinario, debido, entre otros, a una confusión entre lo que significa una tradición constructiva y un tradicionalismo motivado por una equivocada percepción del significante (signo o palabra) y significado (idea o concepto).

“Cuando lo consuetudinario se sobrepone en la vigencia de un símbolo hímnico, da lugar a que en este surja lo intangible, invariable e inmodificable, perdiendo su vitalidad; es decir, cae víctima de un tradicionalismo, reacio a cualquier cambio que asume el pasado de manera conservadora y estática; a diferencia del tradicionismo que hace el pasado de forma creadora y dinámica”, refiere.

El himno peruano

Rivera Dávalos se ha ocupado en demostrar su tesis de que el Perú no tiene un himno patrio, pues considera – resultado de su estudio – que este es un himno falso y no representa a los peruanos, ni posee cualidad alguna de himno, “excepto por su bella música”, que en su opinión juega un rol negativo al facilitar la incidencia dañina de su composición literaria en la mentalidad y en la consciencia nacionales. Para él, el asunto del himno es un tema aún irresuelto a 200 años de vida republicana.

“Mis estudios, análisis e investigaciones del denominado Himno Nacional del Perú, enmarcados en los fines y objetivos de la filosofía hímnica, revelan que este mal llamado himno es anacrónico y tiene un carácter temporal y, como seudo himno, representa una apología al lamento de carácter masoquista que no se sitúa en la categoría de himno por contener mensajes negativos que no contribuyen a la identidad e integridad nacionales, menos a elevar al significado ético-político de la Nación”, señala.

El autor anota que el análisis de la problemática del Himno Nacional no solo implica su carácter interdisciplinario, sino también la complejidad en la que se ha convertido, como consecuencia de las diversas distorsiones, adulteraciones y hasta manipulaciones políticas que ha sufrido a lo largo de su existencia artificial, proceso durante el cual se han producido diversos fenómenos socio-políticos informales y formales, hechos a los que se suma que no existe una historia completa ni verdadera de este símbolo patrio, razones que justifican su análisis desde diversas ópticas.

Aplicaciones

Para arribar a tales conclusiones, el autor ha aplicado diversas ramas de la filosofía que permiten entender los fenómenos que coexisten con el Himno Nacional del Perú. Una de ella es la metafísica, a partir de la cual ha determinado que en el canto nacional se observa la desnaturalización del principio de solidaridad y la distorsión del principio de temporalidad.

Julio César Rivera remarca que cuando el general José de San Martín convocó a concurso la composición de la letra y música de lo que hoy se conoce como himno, lo hizo con la precisión de que se trataba de la Marcha o Canción Nacional, radicando ahí su intencionalidad de no fijar una pieza musical que perdure en el tiempo, sino que exalte el momento que se vivía en 1821 con la gesta libertadora y anime a los peruanos a defender la causa.

“El citado principio de solidaridad se encontraba en forma indirecta e implícita en el coro de la ex Marcha o Canción Nacional, pero se extinguió al cumplir su finalidad en el proceso de la independencia en 1824, con la batalla de Ayacucho y al fenecer su carácter temporal otorgado por el general San Martín, mediante Decreto del 7 de agosto de 1821. El carácter de himno, mal dado a la marcha de 1821, se oficializó con la denominada Ley de Intangibilidad de 1913. Desde una óptica metafísica, no es factible considerar al actual denominado Himno Nacional del Perú como himno patrio por encontrarse en situación anacrónica; contexto en el cual el principio de solidaridad se encuentra ausente y los principios de temporalidad y atemporalidad hacen que estén en permanente colisión e ingresa a un campo lindante con un símbolo antiético por los disvalores que emanan de su símbolo discursivo”, refiere.

El investigador ha aplicado también la fenomenología, la dialéctica, la axiología y la hermenéutica y, además, ha realizado una revisión de los niveles semánticos en lo histórico, político, psicosocial, gramatical, literario y simbólico del llamado himno del Perú, concluyendo en base a ello que la letra entonada no representa un sentir actual y tampoco ayuda a construir una identidad sustentada en los valores de la patria.

El coro

Rivera Dávalos sostiene que la letra del Himno Nacional del Perú, en particular el coro, en esencia representa una celebración anacrónica que personaliza la libertad de manera momentánea, presuntuosa y jactanciosa, reduciendo su trascendencia al exclamar “Somos libres” en lugar de sublimar a la libertad. Explica que su manifestación de carácter temporal y personalizado en la evocación de ser libres, es una simulación de ella; situación que no corresponde a la naturaleza de la libertad, ya que esta, ontológicamente, es una condición de la existencia del hombre y axiológicamente un valor.

“La evocación de la condición de una libertad política obtenida dos siglos atrás y exclamada en un himno patrio, da la idea de una libertad cosificada en el tiempo y de una libertad pasiva que no motiva a la acción e insinúa que el individuo es libre porque la patria lo es, cuando es a la inversa, porque si el hombre no es libre la patria tampoco lo es, dando lugar a un conformismo de dicha condición”, indica.

En el detalle, el investigador precisa que la alusión a la libertad en el primer verso del coro, con la expresión “Somos libres”, connota un carácter personal y temporal que, usualmente, corresponde a ser manifestado cuando el momento y las circunstancias así lo amerita; por ejemplo, para celebrar un acontecimiento luego de su realización inmediata, tal como se produjo con motivo de la celebración de la independencia obtenida en aquella época, en la que fue plenamente válida dicha exclamación, justificándose la inclusión de la frase en la Macha o Canción Nacional, canción motivadora del proceso de independización.

“Dicha exclamación en un himno patrio, en la actualidad carece de sentido por corresponder a una época pretérita ya superada, que luego de culminado el proceso libertario devino en anacrónica, ya que exclamar ‘Somos libres’ da la impresión que seguimos buscando la libertad política, cuando en verdad ella ya fue un hecho y hoy es una realidad, salvo que, inconscientemente, se piense que no somos libres, pero si este es el caso, con mayor razón, no deberíamos pregonar ser libres, porque nos estaríamos engañando.

Anota que axiológicamente la libertad es un valor que se realiza o plasma en el ejercicio de las virtudes e incluso puede ser comparado con el amor, que requiere ser practicado y cuidado en su propia dimensión, para merecerlo. “Es decir, a la libertad no basta tenerla, sino que es preciso siempre atenderla, cuidarla y defenderla para así merecerla”, enfatiza.

De otro lado, la segunda parte del verso inicial del coro “Seámoslo siempre”, si bien responde al deseo de ser libre se encuentra en forma imperativa, al encontrarse el pronombre “lo” como complemento del verbo ser (seamos). Sin embargo, tal carácter imperativo se debilita, debido a que en la ejecución del canto el indicado pronombre “lo” es separado de la última sílaba de la palabra (seámoslo), por la cadencia de la música, perdiéndose el carácter imperativo, y se canta separado, dando lugar a que el verso tenga otro matiz o connotación en el solemne acto de cantar, quedando en el vacío la intención del autor, expresada en el indicado carácter imperativo.

Sexta estrofa

En relación a la sexta estrofa, que se canta en la actualidad en el reemplazo de la apócrifa que iniciaba con “Largo tiempo el peruano oprimido…”, del primer al cuarto verso se sugiere que los Andes, como las zonas más elevadas del país, mantengan la bandera anunciando a la eternidad el esfuerzo con que se consiguió la libertad. Igualmente, del quinto al octavo verso se sugiere la esperanza de vivir tranquilos bajo la sobra de la bandera y de la libertad lograda, por lo que se invoca renovar diariamente el juramento de ser libres ante el Dios de Jacob.

“Si bien dichos versos reflejan belleza y coherencia con el proceso libertador, sin embargo, se advierte que violan los incisos 2 y 3 del Artículo 2 de la Constitución Política del Perú, al limitar la libertad de cultos únicamente al Dios de Jacob, dios de los hebreos o judíos, en lugar de referirse a una sola divinidad con carácter universal, como corresponde a una sociedad con libertad de culto y existencia de varias religiones, así como a un Estado laico”, advierte.

Asimismo, con relación al quinto verso (“A su sombra vivamos tranquilos”), refiere que este uno de los mensajes que, en forma expresa y directa, entre otros factores, pareciera haberse compenetrado más en el modo de vida de la sociedad peruana.

“En efecto, tan grande es la tranquilidad que ella se ha tornado en indiferencia e indolencia cundiendo en la mayoría de la población, la misma que opaca una visión de futuro y nos paraliza para hacer frente a la solución de los múltiples problemas que aquejan al país. Lo expuesto nos lleva a pensar que el denominado Himno Nacional del Perú no traduce las aspiraciones, expectativas, valores y afectos de nuestra contemporaneidad nacional e induce a mantener los complejos, temores y sensaciones traumáticas a las que nos vimos sometidos durante tres siglos de horror en la vida colonial y dos siglos de horror y terror en la vida republicana, debido, entre otros factores más visibles, a que el indicado himno en sus mensajes retroalimenta tales hechos con una historia falseada”, cuestiona el autor.

 

+ NOTICIAS

  • Rivera Dávalos fue uno de los promotores de la supresión de la apócrifa estrofa de “Largo tiempo” del Himno Nacional del Perú.
  • La obra del investigador se ha difundido en Estados Unidos, Irlanda, Chile, Inglaterra y Brasil.

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¡REPENSEMOS AL PERÚ! La república que no es lo que cree o pretende ser

Escribe: Jos├ę Luis Estela S├ínchez (*)
Edición N° 1213

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Se acerca el 28 de julio, mes de nuevo mando presidencial, sin embargo, seguimos empantanados en la incertidumbre. Mientras tanto, en medio de un letal virus sin vencer aún, no es posible se olvide la tarea de re-pensar nuestra condición de ciudadanos, en medio de una coyuntura política caprichosa. Desde antes de los años ’80 y de los ’90, y junto a nuestra historia colonial, incluida la pre-emancipación, el contexto de nuestra sociedad peruana ha estado manchada siempre por los signos de la corrupción moral, el caos político y el deterioro civil, la cual nos exige, primero, no caer en el pesimismo, sino, situarnos todos en la urgente tarea de asumir nuestra responsabilidad moral como ciudadanos. El Perú republicano que se quiere celebrar no es aún maduro, su adultez aún no arriba. Cerca ya al bicentenario, esa república naciente sigue bloqueada, está en pañales, pues aún no es lo que cree o pretende ser. Urge, re-pensemos el Perú.

Este proceso de los 200 años de nuestra independencia nos debería proyectar, de manera impostergable, hacia el fondo de la cuestión, hacia el centro del problema político de nuestro tiempo, pues no cabe duda que enfrentamos un evidente deterioro del progreso moral en nuestro país, que nos tiene a todos escépticos y perplejos.

Buscando respuestas

Ante ello, surge una pregunta subyacente que sería netamente antropológica: ¿qué está pasando con la política peruana?, ¿qué motivación mayor la moviliza?, ¿por qué no se percibe de la política el querer vivir bien como imperativo categórico de la voluntad popular? ¿No es acaso el ser humano fuente de bellas motivaciones solidarias, morales y políticas?, ¿qué pasa entonces con la política peruana? Es una cuestión aún muy poco explorada pero que sí debería explorarse.

Su respuesta de seguro no es nada fácil porque ante la situación hermenéutica que toca vivir no se nos devela fácilmente, sino que se oscurece, nos desconcierta, y nos indigna. De largo se denota que la respuesta a dicha cuestión pervive no sólo ahora, en estos tiempos, sino desde el nacimiento de la república, desde aquel 28 de julio de 1821 (realmente entre 1821-24).

El proceso post independentista no se ha consolidado aún, porque aún no se ha conseguido la libertad anhelada. Estamos aún lejos de la emancipación de una sociedad civil razonable cuya moralidad cívica sienta a la comunidad como aquel espacio común donde ciudadanos y ciudadanas promueven la no instalación de la corrupción, forjan la virtud del bien común, sin distinción de razas, sin privilegios de ciertos sectores más acomodaticios que, como en su momento M.G. Prada lo denuncia con firmeza en su Politeama, no ven que, nuestra forma de gobierno no se reduce a una gran mentira, porque no merecería llamarse república democrática aquel estado en que dos o tres millones de individuos viven fuera de la ley, pues sería un remedo de república, con violación de todo derecho.

Sabemos todos que, el s. XIX hereda la disputa entre conservadores y liberales, que, en medio de la victoria del liberalismo, se eliminaba la monarquía (centralismo del poder) y propugnaba la construcción de una república soberana (libertad de voluntades). Una república que puso sobre el tapete la discusión de la afirmación de la libertad civil. Una rebeldía ciudadana que despertó al Perú colonial hacia la independencia, pero que no ha traído aún la libertad en términos de ciudadanía, donde aún no se ven rasgos firmes del verdadero ejercicio democrático republicano, como, por ejemplo, construir un "orden" ante el permanente caos político peruano que pervive aún. Hoy seguimos sin encontrar la legitimidad política anhelada, sin un sólido estado representativo (no solo legal), con una eterna democracia pobre sin remedio para los más pobres y más excluidos. Son 4 los presidentes que han juramentado en menos de 5 años y son 3 los que han sido vacados por un congreso que usurpa ilegítimamente el poder de la decisión popular.

Resultado del caos

Este caos político, sumerge al Perú en el atraso económico: ¡he ahí por qué cala hondo ciertas promesas populistas de ciertos candidatos presidenciales que prometen un super estado, gran progreso industrial y desarrollo social! En el Perú aún, lamentablemente, se sigue advirtiendo la no abolición de la servidumbre indígena, sin “indiófilos”, sino, por qué razón lo del baguazo, y por qué aún no se consolida un sólido “carácter nacional” (expresión de M.G. Prada en Politeama). Este s. XXI, ni tan cerca ni tan lejos al S.XIX, sigue sin la firme unificación de poderes, sin respeto de los derechos de la voluntad popular, y sin haber consolidado ese desarrollo social prometido, pues, continua siendo producto de la simulada pervivencia de un antiguo régimen: centralista o de monarquía paternalista, de privilegios o de “hermanitos”, y con una seguidilla de, ya no de guerras internas como las post-independencia de la 2da mitad S.XIX, sino de rebeldías internas como paros, plantones, huelgas, y pro-marchas que personifican la inconformidad ante las decisiones de los padres (y las madres) de la patria que traen a menos, con sus decisiones políticas, el orden civil de la sociedad peruana en general.

¿Qué esperamos celebrar entonces en este próximo bicentenario? En el Perú de hoy, a partir de dicho deterioro político, el cual se gesta desde hace décadas atrás, brota una urgencia per se: re-pensar el concepto de ciudadanía, tarea impostergable ante una república bloqueada, débil e incompleta; ante la legitimación de una actitud paternalista permisiva inmersa en la política peruana; ante la licitud de una corrupción generalizada: si hace obra, no importa que robe; ante las restricciones al derecho del bien común, donde pocos se benefician y prima la servidumbre de muchos; ante la pasiva disposición solidaria de un gran sector de actores políticos y también de la sociedad civil; ante la connivencia junto al deterioro moral del espacio público peruano, que legitima la agresión política, la invasión del espacio privado y la pos-verdad de los medios de comunicación como los fake-news de las redes sociales; ante la gestación premeditada de redes de corrupción que con perverso cálculo buscan gobernar el país para tomarlo por asalto.

Todo este asunto, amigos lectores, es la tarea que nos exige re-pensar nuestra república democrática, pensarla para contemplarla desde de nuestra condición de ciudadanos, desde el quehacer de nuestra responsabilidad moral que implica educarnos en la virtud cívica, desde el amor civil al Perú que queremos que viva libre y solidario por siempre; tarea que ojalá nos permita sostener con pundonor la bandera bicolor anunciando el esfuerzo de ser libres por siempre para vivir tranquilos y renovemos juntos el gran juramento que rendimos a diario al Dios de Jacob.

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(*) Docente universitario en Filosofía

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